Vaclav Havel sobre el Totalitarismo

“La estructura de este mundo está constituida por valores que están ahí continuamente y, de algún modo, desde siempre, antes de que hablemos de ellos, los escrutemos y los convirtamos en el objeto de nuestros interrogantes. Recibe su coherencia interna de un
postulado dado de manera «pre-especulativa», esto es, que su buena marcha y su misma posibilidad dependen de la existencia de algo que excede su horizonte, del hecho de que este mundo es excedido y dominado por una dimensión que, rebelde a
nuestra aprehensión y a nuestra manipulación, le proporciona por esa misma razón una
base sólida, de donde recibe orden y medida, fuente de todas las reglas y costumbres, de todos los mandatos y prohibiciones, de todas las normas que en él son obligatorias. Por su misma esencia, el mundo natural contiene el postulado del absoluto que lo funda y delimita, que lo espiritualiza y dirige, postulado sin el cual sería impensable, absurdo y superfluo, y que no podemos más que respetar en silencio; toda tentación de despreciarlo, toda tentativa para someterlo, incluso para reemplazarlo por otra cosa,
está comprendida en los límites de ese mundo como una manifestación de orgullo que el hombre debe siempre expiar duramente, como en el caso de Don Juan o de Fausto».

LA AUTOCRACIA Es la dominación total de un poder hipertrofiado, impersonal, anónimamente burocrático, un poder que todavía no ha perdido toda conciencia, pero que espera ya al margen de toda conciencia; un poder mantenido por la omnipresencia de una ficción ideológica capaz de legitimar no importa qué, sin preocuparse jamás de la verdad; un poder que universaliza el control, la represión y el miedo; un poder que
estataliza y, por tanto, deshumaniza el pensamiento, la moral y la intimidad; un poder que no es ya, desde hace tiempo, asunto de un pequeño grupo de dirigentes despóticos, sino que acapara y avala a todos y cada uno, para que todos y cada uno participen en él de una manera o de otra, aunque no sea más que con un silencio; un poder que, propiamente hablando, nadie ostenta, pues, al contrario, es él el que se ha apoderado de todos; es un monstruo que los hombres son impotentes de dirigir, que les arrastra hacia un horror desconocido movido por un propio automatismo objetivo
(es decir, emancipado de todos los criterios humanos, incluida la razón
humana. Y, por tanto, completamente irracional)

La respuesta se desprende de lo que ya he dicho. Me parece que todos -vivamos en el Oeste o en el Este- tenemos una tarea fundamental que cumplir, una tarea de la que derivará todo el resto. Esta tarea consiste en hacer frente al autoritarismo irracional del poder anónimo, impersonal e inhumano de las ideologías, de los sistemas, de los
aparatos, de las burocracias, de las lenguas artificiales y de las consignas políticas;
en resistir a cada paso y por todas partes, con vigilancia, prudencia y atención, pero también con un compromiso total; en defendernos de las presiones complejas y alienantes que ejerce el poder, ya tomen la forma del consenso, de la publicidad, de la represión, de la técnica o de un lenguaje vaciado de sentido (lenguaje que corre peligro de fanatismo y alimenta el pensamiento totalitario); en tomar nuestros criterios del mundo natural sin preocuparnos de las burlas a las que nos expongamos, y en reivindicar de nuevo para ese mundo el significado decisivo que se le deniega; en
respetar con la humildad de los sabios sus fronteras y el misterio que se sitúa más
allá de su horizonte; en reconocer que hay en el orden de ser algo que supera de modo manifiesto todas nuestras competencias; en remitirnos de nuestro ser, horizonte que -aunque no queramos- nos hace descubrir y experimentar nuestro ser siempre de nuevo; en fundar nuestra acción sobre nuestras experiencias, nuestros criterios y nuestros
imperativos personalmente garantizados, sometidos a una reflexión libre de toda
idea preconcebida o censura ideológica; en confiar en la voz de nuestra conciencia más que en todas las especulaciones abstractas y en no inventar otra responsabilidad fuera de aquella a la que esta oz nos llama; en no avergonzarnos de ser capaces de amor, de amistad, de solidaridad, de compasión y de tolerancia, sino, al contrario, reclamar de su exilio en la esfera privada estas dimensiones fundamentales de nuestra humanidad y
acogerlas como los únicos puntos de partida dé una comunidad humana llena de
sentido; en dejarnos guiar por nuestra propia razón y servir en todo momento a la verdad como experiencia esencial.

