Sócrates: El primer griego monoteista

Infancia de Sócrates

Sócrates nació en el año 4 de la Olimpíada 77 (469 a d Cristo), en el dia 6 del mes Targelión, cuando los atenienses purificaban la ciudad con ritos muy primitivos, entre otros el de la maya, en primavera, antes de la recolección, y fecha, según los de Delos, del nacimiento de Artemis.Sócrates era hijo de una excelente y tremenda partera que se llamó Fenarete. Esta había estado casado,en un matrimonio anterior, con un tal Queredemo,y con el cual había tenido un hijo llamado Patrocles.Despues de enviudar se casaría con el que fue padre de Sócrates, Sofronisco.Sofronisco, el padre de Sócrates, era un escultor de taller, un artesano, que no se codeaba con los señores que constituían la aristocracia del demo.Sócrates procedía del demo de Alopece, arrabal que estaba situado en el camino de Atenas al Pentélico, lo que explica que allí viviera, como otros del oficio, el escultor Sofronísco.Sócrates, nació de buena constitución, sano y fuerte, y no hay memoria de que padeciese enfermedad alguna en toda su vida. Desde pequeño fue un entusiasta de los ejercicios físicos. No era, por tanto, un despreciador del cuerpo, y se falsificaría su imagen si se le atribuyera, en este campo, cualquier tipo de asceticismo.Sócrates, aunque no emparentado con las clases adinaradas de Atenas, pudo recibir, como ciudadano libre, una base de tipo educativo. Frecuentó la escuela, donde recibió enseñanzas que comprendían la lectura de los poetas tradicionales, cálculo elemental, música y gimnasia. Esto último era fundamental con vistas al servicio militar.Posiblemente fue la gran revolución del arte la que redujo a Sócrates a desencantarse de la tradición familiar. Es evidente que Sócrates, tal vez aprendiz de escultor, debió sentir el deslumbramiento ante las nuevas manifestaciones del arte que reducían el artesanado arcaico a una antigualla. El nuevo arte traía nueva vida, figuras en libertad, en movimiento, un soplo desconocido, que no ya la magia de los tiempos de Dédalo, sino el arte y las reglas racionales, infundían al marmol y a los bronces. Sócrates, que debió encontrar las nuevas tendencias demasiados individualistas y racionales, se apresuró a dejar el cincel. Si había que teorizar para ejercer el oficio de cantero, bien se podía ampliar el horizonte de la teoría y dedicarse a la especulación filosófica, a la investigación de la verdad.

Sócrates en su madurez

Al llegar a la Madurez de Sócrates tenemos que depender esencialmente de la multitud de anécdotas sobre esta parte de su vida. Tales anécdotas se refieren esencialmente a los últimos años de la vida del maestro y, sucede que, además de hacernos pensar que Sócrates ni tuvo infancia ni juventud, si las descontáramos nos quedaríamos en la ignorancia más completa sobre su vida.En su madurez Sócrates se nos aparece, ante todo como un hombre moderado y solicitando de los atenienses tambien moderación, en una época proclive a excesivos entusiasmos y locuras colectivas (recordemos la desastrosa expedición a Sicilia y el caso de las Arguinusas). Fué esa moderación la que le permitió, según Jenofonte (II,25), liberarse de los terrible efectos de las pestes que asolarán Atenas, especialmente la de los años 430-426.Apagar las pasiones y dominio de uno mismo, son dos descubrimientos de Sócrates que perdurarán en toda la filosofía antigua.

¿En qué se diferencia de una bestia el hombre sin dominio de sí mismo e incontinente?(Jenofonte.Mem.,IV,5,11)De todos modos, y curiosamente, con este tipo de apreciaciones, Sócrates, se nos aparece en el contexto en que vive, como un hombre moderno y progresista frente a ideales agónicos de tipo homérico que, intentaban destapar algunos miembros de la 2ª sofística (Ver intervenciones de Polo y, sobre todo de Calicles, en el Gorgias ). Si perdemos de vista esta perspéctiva histórica y situamos a Sócrates en el contexto de ideas posteriores (sobre todo de tipo cristiano) acerca de las pasiones y su control, estaríamos interpretando muy desacertadamente el contenido real de las ideas de Sócrates sobre estos temas.Además de hombre moderado y con control sobre sus pasiones, Sócrates se sintió, suponemos que desde siempre, muy unido a los avatares históricos, políticos y militares de su ciudad. Sócrates permanece fijo en Atenas y, frente a otros filósofos, viajeros incansables, el defenderá la necesidad de que la vida personal discurra al unísono con la de su amada Atenas, tanto para bien como para mal. Su carrera militar nos demuestra de modo claro este hecho.Sabemos que Sócrates era tambien un hombre pobre, (aunque no de solemnidad) cuando muy posiblemente, podría, incluso con sus enseñanzas, como hacían los sofistas, hacerse rico. Pero en él (a pesar de los testimonios de los peripatéticos que nos lo presentan como ususero y deseoso de dinero) hallamos un ascético desprecio por las riquezas.

Sócrates y Arquelao

 

Arquelao fué un físico ateniense que repite doctrina anaxagóricas. Son varios los testimonios (Es un testimonio capital el de Ión de Quios) que nos afirman que Arquelao fue maestro de Sócrates. Arquelao parece que fue un intermediario que comunicó las selectas conferencias de Anaxágoras, dadas a los iniciados de la gente bien ateniense, al todavía oscuro y desconocido Sócrates. Y es que no es razonable pensar que en los años en los que ya no residía Anaxágoras en Atenas, fuera cuando Sócrates, ya con 40 años, y, sin duda con una personalidad filosófica ya muy delimitada, decidiera comenzar sus lecciones de física con un sabio de secundaria importancia. Como en un ateniense que es, en Arquelao apuntan ya las cuestiones morales: las leyes, el bien, la justicia parece que preocupan a este físico, formado en la escuela de Anaxágoras. Es el genio de Atenas, la plenitud política de Atenas, la que impone a las reflexiones filosóficas de Arquelao una orientación moral. Para este ateniense, no es, como para Anaxágoras, el cielo la patria. Las cuestiones sobre la justicia y las leyes, sobre las bases mismas de la convivencia humana, van ganando la primacía.La vagas noticias que tenemos sobre la relación entre Sócrates y Arquelao nos proporcionan un precioso dato cronológico: Sócrates en su juventud, estuvo con Arquelao en Samos. Sin embargo, aunque Sócrates y Platón se empeñaran en olvidar esta parte de su vida, había otros que no estaban dispuestos a permitirlo: es el caso de los poetas cómicos como Aristófanes en las Nubes. Sabemos, por un lado, la importancia que Arquelao daba al papel del aire en su cosmogonía, y sabemos tambien que en las Nubes, Sócrates las primeras palabras que pronuncia en la comedia son estas:

Navego por el aire y reflexiono sobre el sol.

Aristófanes que conocía bien la historia personal de Sócrates y sabía de los resortes del pueblo ateniense en contra de todo lo que sonara a novedad, se conformó con acentuar los rasgos jonios en la especulación socrática para hacer odioso al filósofo. Diríase que hay un pasado socrático que, según los amigos procuran olvidarlo, son sus enemigos los interesados en mantener vivo y presente.En resumen: no puede negarse que Sócrates atravesó una étapa física, bajo la influencia de Arquelao.Hay, por lo tanto, una previa etapa de Sócrates como físico y matemático, aprendiz de filosofía y las ciencias tal como las trataban los jonios. Lo que sucede es que como buen ateniense sentía un religioso respeto por los astros, que eran para él cosas divinas, y sin duda presentía que, perdiendo el respeto a los seres divinos del firmamento, se perdía también la fé en los dioses del cielo y en los que, como un vaho, surgen del fondo de la tierra, donde están las raíces de la sangre.

Sócrates y Diógenes de Apolonia

Parece que Sócrates tuvo tambien algún tipo de relación con Diógenes de Apolonia, discípulo de Anaxímenes y que pasó en Atenas a ser considerado como uno de los ateos tradicionales.Sus ideas físicas se acercaban bastante a las de Arquelao, y, por consiguiente, en muchos puntos continúan las de Anaxímenes. Incluso reconoció en el aire una cualidad divina, que hizo pensar a muchos que identificaba al aire con un dios.Es en Diógenes de Apolonia en quien hay la preocupación por las causas de las pequeñas cosas, algo que despues, malevolamente, le atribuirá Aristófanes a Sócrates: la investigación de la humedad en las cosas, la medición de los saltos de las pulgas o las causas de la búsqueda del zumbido de los mosquitos, todo esto que Aristófanes atribuye a Sócrates, no es otra cosa que una caricatura de las ideas de Diógenes de Apolonia, un físico que había llevado doctrina jónicas a Atenas y que, sin duda tuvo algún tipo de relación intelectual con Sócrates.Sabemos que Diógenes fué perseguido en Atenas y lo que es evidente, más allá de su relación con Sócrates, es que es precursor de éste en el choque con la piedad del pueblo ateniense y en el camino hacia la cicuta.

Sócrates y los Eleatas

Es muy poco probable que Sócrates conociera personalmente a Parménides y a Zenón. Las repetidas afirmaciones de Platón no obedecen sino al afán de elevar a lo típico e ideal una correlación que él observaba dentro del marcha de las ideas filosóficas.Ahora bien, lo que es evidente es que el eleatismo está presente en la escuela de Sócrates, independientemente de que sea histórico el contacto personal de Sócrates con Parménides y Zenón. No cabe duda que Sócrates, aún sin dejar de criticar los enigmas y palabras oscuras de los eleatas, debió percibir la gran superioridad dialéctica de los filósofos de Elea, y su manejo de la razón.En este contexto, es de una gran sutilidad percibir como Platón en el Parménides hace que Sócrates se sienta inferior, vencido en razonamientos, por una especie de dios argumentador. Pues bien, Sócrates debió aprender la lección y lo que es evidente es que muchos aspectos de la rigurosidad de la dialéctica socrática pueden tener su base en el eleatismo, aunque con una dimensión más viva y más ciudadana.

