Desempleado…

por

Javier Alejandro Aguilar
Twitter: @colotucumano

 

Trabajaba como empleado de seguridad en una empresa privada. Una fuerte crisis en el país produjo miles de despidos, y en la última tanda no fui la excepción. Lamentablemente por razones de dinero tuve que rescindir el contrato de alquiler del departamento céntrico, y regresar a la vieja casilla ubicada en el peor barrio de Tucumán; volví a La Bombilla. Es una situación traumática retornar a tu hogar a los cuarenta y cinco años con una mano atrás y otra adelante. Volver después de quince años y tropezar con los recuerdos de tus viejos que ahora ya no están. Volver al lugar al que juré que nunca más regresaría. Promesa que le hice a mi madre.

Al tiempo conseguí una changa de sereno, apenas me alcanzaba para comer.

Es muy difícil dormir en este barrio cuando tus oídos perdieron la costumbre de los sonidos de tiroteos, frenadas de autos y sirenas de la Policía o ambulancia.

Las propuestas para realizar trabajos sucios aquí nunca se pierden. La diferencia es que ahora acepté. Recibí de mis viejos amigos una muy buena propuesta económica. El Brujo y el pelado Malmierca manejan el narcomenudeo en una parte de La Bombilla y también en el barrio Manantial Sur. Me convencieron para que trabajara para ellos, me aseguraron que solo iba a custodiarlos, que no me iba a enredar en ninguno de sus negocios y que iba a triplicar el sueldo que obtenía de sereno. Era una propuesta generosa. Buscaban gente de confianza, nos conocemos de toda la vida, nada más que ellos tomaron un rumbo y yo otro.

Decidí, finalmente, aceptar, arriesgarme a ingresar a un campo desconocido. ¿Era necesario a estas alturas de mi vida? Fui tentado por los placeres, comodidades y mujeres…

El contrato verbal de trabajo se rompió muy rápido. A los dos meses  de mi nuevo empleo empecé a realizar otras funciones: fui a entregar merca. También un sábado, con el pelado Malmierca, reventamos una casa en Yerba Buena. No fue nada fácil esa situación, era mi primera vez. Debo confesarlo que me gustó. La adrenalina en ese momento invade tu cuerpo. Esa noche me había convertido en un delincuente, algo que mil veces le prometí a mamá que nunca sería.

De a poco avancé algunos escalones, me dieron el espacio y lo aproveché. Le propuse salir a robar en auto. Debo confesarlo que me sentía el número tres de la banda. Ese fue un gran error, pensar eso, creer que por unas intervenciones iba ser uno de los líderes mafiosos.

Fue muy poco el tiempo que transcurrió cuando empecé a drogarme, a desvelarme con prostitutas, a beber alcohol… estaba totalmente descarrilado.

El otro día me levanté, me fumé dos porros. Y tomé la peor decisión de mi vida: decidí salir a espaldas del Brujo. Me puse el pasamontañas, el arma cargada en la cintura y me fui en la moto. Otro error: salir solo. Pasé el semáforo en rojo y me detuve en la parada de colectivo de la calle Alberti y avenida Belgrano; me bajé, dejé encendida la moto, me levanté la remera, mostré el arma (como no entendieron el mensaje), la saqué y le apunté. Había dos mujeres de cuarenta años más o menos. Me entregaron la cartera y también el celular. Pasó algo inesperado: fui sorprendido por la más alta y robusta. Ella también, sin mediar palabras, me lanzó una patada a la mano que sostenía el arma. (notó mi paupérrimo estado y la morocha se la jugó), es obvio que practicaba Karate o algo parecido, porque la patada fue de una ligereza y precisión extraordinaria. El arma cayó a varios metros. La mujer se cuadró y me lanzó una trompada, la otra cuarentona aprovechó para salir disparando. El puño impactó en mi pecho y me hizo retroceder unos pasos. Pensé: «a esta la hago mierda». Decidí ir en busca del arma, la morocha aprovechó para huir, se dio cuenta del error que cometió. Cada segundo que pasaba estaba más sacado. Tomé el arma y disparé. Otro error: alertar a todos de mi presencia. Le apunté a la morocha, por suerte no alcancé el blanco. Guardé el arma, me subí a la Enduro y me puse en marcha. Me olvidé las carteras, lo noté en la esquina, regresé, subí la vereda y escuché la sirena de la Policía muy cerca, recogí el botín. En cinco minutos ya estaba en mi casa, en la humilde casilla donde había vivido con mis padres, y que ahora se había convertido en un aguantadero. Escondí la moto en el fondo. Prendí otro faso[i]. Puse las carteras sobre la mesa y las abrí: nada de valor. Pinturas, espejito, tijera, toallitas con ala, una agenda, varias lapiceras, un manojo de llaves, un perfume berreta[ii] y en la cartera de la karateca había un paquete perfumado, me causó intriga, ese perfume era fino, un tiempo yo lo usé, era carísimo. Abrí el regalo intrigado, había una hoja doblada en cuatro y un anillo de plata. Leí la carta. La karateca tenía un amante.

