ALGUNAS LIBRERÍAS

por

Roger Vilain

-Roger Vilain-
Twitter: @rvilain1

    Cuando niño tuve la certeza de que ciertos lugares entrañaban magia. Llegué a jurar que en ellos la realidad volaba en mil pedazos. Entonces se abría paso algo distinto, ve tú a saber cómo o por qué, lleno de hechizo y de enigmas, especie de ámbito que te cubría de pie a cabeza y cuyas motivaciones eran inexplicables, lo que te importaba un rábano.

    Tales lugares eran las librerías, término intercambiable con lo que antes y después alguien llamó papelerías, heterogéneas muestras de particulares convivencias entre artículos de oficina, cuadernos escolares, peluches, gorras, tarjetas de cumpleaños o joyas de fantasía, así como la Ilíada, el Mío Cid y los libros de Rómulo Gallegos, todo entremezclado con Rayuela más Paulo Coelho, pongo por caso. Ahí, en semejantes recintos, di los primeros pasos en función de la literatura y fue en aquellos lejanos tiempos cuando irrumpió una sensación que todavía hoy no me abandona: la de que en ellos vive el misterio en estado puro, de que entre esas paredes la cotidianidad se trastoca para mejor porque la curiosidad se exalta, los descubrimientos afloran y, en fin, la felicidad acaba por ganar kilates.

    Papelerías, pues varias en un pueblo de no demasiados habitantes. Pero en especial tres: la de don Carlos, cuyo nombre daba por sentado apego y gratitud: Librería Upata. La Librería Cultura, donde corrí a buscar lunes a lunes, como un muerto de hambre de aventuras, cada número de Kalimán, y la librería del renco Vera, personaje literario si los hay, de malas pulgas todos los minutos del día, quien en la calle Miranda, dirección norte al salir de casa y apenas a dos cuadras, tenía el local más lleno de sorpresas que un imberbe de diez años pudiera  imaginar.

    La última de las mencionadas llegó  a ser la más peculiar y la menos definible. Lo primero porque al poner un pie en ella los viejos anaqueles, las telarañas, el olor a tinta y la semioscuridad producían una atmósfera de irrealidad, de fantasmagoría, que te atrapaba por entero. Lo segundo, debido a que tal puesta en escena le otorgaba todo menos la certeza de una papelería, mucho menos de una librería o de cosa parecida.

    Funcionaba allí una viejísima imprenta. Nada más al entrar podías ver paquetes de facturas apilados, listos para entregarlos a sus dueños, y podías ver afiches comerciales o cajas de almanaques, con mujeres desnudas o en bikinis ilustrando los meses del año, también a punto para ser recogidos. Sellos de caucho, revistas antiguas y nuevas, lápices, gomas de borrar o mapas de Venezuela y el mundo. Hallabas ejemplares amarillentos, casi desvencijados, obras de Julio Verne, Jack London, Herman Melville, Víctor Hugo, y en contraste una serie de libros muy bien preservados que me parecían el colmo de lo hermoso, todos de la editorial Seix Barral. La librería del renco Vera era eso, caldo de cultivo para la imaginación donde lo oculto daba la impresión de que al minuto siguiente emergería y en la que el silencio, como mano de seda que acaricia una y otra vez, dejaba el mundo al filo de la navaja. Vaya manera de interesarme por la literatura y los libros.

    Lo cierto es que con algún amigo -Fayad, Jhonny, kinen, Mayed, Jean Claude- darse una vuelta por las entrañas de semejantes lugarejos equivalía a recorrer los siete mares. ¿Cuál era el embrujo que los envolvía? ¿Por qué acercarse, entrar y deambular por sus espacios te hacía vivir una historia, digamos, novelesca? ¿Qué personajes de cuentos, de sagas, de obras ya leídas, de relatos de Mark Twain o de Salgari albergaban sus paredes?

    Como decía arriba, aún hoy vivo algo parecido cuando me echo en brazos de una librería. No de cualquiera, por supuesto, pero sí de algunas que jamás han dejado de estar donde me encuentre. Quizás cabe el espíritu de una realidad dentro de otra, es decir, la literatura, con sus vericuetos, mentiras verdaderas e intrigas haciendo de las suyas, metida de cabeza en el universo cuadriculado que nos coge a diario por el cuello. La verdad es que, sea como sea, se trata de sensaciones cargadas de embeleso, encantamiento y hallazgos. Lo literario ganando por knockout, tirándote a la lona sin que nunca pueda salvarte la campana. Y en buena hora, claro, en muy buena hora.

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