Sócrates y los Pitagóricos

Ya Sócrates estaba muy formado cuando podemos rastrear el comienzo del pitagorismo en Atenas. Las causas de este retraso están:

Por una parte, en el pitagorismo mismo, que en su tendencia política se adaptaba solo a sociedades más inseguras y revolucionadas que la Atenas anterior a la guerra del Peloponeso.

Además, en cuanto ciencia, no podía despertar interés en un ambiente que ya hemos visto como resistió a la penetración de las ciencias jónicas. El testimonio más antiguo sobre el Pitagorismo en Atenas es el del poeta cómico Cratino. Otro de los primeros pitagóricos que vemos aparecer en Atenas es Equécrates. Pues bien, dado que la entrada del pitagorismo en Atenas es tardía, parece que Sócrates, en su período de formación, no se enteró de las doctrinas pitagóricaas. En este sentido es curioso que unicamente exista un testimonio (Plutarco) que nos hable de Sócrates como discípulo de los pitagóricos.

La conversación de Sócrates

Aunque los poetas cómicos siempre se resistieron a admitir que Sócrates hubiese abandonado su etapa jónica e iniciado una segunda navegación, tal hecho parece evidente tal como nos lo cuenta Platón en el Fedón 96 y ss.La 2ª navegación de Sócrates comienza cuando a sus ojos fracasa la más alta filosofía jónica, la cumbre más alta a que habían llegado los filósofos naturalistas, es decir, despues de haber llegado al extremo de verdad acerca del orden celeste, era el momento de hacer bajar la filosofía del cielo.

El logos socrático

El Logos, el razonamiento es sentido por Sócrates no como un instrumento, sino como una realidad que se impone a la mente y la arrastra. Expresiones como la razón nos guía, la razón nos arrastra, los argumentos nos pueden forzar, vayamos por donde el razonamiento, como el viento nos empuja [ Ver República X, 607B, 611B, III, 394D ] demuestran claramente esta vivencia socrática.El Logos es sentido, por tanto, por Sócrates como una realidad autónoma, superior al que razona, el cual sólo así, mediante el razonamiento, se pone maravillosante en contacto con un mundo más alto. Sócrates siente que posee en su interior una fuente de revelación, una llave, el ejercicio del logos, que le franquea las puertas de un mundo superior donde las cosas ya no son medianas, como el mundo de la realidad. Y es que lo que esta revelación interior nos entrega es la verdad misma, la verdad una, que se opone así, de la manera más teminante, a la verdad múltiple, varia, personal, caprichosa, de los sofistas, y tambien a la realidad fluyente de Heráclito.No es facilmente comprensible para nosotros (un poco hartos y de vuelta sobre el papel de la razón) el asombro, el entusiasmo, el deslumbramiento que en las gentes del siglo V despertaba el uso de la razón. Dialogar con Sócrates era como asistir a una fiesta o fantasmagoría, a un teatro extraordinario que nunca había sido contemplado hasta ahora por el ser humano. La consecuencia era que el sereno ejercicio de la razón producía una verdadera embriaguez: estamos ebrios de razón.[Ver Lisis 222C].Ahora bien, Sócrates no es un racionalista, al modo cartesiano o de la Ilustración del XVIII, sino que en él está muy presente y fusionado lo contrario, es decir, lo oscuro e irracional.

Sócrates y la Mayeútica

Cuando se pregunta a los hombres, y se les pregunta bien, responden conforme a la verdad. [Ver Fedón 73a]Todo el secreto está pues en preguntar bien. Quien pregunta bien, es decir, quien práctica la dialéctica mayeútica, descubre la verdad que está dormida en la mente de cada hombre, y se acerca a la razón que existe por sí misma. En este preguntar dialéctico, los interlocutores de Sócrates le siguen a gran distancia y, muchas veces turbados cuando alguien contradice y suscita de nuevo dudas o dificultades, se lanzan de nuevo a la zozobra de la inseguridad y la búsqueda. [Ver Fedón 88 c d] El método mayeutico, por tanto, exige el ejercicio de la razón propia, desprecio de lo meramente opinable, y búsqueda rigurosa que lleve al sujeto a sacar a la luz la verdad. Esta fe socrática en la posiblidad del descubrimiento racional de la verdad, le lleva a Sócrates a compararse ironicamente con su madre la partera Fenarete. Por su parte Jenofonte afirma que la mayeutica era practicada por Sócrates no unicamente para ayudar a los demás a parir sino tambien, y en primer lugar, por el deseo socrático de satisfacer su amor a la verdad, su pasión intelectual, su eros.La mayeutica arraiga, pues, en lo más hondo del pensamiento socrático. No era ella un método para arrancar opiniones de sus intelocutores, ni menos imponerles él sus propias ideas que se le hubieran ocurrido en solitario, sino que modestamente aspira a sacar a luz la verdad que se produce naturalmente en el seno de la razón humana.Ahora bien, esta operación, como la medicina obstetricia, tiene su parte de magia y Sócrates se compara tambien en este aspecto con las parteras.

La ironía o modestia Socrática

Sócrates pertenece a una especie de hombres que no tienen amor propio en las discusiones, y que aceptan encantados la refutación si así se descubre la verdad. Confiesa que su única cualidad es la ironía, consistente en interrogar a los sabios y procurar sacar la verdad que hay en el fondo de sus respuestas. [ Ver Hipias Menor., 372 a-c ]En Sócrates la Ironía se mezcla con la cortesía cuando éste extrema su modestia hasta decir de que él es lento y gárrulo, y que no llega a poner en claro las cosas. El alcance de la Ironía o modestia socrática se hace patente una vez que en el descubrimiento de la verdad nos encontramos ante la siguiente alternativa: o llegamos a alcanzarla o, por el contrario, nos debemos convencer de que no sabemos lo que ignoramos, y esto no sería, en verdad, un premio despreciable de nuestro trabajo.Tal es el fundamento del famoso sólo sé que no sé nada, la afirmación socrática más concluyente e indubitable, resultado de una fundamental descofianza. Y es que si Sócrates discute siempre para descubrir si efectivamente sabe o no, es porque no quiere hacerse ilusiones de que sabe algo cuando nada sabe. Por todo ello, con una modestia que es la más firme base de todo método de conquista de la verdad, grita Sócrates: Atenienses que me escucháis; no sé nada, y ante vosotros me presento desnudo y sin los adornos de una mentirosa certeza. Además, la ironía o modestia socrática es grande en cuanto que por ella se traza límites. Así no incurre en la insensatez de discutir de omni re scíbili, como por principio hacían los sofistas. Y es que el vino de los saberes recien descubiertos no se le subió a Sócrates a la cabeza. Conservó un afán tan grande de saber que la apariencia de sabiduría en los maestros-sabelo-todo le parecía mera elocuencia. En este sentido,la ironía socrática representa tambien un afán de sinceridad que le aleja de todo culto a las meras apariencias.

Diferencias entre Sócrates y Platón en materia religiosa
Platón se deslizará, como su tío Critias, hacia la utilización política de la religión. Lo importante de la religión, pensaba el hijo de Aristón, es que los sacrificios sirvan para que las gentes se vayan conociendo y entablando relaciones sociales y de amistad en las solemnidades religiosas.Por otro lado, Platón estaba influido por las religiones mistéricas y del culto a los muertos. No hay que olvidar que en su ciudad ideal pide respeto y veneración para los dioses infernales. Plutón y todas las oscuras divinades deberían estar muy presentes en la vida individual y colectiva.
Sócrates vive la religión como algo personal, esto es religioso y no político, y las influencias sofísticas y racionalistas que se notan en el viejo Platón de las Leyes estaban muy lejos de haber hecho mella en su religiosidad. Para él, la religión era cosa íntima y personal.Al mismo tiempo, Sócrates muestra rechazo frente a todo lo que suene a oscuridad, videntes, iniciáticos e intermediarios entre dioses y hombres, preparadores para cruzar la linea hacia el más allá. El único sacerdocio que Sócrates admitía era el colegio de Delfos, que se distinguía por el tacto y la prudencia en su relación con las otras religiones, y que en modo alguno aspiraba a un dominio exclusivo del culto. La piedad platónica que Platón aprendió en Italia de los pitagóricos, en Sócrates no asoma todavía. Sócrates se inclinó hacia la corriente legalista y apolinea, aunque con respeto total hacia el conjunto de la religión popular. Sobre esa base, se dedició a moralizar la religión, al establecer con decisión el caracter moral de los dioses (lo que en definitiva, significaba intentar cambiar el modo de ser de tales dioses) y así liberarse de la angustia presente en la religión antigua, de la mirada de la esfinge. Sócrates, como todo buen filósofo, necesitaba ante todo saber.