Una de las billeteras tenía trescientos pesos y la otra, ochenta y cinco pesos, una mierda. Hice un reverendo lío por casi cuatrocientos mangos[iii]. Me di cuenta que no tenía la experiencia en este rubro y eso trae consecuencias.

La cana pasó más tarde por la puerta de mi casa. Los vecinos mudos. Esa noche me cayeron El Brujo y el pelado Malmierca, ya no me trataron como mis viejos amigos, ni mucho menos como socio. Me encerraron en el baño y me molieron a palos. Esa noche entendí cómo se pagan los errores en este laburo.

Desde ese error todo cambió, no puedo hacer un movimiento sin el consentimiento del Brujo. Me voy a escapar, conseguí cuidar una finca en Santiago del Estero.

Al quinto día tuve la última visita sorpresa, otra vez El Brujo y el Pelado Malmierca. Yo estaba haciendo el bolso, en una hora salía el micro a Santiago.

―Buenas, buenas… ¿qué hacemos? ¿adónde vamos?…

El Brujo me apuntaba con el fierro.

―¿Qué pasa, Brujo, por qué me apuntás?… estoy acomodando la ropa, tengo que llevarla a lavar.

―No me mientás, no papá. No te vas a ir a ningún lado. No vas a entrar y salir cuando a vos se te ocurra. Te mandaste una cagada grosa de salir a afanar solo, mirá si te agarraban, ibas a vomitar todo.

―Brujo, escúchame, me di cuenta que no soy para esto, quiero otro tipo de laburo, déjame que despegue. Te dejo la casilla, si querés…me voy y no aparezco más.

―Mirá vos, era verdad lo que me dijeron, entonces. Así que te ibas a escapar. No, compadre, aquí nadie hace la plata y después se va como si nada. Conocés todas mis jugadas, cómo sé que no me vas a entregar. Si la otra vez te di dos patadas y ya querés renunciar, mirá si te agarra la cana, te da dos chirlos y vas a cantar todo. Pensaba que eras más duro.

―Imposible Brujo, te conozco de toda la vida, es más, estoy agradecido porque me diste una mano. Pero ahora ya no me banco esto.

―Lo hubieras pensado antes, bien que te gustó disfrutar de la guitita… y ahora que tenés un buen dinero te la querés tomar, ¡no soy ningún boludo hijo de puta!

―Me equivoqué, Brujo, no es lo mío.

El Brujo estaba muy alterado, me quedé inmóvil, otra cosa no podía hacer:

―Te voy a preguntar la última vez, ¿te vas o te quedás?

―Para, ¿qué vas a hacerme?…

―Nadie se va de mi lado sin alguna marca, para que sepan que con El Brujo no se juega, entendés boludito.

Me apuntó primero la pierna izquierda y disparó, luego siguió con la derecha. Ahí apareció el pelado Malmierca, los otros me agarraron, y él sacó la punta, me arrancó un pedazo de lengua.

Después de un largo tiempo de estar internado,  quedé postrado a una silla de ruedas. Ahora me convertí en el lisiado que implora por unas monedas en los semáforos de la Av. Ejercito del Norte y Av. Belgrano. Desde esa última visita del Brujo, sigo desempleado.

[i] Sinónimo de cigarrillo, puede ser de marihuana o de tabaco indistintamente
[ii] De baja calidad, falso, falsificado, no original
[iii] Sinónimo de dinero

 

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