Los sistemas totalitarios contemporáneos representan la vanguardia del
poder impersonal que arrastra al mundo cada vez más adelante
en su camino irracional, camino bordeado de campos devastados y de rampas de
lanzamiento.
No se puede renunciar a verlos ni hacer su apología, ni capitular ante ellos, ni hacerles el juego asimilándose así a ellos. Tengo la convicción de que el mejor modo de resistirlos es someterlos a un estudio imparcial y sacar de allí la lección, resistirlos por la alteridad radical que nace de nuestra lucha constante con el mal que esos sistemas
encarnan bajo una forma extraña, pero que existe por doquier, que está presente también en cada uno de nosotros. Si este mal corre peligro, no es por los
misiles dirigidos contra uno u otro Estado. Lo más peligroso para él es su negación
fundamental de la estructura misma de la sociedad contemporánea; de la vuelta del hombre a sí mismo y a su responsabilidad para con el mundo; de una nueva comprensión de los derechos del hombre y su reivindicación perseverante; de la resistencia a toda manifestación de poder impersonal que le sitúa al margen del bien y del mal, la resistencia siempre y en
todas partes, cualesquiera que sean la astucia y las manipulaciones a las que ese
poder recurre para disimularse, incluso si llega a invocar, por ejemplo, la necesidad de defenderse contra los regímenes totalitarios.

El mejor modo de resistir al totalitarismo es, pura y simplemente, extirparlo de nuestra alma, de nuestro propio ambiente, de nuestro propio país, expulsarlo del hombre contemporáneo. El mejor modo de ayudar a quienes sufren bajo los regímenes totalitarios es hacer frente, en el mundo entero, al mal en que este sistema consiste, allí de donde sale su fuerza para emerger como vanguardia. Si se elimina este mal del
que él es la van guardia, su punta de lanza se encontrará sin apoyo. La renovación de la responsabilidad humana es el dique más natural que puede levantarse contra
cada irresponsabilidad. Si el potencial intelectual y tecnológico del mundo desarrollado se difunde verdaderamente de modo responsable -y no sólo en función de intereses egoístas y de ventajas materiales- se hará imposible su transformación irresponsable en armas devastadoras. Sea lo que fuere, actuar sobre las causas tiene mucho más sentido que reaccionar simplemente ante las consecuencias; pues de ordinario no se puede reaccionar más que por medio del mismo orden, es decir, también inmorales. Seguir este camino significa propagar todavía más en el mundo el mal de la irresponsabilidad y producir así el veneno mismo que alimenta al totalitarismo

Soy partidario de una política apolítica. De una política que no es ni una
tecnología del poder y una manipulación de éste, ni una organización de
la humanidad por medios cibernéticos, ni un arte de la utilidad, del artificio y de la intriga. La política, tal como la entiendo, es una de las maneras de buscar y lograr un sentido en la vida; una de las maneras de proteger y de servir a este sentido; es la política como moral actuante, como servicio a la verdad, como preocupación por el prójimo, preocupación esencialmente humana, regulada por criterios humanos. Es ésa, sin duda alguna, una concepción muy poco práctica en el mundo actual y difícilmente
aplicable a la vida cotidiana. Sin embargo, no conozco una solución mejor.

Sin embargo -y creo que es ésta una experiencia fundamental y de una importancia general-, es manifiesto que un solo hombre en apariencia desarmado, pero que se atreve a gritar bien alto una palabra que reivindica, que sostiene esta palabra con toda su persona y su vida, y que está dispuesto a pagarlo muy caro, posee, por sorprendente
que pueda parecer y aunque formalmente esté desprovisto de derechos, un poder más grande que aquel del que disponen en otras condiciones millares de electores anónimos. Se comprueba que incluso en el mundo contemporáneo -aun en el arrecife donde sopla el viento más violento- se puede oponer la experiencia personal y el mundo natural al poder inocente y desvelar la culpabilidad de éste, como lo ha hecho el autor del Archipiélago Gulag».

VACLAV HAVEL

A lo largo de 2002, el presidente checo se refirió en varias ocasiones
a los «sacrificios» que requieren la salvaguardia de «los valores de la libertad y
la civilización», los cuales, según él, han de ser defendidos «con las
armas, si es necesario».

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