Religión Socrática: Historia de una contradicción
A partir del siglo VI a d Cristo existen dos corrientes contrapuestas en la religiosidad grisitúa claramente a favor de la segunda, es decir, en una confesada aceptación de las normas de la ciudad, asi como en una profunda y confesada devoción al dios Apolo y a su oráculo en Delfos. Ahora bien, la legalidad socrática no consiste solamente en la aceptación y cumplimiento, sin más, de las obligaciones rituales y legalistas, sino que tambien es objeto de un verdadero saber. Las contradicciones surgirán, precisamente, cuando Sócrates intente sinterizar, por un lado, la interiorización racionalizada de la religión y, por otro, la aceptación, sin reparos, del legalismo y el ritual externos de una Polis profundamente supersticiosa y desengañada por el discurrir de los acontecimientos sociales, políticos y militares.Pero Sócrates ahí estaba intentando convencer a sus ciudadanos de la necesidad de trasladar los dioses y las leyes de la ciudad al santuario de la conciencia. Al mismo tiempo, para realizar tal traslado, los atenienses deberían de servirse de la razón y de la filosofía. Pero, además, Sócrates deseaba que las cosas siguieran igual, es decir: los dioses y las leyes podían ser venerados del mismo modo aunque en diferente santurario. Sus conciudadanos, como demostrarán los hechos, ni lo aceptaron, ni, muy posiblemente, lo entendieron.Existe tambien una contradicción de tipo personal en la posición religiosa de Sócrates que le acompañó, muy a su pesar, durante toda su vida. Sabemos que Sócrates estuvo imbuido del pensar filosófico de tipo jónico, que conoció y practicó, sin duda de modo genial, durante su juventud. Sin embargo, sabemos tambien que en un momento determinado de su vida Sócrates afirma haber superado el racionalismo ingenuo y optimista de tipo jonio, y, sin abandonar la razón y la filosofía como método de investigación y saber, se lanza a la búsqueda de algo que fundamente, no que disgregue, las raices de la religión y las leyes tradicionales de su querida Atenas.
De este modo, en un momento en que, por un lado, las creencias religiosas vacilaban en Atenas, y, por otro, en que la evolución político-militar de la ciudad era muy negativa, aparece la personalidad fuerte de un reformador planteando lo siguiente:
La base esencial del ciudadano ateniense debe tener su fundamento en la religion tradicional de los dioses de la Ciudad. A tales dioses, por encima de todo, se les debe reverencia y respeto.
La base de tal relación con los dioses, sin embargo, no debería tener su fundamento tanto en los rituales y las supersticiones como en el saber y la metodología racional de la filosofía.
La religión y las leyes no deben basarse en rituales de tipo externo sino que deberían situarse en el interior de la conciencia.
El racionalismo de los jonios y de los sofistas, en sus relaciones con la religión y las leyes de la ciudad, destruyendo mitos heredados y normas tradicionales, es algo de lo que Sócrates confiesa estar de vuelta.

Día de la muerte de Sócrates

Amanece. La nave de Delos había arribado la víspera.Se ha terminado la tregua sagrada, y la ejecución ya es lícita. Los discípulos van llegando con la tristeza de saberse en el último día del maestro; la cárcel los recibe por última vez. Fedón y el bueno de Apolodoro, Critóbulo y su padre el rico y generoso Critón, Hermógenes y Epígenes, el cínico Antístenes, que tanto aprenderá en ese día; Ctesipo y Menéxeno, Simias , Cebes y Fedondas, los tres tebanos; Euclides y Terpsión, megarenses ambos, y el primero creador de esa escuela que sirvió de cenáculo a los socráticos en el momento de miedo y cobardía que siguió a la muerte del maestro. Todos están allí. Faltan tal vez algunos cobardes, y Platón está enfermo y no ha podido acudir.Sócrates está desatado, pues en su último día el reo recibe consideraciones especiales. Se frota la pierna, dolorída por las cadenas que ha soportado todo el tiempo que en la prisión ha tenido que esperar a la ejecución de la sentencia. Su mujer Xantipa, sentada junto a él, prorrumpe en gritos al ver entrar a cada grupo de los amigos. Son esos gritos que en los países mediterráneos se oyen siempre, sin ningún pudor, en los entierros: «¡Ay, Sócrates, que es la última vez que habláis! ¡Ay, que por última vez ves a tus amigos!»Sócrates no puede sufrirlo más y le ruega a Critón, que como hombre rico que era se habría hecho acompañar de sus esclavos, que se lleven a la infeliz Xantipa, la cual tenía: nos dice Platón, a su hijo más pequeño en brazos. Hay que observar que esta conducta no era entonces tan dura como nos parece a nosotros, ya que la mujer distaba de estar a la misma altura social que el marido, y, por otra parte, bastaba con que los amigos llegasen para que la mujer desapareciera, conforme a la costumbre en Atenas.Se retiró la mujer,conducida por los esclavos de Critón. Sócrates comienza sus últimos razonamientos.

Sócrates y los Sofistas

En el ambiente del siglo V a de Cristo, en un momento en que todo era sometido a las normas de la razón, era provervial la seguridad y el orgullo sofista en el poder del individuo y de su razón. El Sofista se considera un profesional, un sabio a nativitate [Ver Eutidemo 294 e]. Considera el saber como el único remedio a los peligros de la existencia y aspira, por todo ello, a convertir el azar en destreza, a quedar por encima de los golples de la fortuna. [Ver Gorgias 448c].Pues bien, en relación con este ambiente y con este tipo de personaje, surge la figura de Sócrates manteniendo una posición no radicalmente opuesta sino diferente. Tales diferencias no fueron siempre bien comprendidas por sus contemporaneos, como lo demuestran los testimonios de Aristófanes en las Nubes o un mismo discípulo suyo, pero sofista en sus planteamientos, como fue Critias.

Diferencias entre Sócrates y los Sofistas

Aunque la confusión de Sócrates como Sofista está continuamente presente en multitud de testimonios desde los mismos tiempos de las Nubes de Aristófanes, es posteriormente cuando tal confusión se agudiza todavía aún más. En el siglo IV, por ejemplo, un historiador llamado Androtion, confunde, bajo el nombre de sofistas a los 7 sabios de Grecia, y, del mismo modo que tambien hará Rousseau, añade a Sócrates mismo en la lista.Hoy sabemos que las diferencias filosóficas entre Sócrates y los Sofistas existieron. Señalaremos algunas:

Los sofistas son codiciosos de dinero y se hacen pagar por sus lecciones. No hacían nada malo, por ello, y estaban dentro, como dice Protágoras, dentro del comportamiento tradicional griego desde el tiempo de los aedos. Sócrates, que no se consideró nunca un sabio, jamás pidió dinero a cambio de sus enseñanzas. [Ver Sofista 224c-d; Teeteto 167e; Menón 95b-c].

Los sofistas tienen un afán profesional por adoctrinar y modelar el alma de los jovenes. Sócrates siente horror ante la caza del alma: el alma, es algo que no confiaría ni a mi padre, ni mi a mi hermano ni a ninguno de mis amigos. [Ver Protágoras 316a-b]

El sofista cultiva un arte de apariencia y es un forjador de imágenes [Ver Sofista 239 d] y está dotado de una ciencia opinable y no verdadera. Sócrates que ambiciona la búsqueda de la verdad pura, sintió el vértigo de que pudiera triunfar una habilidad consistente en hacer parecer lo bueno malo y viceversa, con lo que la verdad sería una mera cuestión de utilidad, llevando a que las mismas leyes de la ciudad se hicieran cosa de conveniencia y no de justicia. Por todo ello, Sócrates busca la liberación de esta frivolidad acudiendo a la dialéctica: más vale lograr poco, pero bueno que mucho pero equivocándose.

Frente a la retorica y la oratoria de los sofistas,[Ver Protágoras 334c-d; Fedro 267a-c;] Sócrates aguza su dialéctica. Según Sócrates, la retórica deja la certeza reducida a mera probabilidad y subjetivismo, y éste no hace al hombre más sabio que un renacuajo. [Ver Teeteto 161d]

Los sofistas mantienen una actitud práctica radicalmente distinta a la actitud teórica mantenida por Sócrates. La actitud practicista de los sofistas representaba un desdén sobre todo lo puramente teórica referido al orden humano o divino.Y es que los sofistas, según Sócrates, llenaban a la gente de dudas sobre las leyes y la religión de su ciudad. Ante tal orientación, Sócrates concentró toda su atención no en problemas de tipo práctico, sino en el intento de averigüar que es la piedad y la impiedad, lo hermoso y lo feo, lo justo y lo injusto. En este tipo de investigaciones es en donde Sócrates encuentra su originalidad. Frente al puro pragmatismo del éxito, que sostienen los sofistas, Sócrates se inclina por la estimación moral heredad pero interiorizada. Frente a la moda sofista en contra de los prejuicios heredados, Sócrates aparece como un defensor de la vieja moral. Toda su vida se mantuvo como un eterno insatisfecho, buscando el norte de la seguridad moral y de la verdad. Por ello, dejó para los sofistas el apelativo de sabios, como sinómino de aquellos que son capaces de tomar lo que a cualquiera le parece mal y consiguen hacerlo aparecer como bien, y tomó para él, el nombre de filósofo, es decir, el aficionada a la sabiduría.

Por último, para Sócrates el hombre no nace libre sino dentro de la historia y vinculado a su ciudad. Todo lo que rodea al hombre: familia, sangre, religión, etc es lo que sitúa al hombre sobre una raiz. Sócrates está muy lejos del afán disolvente del sofista que predicará que el hombre nace libre y aislado. Pues bien, Sócrates rechaza resueltamente la idea de la individualización del sujeto atómico,sin vinculaciones ni raices.

