Federico García Lorca y Rafael Cadenas

por

Mariano Nava Contreras
Twitter: @MarianoNava

Si muero, dejad el balcón abierto…

 

A veces nos cuesta entender que una vida puede convertirse en un símbolo. Creemos que símbolos son solo aquellas cosas que hacemos ex profeso para que signifiquen, y no podemos comprender que haya cosas que para nosotros van cobrando significado sin que lo hayamos decidido, sin que siquiera lo hayamos querido así.

Federico García Lorca, para no ser menos que otros predestinados, nació un 5 de junio de 1898 sin que nada nos hiciera sospechar de su destino. Nació de un rico propietario de cultivos de tabaco y de la maestra del pequeño pueblo, casi una aldea, de Fuentevaqueros, en plena Vega de Granada, que en la Vega entonces se daban tabacos y muy buenos. Sin embargo, ya de muy joven comenzaron a darse pequeños prodigios que decían que algo no andaba bien con el señorito. Las viejas contaban que le daba por salir de madrugada a mirar la luna, que a veces volvía a casa sin zapatos porque se los regalaba a los mendigos y, lo más inaceptable, que le gustaba andar por ahí con gitanos. Todas estas historias fueron ganándole fama de raro, al punto de que en Fuentevaqueros comenzaron a llamarlo “el santo”.

Con tales credenciales, no hará falta decir que, desde luego, Federico fue un pésimo alumno en la Escuela de Derecho, cuando se fue a vivir toda la familia a Granada para que él fuera un gran abogado. Por los barrotes de los ventanales de la Facultad, entre los bostezos de la mañana huía de las fórmulas y los latinajos y salía volando sobre los arrayanes de la Plaza de la Trinidad, se elevaba por la Calle Mesones, subía por la Fuente de las Batallas y el Paseo del Salón y más allá, por la corriente mansa del Genil que baja de la Sierra Nevada. Nadie sabía dónde era que estaba en realidad Federico cuando cabeceaba mientras los condiscípulos leían atentos el Digesto y las Doce Tablas.

Claro que Federico nunca fue abogado. Muchos años después fue que nos enteramos de que cuando salía volando por los ventanales de las aulas era porque iba a verse con Doña Rosita la Soltera, con Bernarda Alba y con Antoñito el Camborio, porque estaba amando a la Casada Infiel, porque había ido a ver las blancas rodillas del Arcángel Gabriel de la Iglesia de Santa Ana en Plaza Nueva, porque estaba tocando “Los cuatro muleros” en su piano de la Huerta de San Vicente, porque había ido a tomarse un carajillo en su pequeña mesa del Rinconcillo, porque estaba escribiendo unos poemas en Galicia, o porque andaba deprimido, pensando suicidarse lanzándose al río Hudson, o porque simplemente estaba bailando un bolero bien apretadito con una jinetera allá en La Habana.

Tuvo que pasar mucho tiempo para que supiéramos que cuando Federico no estaba en clase memorizando los Preceptos de Ulpiano era porque estaba volando por el cielo clarísimo de Granada en invierno, porque pensaba pasarse la noche de farra con los gitanos de Sacromonte después de ver el crepúsculo por los olivares de la Bola de Oro, porque andaba errante por los caminos polvorientos de Castilla con la gente de La Barraca, o porque se estaba tapando los ojos para no ver la cogida de Ignacio Sánchez Mejía.

El día que estalló la guerra los amigos le dijeron que huyera a Portugal, pero él no les hizo caso y resolvió hacer, como siempre, lo que le vino en gana. La noche que lo mataron no había estrellas, por eso no se sabe bien si fue junto a un barranco o a una acequia, si fue bajo un olivo, un pino o un alcornoque. Nadie sabe dónde lo enterraron a él ni a su amigo, el maestro de Pulianas. Nadie el lugar de Alfacar, al pie de la Sierra, donde quedaron sus huesos. Da igual. Lo que sí se sabe es que a Federico lo mató la guerra, la sinrazón y el fanatismo. Que lo mató todo lo que es contrario a la poesía. Lo que sí sabemos muy bien es que un poeta fusilado en la noche se convierte en símbolo, así no lo queramos.

La mañana de un martes de 2014 nos trajo la noticia de que a Rafael Cadenas le habían concedido el Premio García Lorca de Poesía. La obra de una de las mayores voces latinoamericanas de nuestro tiempo, nombre principalísimo de las letras venezolanas, se vio reconocida con el nombre del poeta andaluz cuya vida es símbolo de libertad, cuya muerte representa todo lo absurdo de la guerra, la tiranía y la violencia. También Cadenas sabe bastante de prisión y exilio por causas políticas. Su poesía ha sabido iluminar en los oscuros y violentos días que nos han tocado vivir, y le ha merecido muchos otros premios, aunque no todos signifiquen lo mismo. Merecido en cualquier momento, el Premio García Lorca al mayor poeta de Venezuela tuvo y tiene un especial significado para los que creemos en los poderes de la poesía y el influjo sanador de la palabra sobre la sinrazón, la noche y la barbarie.

 

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