NAVIDAD

POR

Roger Vilain

-Roger Vilain-
X: @rvilain1

   En el Sweet and Coffee de la calle 12 suelo ver pasar la vida. Con un macchiato, el libro en turno, un buen tabaco y un vaso de agua, si tengo algo de paciencia cualquier tarde arroja saldos más que positivos. 

    Cuando a uno le da por rasguñar papel en blanco es preciso desenfundar el arma tan rápido como las circunstancias lo exigen. O disparas con solvencia o dile adiós a la presa. En esas andaba, olfateando aquí y allá, hasta que la liebre gritó buenas, por esta esquina asomo las orejas. Y de verdad las asomó. Levanté mucho las cejas, caminé a paso de pantera, afiné el oído como nunca, mientras en la mesa contigua ocurría algo digamos que como en The woman in the window.

    Me vino a la cabeza la historia de Dickens, la de Navidad, por el estallido de cuanto tenía enfrente. La recordé con nitidez, más notoriamente que en otras ocasiones, vale decir cada diciembre cuando sentado en mi sillón cojo el ejemplar, empiezo a leerlo y me pierdo entre sus hojas para caer de golpe en la casa de la infancia, en el día a día de aquellos años. Pura nostalgia, como ves.

    La época navideña procura de hecho estas hazañas. O las procura para mí, ve tú a saber. Lo cierto es que la masa blanda atragantada entre el escudo que nos ponemos por fuera y la naturaleza única del mes que transcurre, se expone al aire sin más, lo cual pinta de colores -rojos y verdes y amarillos muy brillantes- esos lugares por donde transitamos.

    Veo al hombre en la mesa, un hombre solitario. Tendrá setenta años, barba rala, sombrero Panamá. Como suele ocurrir en situaciones parecidas, imagino cómo puede ser su vida, apelo a ciertos elementos, traigo a cuento haceres o deshaceres que podrían darle carnadura al fantasma que tengo justo ahí. Es un viudo que rumia su tristeza en este café a las cuatro de la tarde. Es quizá el abuelo que se toma un descanso luego de la compra de regalos. Es un sencillo jubilado cuya rutina diaria abraza un té antes de continuar la marcha. Es, qué duda cabe, alguien que espera a su mujer mientras ella da cuenta de un faltante en la lista del supermercado. 

    Es todo eso y es más, de modo que mi fantasía tiende a crecer, a expandirse como un gas, hasta que aterrizo sin apenas darme cuenta porque ella, la chica de la barra, se acerca a la terraza con la orden entre manos.

    Clava los ojos como un buitre, no llega a dar las gracias, no esgrime el más mínimo gesto. Un muñeco de granito resultaría más expresivo. Masculla algo entre dientes y rechaza con cara de bulldog todo el condumio mientras exige café con más espuma, galletas menos pasadas por el horno, agua mineral y no del chorro. Hay en el bulldog vapores de arrogancia entremezclados con emanaciones de soberbia, de prepotencia nauseabunda, de repugnante intención de vilipendio.

    Entonces aparece Dickens. El señor Scrooge a un palmo de mi sitio. Juro por todos los dioses que jamás antes contemplé escenificación tan viva del relato del inglés. Scrooge y el arquetipo que lleva entre las tripas arrastrando sus cadenas cada diciembre, antes y después. Lo tengo frente a mí, lo exploro de arriba abajo y no me queda duda: “Oh, pero era un viejo pecador, que apretaba, exprimía, retorcía,  apresaba y codiciaba… Duro y afilado como un pedernal del que ningún acero ha arrancado nunca un fuego generoso; secreto, reservado y solitario como una ostra”.

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