«Luciano Crescenzo.Historia de la filosofía Griega.Segunda parte.Pags.7-45)»

¿Cómo es posible no enamorarse de Sócrates? Era bueno de espíritu, tenaz, inteligente, irónico, tolerante y al mismo tiempo inflexible. De cuando en cuando nacen en la Tierra hombres de tal envergadura, hombres sin los cuales todos nosotros seríamos un poco diferentes: pienso en Jesús, en Gandhi, en Buda, en Lao Tse y en San Francisco.Hay una cosa, sin embargo, que distingue a Sócrates de todos los otros: su normalidad como hombre.En efecto,mientras en el caso de los grandes que acabo de nombrar existe siempre la sospecha de que una pizca de exaltación contribuyó a configurar un carácter tan excepcional,en lo referente a Sócrates no hay dudas: el filósofo ateniense era una persona extremadamente sencilla, un hombre que no lanzaba programas de redención y que no pretendía arrastrar tras sí turbas de seguidores. Por sólo decir una cosa, hasta tenía la costumbre, del todo insólita en el círculo de los profetas, de asistir a los banquetes, de beber, y si se presentaba la ocasión, de hacer el amor con una hetera.Al no haber escrito nunca nada, Sócrates ha sido siempre un problema para los historiadores de la filosofía. ¿Quién era en verdad? ¿Cuáles eran sus ideas? Las únicas fuentes directas que poseemos son los testimonios de Jenofonte, los de Platón y algunos comentarios «por haber oído decir» de Aristóteles ; pero el caso es que el retrato que nos ha dejado Jenofonte resulta completamente distinto del de Platón, y donde hay coincidencia entre las dos versiones,el hecho se debe a que el primero ha copiado al segundo;por otra parte,en lo tocante a Aristóteles existen fundadas dudas sobre su objetividad.En este estado de cosas, lo único que puedo hacer es contar todo lo que sé y dejar que el lector se forme su propia opinión.

