LO QUE PASA CUANDO NO PASA NADA

por

-Roger Vilain-
Twitter: @rvilain1

Junto con otros pilluelos el fútbol entró en mí a cortísima edad. Y las películas de Tarzán, La Pandillita o los animados del lagarto Juancho. En aquellos días la escuela  era el equivalente a atravesar una dimensión desconocida, aburrida e inquietante las más de las veces, hasta que la diversión y la aventura me tragaban de un bocado al terminar el día de clases. Entonces me transformaba en Maradona, luchaba contra leones o panteras y terminaba hipnotizado por las comiquitas de Hanna-Barbera.

Los libros, elementos que casi todo adulto afirma que son buenos para la infancia -como si la infancia fuese la etapa que más los necesita y hasta ahí, después si te he visto no me acuerdo- tenían conmigo una relación más o menos tangencial. Estaban ahí, los miraba de reojo, a veces los olisqueaba, frunciendo el ceño cada vez que la maestra de Lenguaje abría la boca para recomendarlos.

Fue a través de los suplementos que cada lunes llegaban a los quioscos -Kalimán, Arandú, Martín Valiente, Águila Solitaria- que mi amistad con ellos se afianzó al cabo del tiempo. El placer, el puro placer de hallar historias que literalmente me echaban fuera de este mundo sirvió de anzuelo, de trampa mortal, de aproximación a un universo que dejó de ser paralelo y terminó por convertirse en parte viva de mi cotidianidad. Desde esos primeros momentos y hasta hoy mi estímulo, mi fuente de atracción y mi devoción por meterme hasta el pescuezo en las aguas de la literatura ha sido el hedonismo mondo y lirondo, la búsqueda inacabable del éxtasis, de una forma de diversión que no hallé jamás en ámbitos distintos.

Todo esto ocurría en la lejana primaria. Después, recuerdo con alegría otros descubrimientos. Ya en el bachillerato tuve enfrente a contados profesores capaces de reflejar su pasión por el hecho literario. Dillys Perdomo, por ejemplo, una guapa profesora de Castellano que en el caluroso salón de primer año “A” leía a viva voz para nosotros. No tengo la menor idea de qué sucedía en las mentes de mis compañeros, pero en esos momentos, cuando la voz de la hermosa Dillys fluía entre lo erótico y lo celestial, yo volaba, salía de mi cuerpo e invadía Troya en pos de Helena, navegaba con Odiseo, reventaba de risa escuchando a Aquiles Nazoa, temblaba con Poe, y así. Y algún tiempo después, en el entrañable Instituto San Antonio, Carmelo Degrazia enseñaba Psicología y alguna otra materia. Fue entonces cuando lo conocí.

Jamás tuve la fortuna de que fuese mi profesor, pero aún puedo sentir la pared fría del inmenso ventanal sobre el que me apoyaba para escuchar parte de sus disertaciones a los muchachos de cuarto, mientras  mis cinco minutos de receso entre una clase  y otra se esfumaban con la rapidez del trueno. La psicología me importaba un rábano, pero Carmelo hablaba de libros, de muchos libros que recomendaba como si fuesen las cosas más sabrosas de este mundo. Yo creí lo que decía y, como pude comprobar después, resultaron siéndolo.

Carmelo Degrazia, desde esos días amigo hasta el presente, para rematar como rematan los buenos toreros llevaba siempre un libro encima: uno entre las manos, en el maletín, en el asiento del carro, en la calle, en el liceo o en la panadería de sus padres. Yo lo observaba, me llamaba la atención que cada vez que lo encontraba aquí o allá un libraco y él formaran una dupla -o mejor, una unidad- indestructible. Observaba con curiosidad de gato cómo leía y, algo que resultó impactante, cómo subrayaba las páginas y apuntaba qué sé yo qué diablos en las márgenes, dejando entrever que resaltar de esa manera equivalía a atrapar lo mejor de las ideas para que no escaparan, para que estuvieran siempre al alcance de la mano. A partir de esos instantes por imitación aprendí a hacerlo y muchas veces hoy, cuando me descubro rasguñando mis propios textos, recuerdo al profesor  haciendo de las suyas frente a la hoja impresa.

Una vez decidí acercarme y hablé, es decir, le comenté con timidez de ese tal Freud, nombre que le había escuchado mencionar varias veces mientras me asomaba a los retazos de sus clases. Y le conté además de alguna historia, de algún título, de ciertas obras que habían pasado por mis manos. Entonces se abrió una puerta, pude entrar y fui bien recibido por aquel señor que me trataba como adulto, permitiéndome decir disparates, ocurrencias, opiniones que yo creía interesantes y que para un imberbe de trece años suponen el non plus ultra de la galaxia y sus alrededores. Pude preguntar, pude expresarme y pude pensar con libertad. Me sentí incluido, claro, y además retado.

Enseguida me hice asiduo de la panadería Central, allá en la Upata de los ochenta, y cuando mi madre casi al anochecer me encargaba la compra de charcutería y otras cuestiones, aprovechaba para colarme en la lectura de mi amigo y plantear conversa a propósito de temas o personajes literarios, lo cual consumía los diez minutos arrancados al tiempo preciso para llegar  a casa con la mercancía. Carmelo llegó a prestarme, en un alarde de confianza en mí que me elevaba a las nubes, textos con la condición de devolverlos sanos, salvos y leídos, y me atendió luego cuando por fin me atreví a emitir juicio sobre lo que había encontrado en ellos. Llegué a sentir que opinar, que emitir ideas, que leer y traducir en función de tu mundo el fondo de lo leído valía algo y era de veras importante. Con él y con su hermano Américo, junto con otros amigos de la época, llegamos a realizar tertulias encendidas, auténticas veladas en torno a la literatura, la política o el cine que ahora, tantos años después, recuerdo con idéntica emoción a la que llegué a sentir sólo por pertenecer a semejante cofradía.

Lo que pasa cuando no pasa nada es de lo más sencillo. Esta semana he visto un debate televisado acerca de la muerte del libro, la muerte del autor y otras zarandajas parecidas y alguien asomó, sin que le temblara un pelo del cuero cabelludo, que enseñar a leer e insuflar amor por la literatura es difícil, es requetedifícil y para ello recomendó aplicar la teoría lingüística de fulano y los postulados psicosomáticos  -o como demonios se diga- de mengano. Fulano y mengano pueden ser muy respetables y qué maravilla de teorías, pero me dije hay que ver, los años que han pasado y  tengo la certeza de que para muchos los libros y los niños continúan siendo compartimentos estancos, agua y aceite, refracción mutua hasta los huesos, cuando la clave pasa por la risa, cuando el gancho exige divertirse para torcerle el cuello al tedio e incitar al más sublime de los encuentros amorosos.

Lo que pasa cuando no pasa nada es el desierto, el embuste de asociar los buenos libros y el placer de abrirlos con un erial, con algo parecido a un interminable bostezo. Y así vamos. Leer como una actividad muerta cuyos cadáveres apestan ahí, en esos anaqueles fúnebres llamados bibliotecas.

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