Fisicamente,Sócrates se parecía a Michel Simon , el actor francés de la década de los 50, y se movia como Charles Laughton .Su padre, Sofronisco, era un escultor, o quizá sólo un chapucero de periferia, y su madre, Fenarete, una comadrona. De su infancia no sabemos prácticamente nada, y, para ser sinceros, nos cuesta un poco imaginarlo como un niño:de todos modos, siendo de familia más o menos acomodada, pensamos que siguió los estudios regulares como todos los muchachos de Atenas, que a los dieciocho años hizo el servicio militar y que a los veinte llegó a ser hoplita después de haber conseguido una armadura adecuada. En su juventud ayudó,con toda seguridad, a su papá, el escultor, en su taller, hasta que un buen dia Critón, «enamorado de la gracia de su alma,» se lo llevó para iniciarlo en el amor al conocimiento. Diógenes Laercio , en sus Vidas de los filósofos , cuenta que Sócrates tuvo como maestros a Anaxágoras, Damón y Arquelao y que fue también amante de este último, o, para ser más exactos, su erómenos. De todos modos, sobre este asunto de los amores homosexuales de los filósofos griegos, lo que resulta realmente absurdo es el analizar tal fenómeno con la mentalidad propia de un pensar judeo-cristiano, que ha llevado a algunos a tratar a Sócrates como si fuera un gay .
Sócrates se casó con Jantipa su primera mujer.Por su parte, Aristóteles nos informa que Sócrates tuvo también una segunda mujer,una tal Mirto . Sobre el triángulo Sócrates-Jantipa-Mirto es de destacar la existencia de un divertido fragmento, tomado de una obra de Brunetto Latini .
Sócrates fue un buen soldado,más aún,digamos mejor un buen marine:en 432 lo embarcan junto con otros dos mil atenienses y lo envían a combatir a Potidea . Ocho años después del asedio de Potidea, lo encontramos combatiendo contra los Beocios . A los cuarenta y siete años lo llaman nuevamente a las armas y participa en la campaña de Anfípolis. A pesar de su valor militar, Sócrates, era un sujeto de grandes convicciones morales que le llevaban a situarse muy lejos de la violencia. Ello no le librará, sin embargo, de ser acusado de impiedad por el joven Meleto,lo que le llevará a ser condenado por sus conciudadanos a beber cicuta.
En vez de contar el proceso, tal como nos lo han transmitido Platón y Jenofonte,procuraremos revivirlo en directo poniéndonos en el lugar de dos de los quinientos jueces: un tal EUTÍMACO y un cierto CALIÓN.
-Calión, hijo de Filónides, ¿también tú entre los heliastas? Por lo que veo, prefieres juzgar a tu viejo maestro a disfrutar del calor de tu lecho y de la dulce Talesia.
-No creo, Eutímaco, ser el único que esta mañana ha visto el alba. Aún el Sol no había aparecido sobre los montes del Himeto, y la ciudad era ya un hervidero de atenienses sedientos de justicia. Piensa que donde yo vivo, en Escambónida, eran tantos los ciudadanos que se encaminaban al agorà para asistir al proceso de Sócrates, que ni siquiera se conseguía caminar por las calles.He visto a muchos comerciantes confiar sus tiendas a los esclavos más fieles y muchos amides vaciados en la oscuridad desde los pisos superiores entre las protestas de los que pasaban.En resumen,había una extraña excitación en el aire, como si todos fueran a las oscoforias y no a un proceso.
Estamos en febrero del año 399 antes de Cristo; es aún noche cerrada; miles de atenienses se dirigen al agorá. Cada ciudadano se hace preceder por un esclavo con una antorcha encendida. En aquella época hacía falta poco para obstruir una calle de Atenas. A medida que pasa el tiempo aumenta la cola de los aspirantes a jueces ante las urnas de los sorteos. Los esclavos públicos, que cumplen funciones de guardia urbana, para impedir a la multitud de curiosos invadir las zonas reservadas a los elegidos, tienen extendida ante los accesos la cuerda bermeja . La justicia,en los tiempos de Pericles,estaba organizada del siguiente modo:los arcontes,al principio de cada año, sorteaban seis mil atenienses de edad superior a treinta anos y constituían la Heliea es decir el depósito del que, cada vez, habrían extraído los quinientos jueces de cada proceso. El segundo sorteo, el definitivo, tenía lugar durante la mañana misma de la causa, para evitar que los imputados pudieran corromper a los jueces.Para efectuar los sorteos diarios a la entrada de los tribunales habían sido dispuestas las llamadas Cleroterion -El año pasado -dice Eutímaco- el Destino me favoreció cuatro veces: tres como juez popular y una como juez del Freattó en un proceso que tuvo lugar en primavera cerca del Falero.Juzgamos a Auríloco, el hijo de Damón-explica Eutímaco-. Como yo era amigo del padre,habría hecho lo imposible por salvarle la vida; pero las pruebas en contra eran tales y tantas que me vi forzado a pronunciarme por la condena a muerte.
-También por Sócrates temo que no se pueda hacer nada -suspira, sinceramente compungido, Calión-.Son demasiados los que se sienten estúpidos ante él, y nadie es más vengativo que quien se da cuenta de que es inferior.
-Si lo condenan a muerte, de nadie tendrá que quejarse más que de sí mismo: ¡Sócrates es el individuo más presuntuoso que ha nacido en el mundo!
-¡Pero si declara a todos que no sabe nada -exclama Calión-, que es un ignorante!
-¡Y eso es precisamente el colmo de la presunción!-rebate Eutímaco-. Es como si dijera a todos los hombres:»Yo soy un ignorante, ¡pero tú que no sabes que lo eres, eres aún más ignorante que yo!» Pues bien,es natural que si te empeñas en insultar a tu prójimo,antes o después alguno reaccione y te lo haga pagar.E incluso más. ¿Sabes qué te digo? ¡Que es de veras extraño que el viejo haya llegado a setenta años sin haber sido exiliado ni una sola vez por ostracismo!
El ostracismo era un extraño procedimiento muy en boga en aquellos tiempos, una especie de elección al revés.Cuando un ateniense se convencía de que un conciudadano podía dañar de algún modo a la polis,sólo tenía que ir hasta el agorà y escribir el nombre de su enemigo en el ostracon .
Se presenta Sócrates. Tiene un aspecto sereno:lleva puesto el acostumbrado tríbon y camina apoyándose en un bastón de roble.
-Ahí está ese viejo irreductible -exclama Calión-.Si lo miras, parece que, más que a un proceso por impiedad, se dirija a un banquete: ¡sonríe, se detiene hablar con los amigos y saluda a todos los que ve!
-¡Es el mismo pesado de siempre! -protesta Eutímaco, más rabioso que nunca-. Entre otras cosas, no se da cuenta de que el pueblo lo considera culpable y quisiera verlo asustado y suplicante.
Entretanto, Sócrates ha subido al tribunal: se ha puesto a la izquierda del arconte-rey y espera con paciencia a que el canciller declare abierto el proceso.
-Heliastas -proclama el canciller del tribunal-, los dioses han elegido vuestros nombres de la urna para que podáis absolver o condenar a Sócrates, hijo de Sofronisco, de la acusación de impiedad hecha contra él por Meleto , hijo de Meleto.
En Grecia los imputados,cultos o analfabetos -lo mismo daba-, debían defenderse solos y,cuando no se sentían en condiciones de hacerlo, tenían la posibilidad,antes del proceso, de convocar a un Logografo , .
-Tiene la palabra Meleto, hijo de Meleto -anuncia el canciller, indicando a un joven de pelo rizado y rebuscado en su forma de vestir.Meleto sube a la pequeña tribuna reservada a la acusación: su rostro es altanero y doloroso, como es licito esperar de un poeta trágico. Quiere dar la impresión de que no le agrada tener que ensañarse con un viejo como Sócrates.
-¡Jueces de Atenas! -comienza a decir el joven,haciendo girar lentamente sus ojos para cubrir todo el arco de los jueces que tiene frente a sí-. Yo, Meleto, hijo de Meleto, acuso a Sócrates de corromper a los jóvenes, de no reconocer a los dioses que la ciudad reconoce, de creer en los dáimones y de practicar cultos religiosos extraños a nosotros.
Un largo murmullo sale de la multitud: el ataque es seco y preciso. Meleto calla unos instantes para subrayar mejor la gravedad de lo que acaba de decir.Después vuelve a hablar recalcando cada palabra:
-Yo, Meleto, hijo de Meleto, acuso a Sócrates de ínmiscuirse en cosas que no le atañen; de investigar sobre lo que hay bajo tierra y lo que hay sobre el cielo y de discurrir con todos y acerca de todo, intentando siempre hacer aparecer como mejor la razón peor.¡Por estos delitos solicito a los atenienses que se lo envíe a muerte!
En esta última frase todos se vuelven hacia Sócrates para observar sus reacciones. El filósofo tiene en el rostro una expresión de asombro: más que un acusado,parece un espectador. Eutímaco golpea con el codo a Calión y comenta la situación, diciendo:
-Temo que Sócrates no se dé cuenta del lío en que se ha metido. Meleto tiene razón: todos saben que Sócrates no ha creído nunca en los dioses. Se dice que un día dijo: «Son las nubes, y no Zeus, quienes provocan la lluvia; de otro modo, si sólo dependiera de Zeus, veriamos llover también cuando el cielo está sereno.»
-A decir verdad – objeta Calión-, es Aristófanes quien hace decir estas cosas a Sócrates y no Sócrates quien las dice.Entretanto, el proceso prosigue su curso y, después de Meleto, suben a la tribuna otros dos acusadores:Anito y Licón.
-Me ha contado Apolodoro -dice Calión- que ayer por la noche Sócrates se negó a que Lisias lo ayude.
-¿Le había escrito un discurso de defensa?
-Sí, y parece que se trataba de un discurso extraordinario.
-Lo creo: ¡el hijo de Céfalo es el mejor de todos en Atenas! ¿Y cómo es que se negó?
-No sólo se negó, sino que hasta reprochó a Lisias por ofrecerse a ayudarlo. Le ha dicho: «Tú con tus triquiñuelas verbales querrías engañar a los jueces por mi bien. ¿Y cómo piensas conseguir lo que es bueno para mí, si al mismo tiempo urdes tramas contra las Leyes?
-¡El presuntuoso de siempre!
Anito y Licón han acabado en estos momentos su intervención. El canciller da vuelta a la clepsidra de agua que controla el tiempo de las arengas y proclama:-¡Y ahora tiene la palabra Sócrates, hijo de Sofronisco!
Sócrates echa una mirada en torno, como si quisiera tomarse su tiempo, se rasca el cuello,mira al arconte-rey e inmediatamente después se vuelve a los jueces.
-No sé qué impresión habéis experimentado vosotros, atenienses, al oír las razones de mis acusadores.Lo cierto es que ha sido tal y tan grande la persuasión de éstos que, si no se tratase de mi persona,también yo creería en sus palabras.El caso es que estos ciudadanos no han dicho absolutamente nada que tenga que ver con la verdad.Y ahora me perdonaréis si no os hago un discurso adornado con bellas frases. Hablaré como estoy acostumbrado a hacerlo, sin ceremonias, pero en compensación procuraré decir siempre lo justo, y vosotros debéis fijaros sólo en esto: ¡si lo que estoy por decir es justo o no!
-¡Hete aquí que ya comienza con sus discursos tortuosos! -exclama Eutímaco, dando señales de impaciencia-. ¡Por Zeus, qué antipático me resulta!
-¡Cálmate, Eutímaco! -le solicita Calión-. Y déjame oír.
-Quiero contaros -dice Sócrates- un extraño episodio que le ocurrió a Querefonte, un queridísimo amigo mío desde la juventud.Un día se marchó a Delfos y osó hacer al oráculo esta extraña pregunta: ¿Hay alguien en el mundo más sabio que Sócrates? ¿Y sabéis qué respondió Apolo Pitio? No hay nadie en el mundo más sabio que Sócrates. Imaginaos mi sorpresa cuando Querefonte me relató la respuesta: ¿qué habrá querido decir el dios? Yo sé que no sé ni poco ni mucho, y desde el memento que el dios no puede mentir, me pregunto: ¿qué habrá escondido bajo el enigma? De ello puede dar testimonio el hermano de Querefonte, ya que él ya no se encuentra entre los vivos.
-¡Me gustaría saber qué tiene que ver toda esta historia de Querefonte con la acusación de impiedad!-estalla Eutímaco-. Si hay algo que no soporto en Sócrates es justamente ese modo suyo de tomar las cosas tan de lejos: ¡sólo por eso lo condenaría a muerte!
-Y para comprender el mensaje del dios -continúa Sócrates con la mayor calma- me puse en acción y fui a ver a uno de esos que tienen fama de ser sabios.No os diré el nombre, atenienses: basta con saber que era uno de nuestros políticos . Y bien,este buen hombre me pareció, sí, que tenía aire de sabío, pero que, en realidad, no lo era en absoluto. Entonces procuré hacérselo entender y él, por esta causa, me cobró odio. Inmediatamente después fui a ver a algunos poetas : cogí sus poesías, o al menos las que me parecían mejores, y les pregunté qué querían decir. Ciudadanos…, me da vergüenza deciros la verdad… ¡Quien peor razonaba, sobre una composición poética cualquiera, era justamente su autor! Después de los políticos y los poetas me dirigí a los artesanos y… ¿a qué no adivináis qué descubrí? Que ellos, conscientes de ejercer bien su profesión, pensaban que eran sabios también en otras cosas, incluso más importantes y difíciles. A esa altura comprendí lo que había querido decir el oráculo:»Sócrates es el más sabio de los hombres porque es el único que sabe que no sabe».Entretanto,sin embargo, me había atraído el odio de los poetas, de los políticos y de los artesanos; y no es casualidad que hoy me vea acusado en el tribunal por Meleto que es un poeta, por Anito que es un político y artesano y por Licón que es un orador.
-Lo que has dicho, Sócrates, son sólo insinuaciones -rebate Meleto-. Defiéndete más bien de la acusación de corromper a los jovenes.
-¿Y cómo piensas, Meleto, que puedo corromper a los jóvenes?
-Diciéndoles que el Sol es una piedra y que la Luna está hecha de tierra -responde Meleto.
-Creo que me has confundido con otro: los jóvenes pueden leer todo eso cuando lo deseen, comprándose por una dracma los libros de Anaxágoras de Clazomene en cada esquina del agorà.
-¡Tú no crees en los dioses! -grita Meleto, poniéndose de pie y amenazándolo con el dedo índice- ¡Tú crees sólo en los Daímones!
-¿Y quiénes serían éstos? -pregunta Sócrates sin perder la compostura. ¿Hijos malvados de los dioses? Así pues, afirmas que no creo en los dioses. sino sólo en la existencia de los hijos de los dioses. Es como decir que creo,-en los hijos de los caballos, pero no en los caballos.
Una carcajada del público cubre durante unos instantes la voz de Sócrates. El filósofo espera que el auditorio preste de nuevo atención, luego de lo cual se vuelve al segundo acusador.
-Y tú, Anito, que solicitas mi muerte, ¿por qué no has traído aquí, ante los jueces, a todos esos jóvenes a los que yo habría llevado a la perdición? Para salirte al paso, yo mismo habría podido indicártelos. Hoy muchos de ellos se han hecho viejos y podrían testimoniar contra mi, confirmando que los he corrompido.Helos allí, mirándonos: aquél es Critón,con su hijo Critóbulo, y luego está Lisanias de Sfecto, con su hijo Esquines, y también Antifonte de Cefisia, Nicóstrato, Paralio, Adimanto con su hermano Platón, y veo también a Ayantadoro con su hermano Apolodoro. Tal vez, Anito, podría apaciguarte si prometiera marchar al exilio y no hacerme ver más por aquí. Pero créeme: obedecería sólo para hacerte un favor, dado que en verdad estoy convencido de que eso dañaría mucho a los atenienses. En cambio no dejaré de estimularos,de persuadiros, de reprocharos uno por uno, de no daros tregua todo el día, donde sea que os halléis,como un tábano que pica los flancos de una yegua de buena raza que quiere dormir, porque eso es lo que me pide el dios Apolo. Ciudadanos, la yegua de la que estoy hablando es Atenas, y sí me condenáis a muerte no encontraréis tan fácilmente otro tábano que pueda mantener despierta vuestra conciencia. Ahora, basta:las razones que podía deciros ya las he dicho. En este momento debería hacer entrar los amigos, los parientes y mis hijos más pequeños para invocar vuestra piedad, según es costumbre de muchos. Yo también tengo familia: tengo tres hijos, pero no os los muestro porque está en juego mi reputación y la vuestra. El juez no debe indultar a quien lo conmueve, sino que debe solo hacer caso a las Leyes. Cae la última gota de agua de la clépsidra.Sócrates da por terminado su discurso y retrocede para ir a sentarse en un escabel de madera colocado a sus espaldas. Sus amigos más quendos, con un timido aplauso, íntentan rovocar el acuerdo del público, pero la tentativa cae en medio del desinterés general. Dan comienzo las votaciones.
-No tengo ninguna duda: ¡es culpable! -sentencia Eutímaco poniéndose de pie-Y aunque no lo fuese, lo condenaría igualmente. Sus discursos, su continuo poner en duda las convicciones de los demás, no es útil a la polis. Sócrates difunde inseguridad: es un derrotista. ¡Cuanto antes muera, mejor para todos!
-Yo, en tu lugar no estaría tan seguro -rebate Calión con ardor-.Una ciudad que se respete debe tener siempre alguien que la vigile, y Sócrates es el único en condiciones de hacerlo: es imparcial, no es un político, y sobre todo es pobre. Aunque fuese culpable,no ha obrado con toda seguridad para favorecerse.
-¿Y tú, Calión, piensas que la pobreza es un buen ejemplo para los jóvenes? ¿Quieres que nuestros hijos crezcan como él? Recorriendo de arriba abajo el agorà,preguntándose continuamente unos a otros: «¿Qué es el bien? ¿Qué es el mal? ¿Qué es lo justo? ¿Qué es lo injusto?.
Eutímaco, sin esperar la respuesta, se levanta de golpe y con el Psephos en la mano se encamina hacia las urnas. Mientras pasa entre los escanos, procura influir también en los otros jueces. -¡Basta de Sócrates! ¡Saquémoslo de en medio de una vez por todas! Sostiene ser un tábano que pica a Atenas. Muy bien, le tomo la palabra: ¡qué caballo no intenta liberarse de sus tábanos,qué caballo no lo aplastaría,si tuviese manos?
Calión aún vacila: interroga a sus vecinos para comprender cuál es la opinión de la mayoría. Al parecer, el jurado se ha dividido en dos partidos casi iguales: los que odian a Sócrates y los que sostienen que es el mejor hombre del mundo. Cada uno, mientras espera su turno ante las urnas, defiende la propia tesis. Entretanto, los que ya han votado se acomodan como pueden en los escanos para tomar un bocado . Abren el cesto de las viandas y extraen de el sardinas, aceitunas y galletas de maza . Antifonte, después de haber pedido permiso al presidente de los Once , le lleva a Sócrates una bandeja con higos y nueces.Pero he aquí que finalmente se escrutan las urnas.
-¡Ciudadanos de Atenas! -proclama con solemnidad el canciller-.Ésta es la sentencia emitida por los Heliastas: votos blancos, 220; votos negros,280. ¡Sócrates, hijo de Sofronisco, es condenado a muerte!
Un «oh» de turbación se eleva de entre el pueblo apiñado detrás de las barandillas. Critón oculta el rostro entre las manos. El canciller, después de una breve pausa, retoma la palabra:-Y ahora, según la ley de Atenas, pedimos al condenado que proponga él mismo una pena alternativa. Sócrates vuelve a ponerse de pie, mira alrededor y abre los brazos en señal de desconsuelo.
-¿Una pena alternativa? ¿Y qué he hecho para merecer una pena? Durante toda la vida he descuidado mis intereses personales, mi familia y mi casa. Nunca he aspirado a mandos militares ni a honores públicos. No he participado en conjuras ni en otras formas de sedición. ¿Qué penas corresponden a quien ha hecho esto? No quisiera equivocarme, pero creo tener derecho sólo a un premio, el de ser alojado y mantenido en el Pritaneo a expensas del Estado.
Un coro de protestas cubre estas últimas palabras.La absurda solicitud del filósofo, para muches jueces,suena como una tomadura de pelo o una verdadera provocación. Sócrates mismo se da cuenta de que ha exagerado.Vuelve a tomar la palabra y procura apaciguar al auditorio:
-De acuerdo, de acuerdo, mis queridos conciudadanos: me hago cargo de que me habéis entendido mal.Algunos han tomado mi sentido de la justicia por un acto de arrogancia. Pero decidme con franqueza: ¿qué podría haber propuesto como pena? ¿La cárcel? ¿El exilio? ¿Una multa en dinero? ¿Y qué multa podría pagar yo, que nunca he enseñado por dinero? Como mucho, estaría en condiciones de ofrecer una mina de plata.
La protesta se hace más rabiosa.Una mina de plata es poco más que nada como alternativa a una sentencia de muerte.Parece como si Sócrates estuviera haciendo lo imposible por ser condenado.
-Está bien -suspira Sócrates, señalando a Critón y a sus otros discípulos-. Aquí están mis amigos que insisten para que me multe a mi mismo por treinta minas. Ellos mismos, según parece, se ofrecen como garantes.
Comienza así la segunda votación: condena a muerte o multa por treinta minas. Lamentablemente, la primera «pena» propuesta por el filósofo (la de ser alojado y mantenido en el Pritaneo a expensas del estado)ha irrìtado de tal modo a los jueces, que muchos de los que en un primer momento se habían puesto de su parte, ahora se le ponen en contra. Esta vez los guijarros de la urna negra son mucho más numerosos:360 contra 140.
-Ciudadanos atenienses -concluye ya Sócrates-,temo que hayéis asumido una gran responsabilidad ante la Polis. Era viejo: bastaba con esperar y la muerte habría llegado por sí misma, de modo natural. Actuando así no teneis ni siquiera la seguridad de haberme castigado.¿Sabéis por ventura qué es morir? Con seguridad, una de estas dos cosas: o un caer en la nada, o transmigrar a otra parte.En la primera hipótesis,creedme,la muerte podría ser una gran ventaja:no más dolores, no más sufrimientos; en el segundo caso, en cambio, tendría la suerte de encontrarme con muchísimos personajes excepcionales.¿Cuánto pagaría cada uno de vosotros por hablar cara a cara con Orfeo, con Museo, con Homero o con Hesíodo? ¿O con Palamedes y con Ayax de Telamón que murieron ambos por haber sido tratados de manera injusta? Pero ha llegado la hora de partir: yo a morir y vosotros a vivir. Quien de nosotros ha tenido mejor destino es oscuro para todos, fuera de los dioses.
¿Por qué fué condenado a muerte Sócrates? A 2.400 años de distancia todavía hay quien se hace esta pregunta.Los hombres, para vivir, tienen necesidad de certezas, y cuando éstas no existen, hay siempre alguien que se las inventa por el bien común. Ideólogos,profetas, astrólogos, unos de buena fe, otros sólo por interés, sacan a la luz continuamente verdades con que aliviar las angustias de la sociedad. Si entonces llega un hombre a sostener que no hay nadie que verdaderamente sepa algo,entonces ese hombre se convierte súbitamente en el enemigo público número uno de los políticos y de los sacerdotes. ¡Ese hombre debe morir!
Platón ha dedicado al proceso y muerte de Sócrates cuatro diálogos: -el Eutifron , donde vemos al filósofo, aún en libertad, dirigirse al tribunal para conocer las acusaciones de que lo ha hecho objeto Meleto; – la Apología , con la descripción del proceso; – el Critón , con la visita en la cárcel de su amigo más querido; – el Fedón ,con los últimos instantes de su vida y su discurso sobre la inmortalidad del alma.Son obras que los editores publican una y otra vez sin cesar,incluso reuniéndolas en un solo volumen,y nosotros aconsejamos su lectura a todos los que quieran conocer más a fondo el carácter y las ideas del gran filósofo.Sócrates no fue ajusticiado inmediatamente después del proceso. Justamente en esos días había partido la embajada a Delos . y la tradición quería que durante el viaje de la Nave Sagrada se prohibieran las ejecuciones capitales.Después de unos veinte dias lo encontramos aun en la cárcel con su paisano y coetaneo Critón.
Es el alba: Sócrates duerme aún y Critón se sienta a su lado en silencio.En un momento dado el filósofo se despierta de golpe;ve a su amigo y le pregunta:
-¿Qué haces aquí, Critón, a esta hora? ¿No es demasiado pronto para las visitas?
-Sí, es temprano: es apenas el alba.
-¿Y cómo has hecho para entrar?
-He dado una propina al servidor de los Once.
-¿Y estás aquí hace mucho?
-Así es.
-¿Y por qué no me has despertado en seguida?
-Porque dormías tan tranquilo, que me daba lástima despertarte -responde Critón-· ¡Me pregunto cómo puedes encontrar tanta serenidad en medio de semejante desventura!
-Extraño sería lo contrario, Critón -responde Sócrates sonriendo-· Piensa qué ridículo sería si, a -mi edad, sintiese amargura por tener que morir.
Critón, en el diáldgo que lleva su nombre, se comporta aproximadamente como el doctor Watson con Sherlock Holmes: el maestro habla y él lo interrumpe sólo para decir «dices la verdad, Sócrates», o «Eso es, Sócrates». En compensación, el filósofo tiene mucho más tacto que su colega inglés: no humilla jamás a su amigo con un despiadado «¡Elemental,Critón!». Al final advertimos que el diálogo no es sino un monólogo de Sócrates.
-¿Por qué has venido tan temprano, mi buen Critón?
-Estoy aquí, Sócrates, para traerte una noticia dolorosa -responde Critón con tono desesperado-. Algunos amigos me han contado que la Nave de Delos acaba de doblar el cabo Sunion. Hoy, o como máximo mañana, tendria que llegar a Atenas.
-¿Y qué tiene de extraño? Antes o después tenía que llegar -replica Sócrates-. Quiere decir que así les ha parecido bien a los dioses.
-No hables de este modo: déjate convencer y salva tu vida. Ya me he puesto de acuerdo con los carceleros: ni siquiera me piden mucho dinero para dejarte huir. Y, de todos modos, se han ofrecido a financiar tu fuga también Simias de Tebas, Cebes y muchos otros. Por favor,que el dia de mañana nadie pueda decir: «Critón, por no gastar su dinero, no ayudó a Sócrates a huir».
-Estoy listo para emprender la fuga: pero primero quísiera que decidiéramos juntos si es justo que intente salir de la cárcel contra la voluntad de los atenienses.Pues si es justo, lo haremos, y si es injusto,nos abstendremos de hacerlo.
-Dices bien, Sócrates.
-¿No crees, Critón, que en la vida no debemos cometer injusticia por ninguna razón?
-Por ninguna.
-¿Ni siquiera si antes se ha cometido injusticia?
-Ni siquiera en este caso.
-Y supongamos que justamente en el momento en que estuviera por escapar, nos salieran al encuentro las Leyes y nos preguntaran: «Dinos, Sócrates, ¿qué intentas hacer? ¿No meditas acaso destruirnos, a nosotras, que somos las Leyes, y con nosotras a toda la ciudad?» En tal caso, ¿qué podríamos responder a estas y otras palabras semejantes? ¿Responderíamos tal vez que antes de la fuga nos fue infligida una condena injusta?
-Claro, responderíamos eso.
-¿Y si las Leyes me dijeran: » Entérate, Sócrates, de que es necesario obedecer a todas las sentencias,sean éstas justas o injustas, ya que toda la existencia del hombre está regulada por las Leyes. ¿No fuimos acaso nosotras quienes te dimos la vida? ¿Y no ha sido gracias a nosotras que tu padre se casó con tu madre y te engendró? ¿Y no fuimos también nosotras quienes te enseñamos a respetar a la patria y a no retroceder ante el enemigo? Si éstas fueran las preguntas, ¿qué podríamos responder: que dicen la verdad o que son falsas?
-Que dicen la verdad.
-Y pese a eso, tú querrías que yo, después de haberme disfrazado de modo grotesco con un gabán, tal vez con vestidos de mujer, me escapara de Atenas, para ir a Tesalia, donde los hombres están habituados a vivir en medio del desorden y el desenfreno, y todo para prolongar unos añitos una vida que ya toca a su fin. ¿Y qué razonamientos podría yo hacer aún sobre la virtud y la justicia después de haber quebrantado las Leyes?
-Ninguno, a decir verdad.
-Como ves, mi buen amigo, no me es en absoluto posible huir; pero si estás convencido de poder persuadirme aún, habla y te escucharé con la mayor atención.
-¡Oh, Sócrates, no tengo nada que decir!
-Entonces, resígnate, Critón, ya que éste es el sendero por el que nos conducen los dioses.
El día siguiente es el de la ejecución. Los amigos se dan cita ante la puerta de la cárcel y esperan con impaciencia que el presidente de los Once los haga entrar.Están casi todos: el fiel Apolodoro, el omnipresente Critón con su hijo Critóbulo, el joven Fedón, Antístenes el cínico, Hermógenes el pobre, Epigenes, Menexeno, Ctesipo y Esquines, el hijo del vendedor de salchichas. Algunos han venido de lejos, como los tebanos Simias y Cebes, o como Terpslon y Euclides, que son de Megara. Entre los discípulos más conocidos faltan Aristipo, Cleombrotes y sobre todo Platón, quien,al parecer,justo ese día tenía fiebre. Cuando los discípulos entran en la celda, encuentran al maestro en compañía de Jantipa y de su hijo pequeño. Al ver a los recién llegados la mujer se pone a gritar desesperadamente.
-¡Oh, Sócrates, ésta es la última vez en que tus amigos te hablarán y tú a ellos!
Ante lo cual el filósofo se dirige a Critón, diciéndole:
-Que alguien la acompañe a casa, por favor.
-¡Pero mueres inocente! -protesta Jantipa, mientras se la llevan a rastras de la celda.
-¿Y qué querías? -responde Sócrates-, ¿que muriese culpable?. Entretanto, uno de los carceleros se ha ocupado de sacar la cadena que rodea el tobillo del prisionero.
-¡Qué cosa extraña son el placer y el dolor! -dice Sócrates, masajeándose el tobillo dolorido-. Parece que cada uno siga siempre a su contrario y que ambos no quieran encontrarse nunca en la misma persona.Mientras antes, bajo el peso de la cadena, en mi pierna sólo había dolor, ya siento, después de él, llegar el placer. Si Esopo hubiera reflexionado sobre esta relación entre dolor y placer, seguramente habría escrito una bella fábula al respecto.Después, la conversación recae en el tema de la muerte y del más allá. Sócrates hace alusión a algo que podría parecerse al Infierno y al Paraíso.-Pienso que a los muertos les está reservado un futuro -dice textualmente el maestro, y que este futuro es mejor para los buenos que para los malos.
Comienza asi la discusión sobre la inmortalidad del alma. El tebano Simmias, asemejando el cuerpo a un instrumento musical y el alma a la armonía que nace de dicho instrumento, sostiene que una vez rota la lira (el cuerpo) muere con ella también la armonía (es decir el alma.Cebes,no está de acuerdo y formula la hipótesis de la reencarnación.El alma es como un hombre que en la vida ha usado muchos abrigos.Todos los abrigos,o sea todas las reencarnaciones, serán menos longevos que su propietario, con excepción del último, que vivirá más que éste.En otras palabras, según Cebes, cuando uno muere,podria tener la desgracia de haber llegado al último turno y de concluir de este modo su vida.Sócrates es de parecer contrario, y sostiene la tesis de la inmortalidad del alma. Todos se acaloran hasta tal punto que Critón se ve obligado a intervenir para reconvenir al maestro.
-El carcelero, Sócrates, te recomienda hablar lo menos posible. Afirma que, si te acaloras demasiado, el veneno no hará mucho efecto en tu cuerpo y se verá forzado a hacerte beber la poción dos o acaso hasta tres veces.
-Entonces dile que prepare dos o tres porciones,pero ahora, por favor, que nos deje hablar.Tras lo cual se vuelve a los discípulos y vuelve a discutir sobre el alma.
-Sólo los malvados pueden desear que después de la muerte no haya nada, y es lógico que piensen así,porque es lo que les interesa. Yo, en cambio, estoy seguro de que vagarán angustiados por el Tártaro y que sólo quien ha transcurrido la vida de modo honesto y con templanza será admitido a ver la Verdadera Tierra .
-¿Qué quieres decir, Sócrates, con la expresión «Verdadera Tierra»? -pregunta Simias, un tanto perplejo.
-Estoy persuadido -responde Sócrates- de que la Tierra es esférica. No tiene necesidad de apoyo para permanecer donde está, porque, encontrándose en el centro del Universo, no tendría dónde caer. Además, estoy convencido de que es mucho más vasta de lo que parece y que nosotros, conociendo sólo la parte que va del Fasis a las columnas de Hércules: somos como hormigas o ranas que viven alrededor de un pequeño estanque. Los hombres están convencidos de que habitan la parte más elevada de la Tierra, pero en cambio se encuentran en una cavidad de la misma, del mismo modo que quien, viviendo en un abismo marino,confunde la superficie del mar por la cúpula celeste.
-¿Quién dice esto? -pregunta con sensatez Simias.
Sócrates ignora la interrupción y prosigue:
-Inversamente, en la profundidad de la Tierra está ese gran abismo que Homero y muchos otros poetas han denominado Tártaro. Aquí confluyen todos los ríos y de aquí vuelven a a fluir todos ellos.De éstos hay que recordar cuatro: el rio Océano , el Aqueronte , el Aquerusíada , el Piriflegetonte y el Cocito ¿Crees de veras lo que has dicho, Sócrates? -vuelve a la carga Simias.
-Tal vez no es propio de un hombre sensato creer en ello, pero en compensación procura un gran bienestar interior.
Precisamente en este momento aparece un esclavo en el umbral:tiene en sus manos un recipiente de mármol con la cicuta por moler.
-El destino me llama -dice Sócrates poniéndose en pie.
-¿Tienes alguna orden que darnos? -murmura Critón, intentando ocultar su desesperación-. ¿Cómo quieres que te sepulten?
-Como mejor os parezca, siempre que consigáis atraparme y no me escape de vuestras manos -responde riendo Sócrates-. Pero, a fin de cuentas,mi buen Critón, ¿cómo puedo convencerte de que Sócrates soy sólo yo, el que ahora está conversando contigo,y no ese que dentro de poco verás convertido en cadáver en este camastro?
El tiempo apremia. Se hace entrar para los últimos saludos a Jantipa, Mirto y los tres niños. Sócrates los abraza afectuosamente y después los invita a salir.Apolodoro no consigue ya retener sus lágrimas. Entra de nuevo el enviado de los Once.
-Oh, Sócrates -dice el carcelero-, ciertamente no tendré quejas de ti, como me ha ocurrido con otros que, antes de morir, han injuriado a Atenas y me han maldecido con toda su alma. Durante tu reclusión he tenido posibilidad de conocerte y puedo muy bien decir que eres la persona más buena y más bondadosa de todas las que han pasado por este lugar. Apenas pronunciadas estas palabras, el mozo de los once estalla en llanto y sale de la celda. Sócrates se encuentra algo incómodo: ya no sabe qué decir; después, para romper el clima de conmoción que se ha creado, se dirige a Critón y lo invita a que haga entrar al esclavo con la cicuta.
-¿Por qué tanta prisa, querido amigo? El sol todavía no se ha puesto -protesta Critón-. Sé de condenados que han esperado el último rayo para beber el de otros que se han decidido a dar el paso extremo sólo despues de haber comido hasta saciarse y haber hecho el amor con una mujer elegida para la ocasión.
-Es natural que nos comportemos así, cuando consideramos ventajoso retardar el momento de la muerte -rebate Sócrates-. Pero es natural que yo haga exactamente lo contrario, ya que manifestando un excesivo apego a la vida, resultaría patético y desmentiría en un solo instante todo lo que siempre he predicado.Entra el hombre con la taza de veneno.
-Buen hombre -dice Sócrates-, tú que entiendes de estas cosas, ¿qué hay que hacer en tales circunstancias?
-Nada más que beber y caminar arriba y abajo por la habitación -responde el esclavo-. Después,cuando empieces a sentir que las piernas te flaquean, tiéndete en el camastro y verás que la pócima actua por sí sola.
-¿Crees que con una bebida de tal clase se pueda hacer un brindis a algún dios? -pregunta Sócrates.
-De eso nosotros no nos ocupamos: nos limitamos a moler la dosis suficiente. Diciendo esto, el esclavo entrega el veneno a Sócrates,quien,sin vacilación alguna,lo apura de un trago.Un gesto imprevisto, definitivo,que sobrecoge a todos los presentes, incluso a los que hasta ese momento habían conseguido contener las lágrimas. Critón, desesperado, se levanta y sale de la celda. Apolodoro,que ya de antes tenía las mejillas surcadas por el llanto,se pone a sollozar desesperadamente. Fedón llora con el rostro entre las manos. El pobre Sócrates no sabe qué hacer: va de uno a otro,intentando ofrecer algún consuelo a todos.Corre tras Critón y lo hace volver a la celda, acaricia los cabellos de Apolodoro, abraza a Fedón y enjuga las lágrimas de Esquines. -Pero….¿qué es esto? ¿Qué os pasa? -protesta Sócrates, entre un gesto de consuelo y el siguiente-.He hecho salir a Jantipa precisamente para evitar este tipo de escenas que me disgustan: jamás me habría imaginado que os ibais a comportar peor. Sed valientes y conservad la serenidad, amigos, como convìene a los filósofos y a los hombres justos. Ante estas palabras, los discípulos se sienten algo avergonzados de haberse dejado llevar por sus emociones y Sócrates aprovecha para pasear arriba y abajo por la celda, como le había aconsejado el esclavo.Después de unos minutos, sintiendo las piernas cada vez más pesadas, se tiende en el camastro y espera con calma el fin.El esclavo le aprieta con fuerza una pierna y le pregunta si advierte la presión de la mano. Sócrates responde que no: el veneno está haciendo su efecto. En estos momentos, también el vientre ha perdido toda sensibilidad.
-Recuerda, Critón, que debemos un gallo a Esculapio -susurra Sócrates-. Devuélveselo de mi parte,no te olvides.
-Lo haré -lo tranquiliza Critón-. ¿Deseas algo más? ¿Tienes algo más que decirme? Pero Sócrates ya no responde.
Días después, los atenienses se arrepienten de haber condenado a Sócrates: cierran en señal de duelo los gimnasios, los teatros y las palestras, destierran a Anito y Licón y condenan a muerte a Meleto. La vida de Sócrates fue absolutamente coherente con su pensamiento. De hecho, no hizo más que buscar la verdad en cada persona con la que logró entrar en contacto: rastreó a los hombres como un perro de caza,los detuvo en las esquinas de las calles, los atormentó a preguntas y los obligó a mirar en su interior, en lo más profundo de su espíritu.Con todo el respeto por la estatura moral del filósofo, estoy convencido de que muchos en Atenas deben de haberlo evitado como la peste. Apenas su figura regordeta aparecía bajo la puerta Sagrada, debía de producirse un desbande general, al grito de «Oilloco,oilloco,fuitavenne». Platón, en el Laques , relata que todo aquel a quien Sócrates se aproximaba y comenzaba a hablar con él cualquiera fuese el tema de la conversación, no podía ya marchar sin antes haber dado cuenta de «sí» y Diógenes Laercio agrega que muchas veces «sus interlocutores, para poder librarse de él, la emprendian a golpes de puño y le arrancaban los cabellos».Con toda probabilidad, de joven había empezado también él a estudiar la naturaleza y las estrellas, tal como acostumbraban hacer todos aquellos que se ocupaban de filosofía; luego, un buen día, advirtió que la física no le importaba en absoluto y concentró entonces toda su atención en el problema del conocimiento y de la ética.A quien le proponía un viaje con fines instructivos, o tal vez incluso una excursión al campo,le respondia con una sonrisa: «¿Pero qué pueden enseñarme a mí los árboles y el campo, cuando la ciudad pone a mi disposición todos los hombres que quiero y todos ellos tan instructivos?».
Para sintetizar al máximo el pensamiento de Sócrates, os presentamos a continuación tres temas socráticos:la mayeutica,lo universal y el dáimon.
LA MAYEUTICA:Cuando Sócrates dice «sé que no sé»,no niega la existencia de la verdad (como habian hecho los sofistas), sino que invita a su búsqueda. Es como si dijera: «Guagliù»,la verdad existe, aunque yo no la conozco; pero, como no puedo crer que uno que la ha conocido no la tome en consideración, pienso que es indispensable alcanzar el «conocimiento».Sólo así, en efecto, podremos saber con seguridad de qué parte está el Bien.
Procuremos ahora describir la mente humana como se la debe de haber imaginado Sócrates: en el medio,un enorme montón de maleza y debajo de él, bien escondida,la verdad,es decir la justa valoración de los comportamientos, el «sentido de las cosas». ¿Qué hacer,se pregunta Sócrates, para llegar al conocimiento? Ante todo, liberarse de la maleza y después extraer la verdad. Para la primera fase, que podríamos llamar operación «limpieza» o «para destruens» para los amantes del latín,Sócrates se vale de la ironía . Nadie supera la maestría de Sócrates en este arte. Manifestando la más absoluta ignorancia y candidez, finge siempre querer aprender de su interlocutor:le solicita continuas precisìones y por fin lo pone frente a sus propias contradicciones. La maleza de la que hablábamos antes es, efectivamente, el conjunto de los prejuicios, de los falsos ideales y de las supersticiones que ocupan nuestra mente. Una vez liberado el campo de estas escorias, es preciso sacar a la luz el verdadero conocimiento y es aquí donde interviene la mayeútica . Sócrates, en el Teeteto, acordándose de su madre, nos da una descripción: «Mi trabajo de partero se asemeja en todo al de las comadronas, sólo que ellas actúan sobre las mujeres y yo sobre los hombres, ellas sobre los cuerpos y yo sobre las almas». Sócrates no se presenta como depositario de una «verdad suya»;a lo sumo ayuda a los otros a buscarla en sí mismos, «ya que -dice él- soy esteril de sabiduría, y por eso el dios (Apolo) me obligó a ejercer de partero, prohibiéndome al mismo tiempo engendrar». Resulta claro que, para ejercer la Mayéutica, Sócrates necesita el diálogo, es decir improvisar su discurso según los estímulos que le ofrece su interlocutor.Ningún escrito,dice él,podría tener una eficacia comparable, incluso porque » no sabiendo nada, ¿qué habría podido escribir? » Sócrates, por otra parte,desconfiaba absolutamente de la escritura, como resulta de la fábula que Platón le hace narrar en el Fedro. Siempre he sospechado que Sócrates, como Jesús por otra parte, no sabía leer ni escribir. El hecho de que Diógenes Laercio diga que escribió una fábula del tipo de las de Esopo no significa absolutamente nada: podría haberla dictado a un escriba. A quien objeta que un hombre inteligente como Sócrates no podía no haber aprendido a escribir, le respondo que aún hoy hay millones de personas inteligentísimas que no han aprendido todavía a usar la computadora, pese a que no se requiere más de una semana para ponerse al corriente del proceso de textos. La verdad es que por aquellos tiempos eran muy pocos los que sabían leer y escribir: Plutarco cuenta que un ateniense, siendo analfabeto, para grabar el nombre de Aristides en los óstraka , se dirigió precisamente a él. A la pregunta de Arístides sobre si conocía al hombre al que quería mandar al exilio, el ciudadano respondió que no lo conocía, pero que ya estaba harto de oir decir a todos que era un hombre justo; ante lo cual Arístides escribió su nombre en las listas y no agregó nada más.
LO UNIVERSAL:En los diálogos platónicos, Sócrates acostumbra solicitar a sus interlocutores la definición de un valor moral, y por regla general ellos responden citando un ejemplo particular. Ante esto, Sócrates se muestra insatisfecho e insiste para obtener una definición más Universal .Por lo que al DÁIMON se refiere existen múltiples relatos acerca del fámoso Dáimon de Sócrates.Uno de ellos se encuentra en un escrito de Plutarco que lleva justamente el título de El dáimon de Sócrates .
¿Cuál os parece la verdadera naturaleza del dáimon de Sócrates? En la antigüedad se decía que se trataba de un simple estornudo: según algunos,cunado Sócrates sentía que un estornudo provenía de la derecha o de la izquierda, de adelante o de atrás, tomaba una u otra decisión. Por lo que hace a los estornudos mismos, todo dependía de cuándo le venían las ganas, si en movimiento o en estado de reposo: en el primer caso se detenía, y en el segundo proseguía en lo que estaba por hacer. Esto es lo que dicen los testimonios,aunque, en verdad, no creo en absoluto que un hombre como Sócrates pueda haberse dejado guiar por semejantes tonterías.
Aparte de las habladurías,lo que si es cierto es que el mismo Sócrates, durante el proceso, declara poseer un Dáimon que lo aconsejaba en los momentos difíciles.»Es como una voz que tengo en mi interior desde niño, y que, cada vez que se deja oír, lo hace siempre para disuadirme de hacer algo, nunca para hacerme actuar.En particular,me desaconseja que me ocupe depolítica».
Las interpretaciones del Dáimon son innumerables:pasan del espíritu guia al angel de la guarda, a la conciencia crítica,al sexto sentido,a la intuición, etcétera.Mi opinión es que se trata de una broma de Sócrates,que éste había querido reservar para no verse obligado a tener que explicar cada una de sus decisiones.
Luciano Crescenzo.Historia de la filosofía Griega.Segunda parte.Pags.7-45)

 

 

Fuente: www.paginasobrefilosofia.com

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