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LA REBELIÓN DE MI SARTÉN por -Roger Vilain- X: @rvilain1 #Cultura

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LA REBELIÓN DE MI SARTÉN

POR

Roger Vilain

-Roger Vilain-
X: @rvilain1

Nunca me pasó por las meninges: tenían razón los budistas, de modo que aquí me tienes, sorprendido, lelo, con la mandíbula pegada al piso, qué se le va a hacer.

Zoilo Galarza, amigo como pocos, respondió que sí, que tal cual, que era esperable y que ya lo suponía. Zoilo Galarza se echaba en brazos del mindfulness tres veces por semana y nadie lo desviaba de sus planes, que yo apenas concebía pero no nos distraigamos porque esto lo de menos.

Alguna vez me dio por seguirle la corriente y casi llegué a vislumbrar el objetivo de su hacer. Que Zoilo Galarza fuese como era hizo que frunciera el ceño, que me rascara la cabeza, pero ni modo, dejémoslo hasta aquí de nuevo porque mira tú, esto también es lo de menos. Así o asao, en aquellos años di mi mayor esfuerzo. Le seguí la corriente, comentaba arriba, por lo que fui a las librerías, escudriñé los anaqueles de autoayuda, ausculté -como un médico a insólitos pacientes- los estantes de New Age, pero al pan pan y al vino vino, es decir, poco encontré, poco encajé, exigua diana bibliográfica atiné con las flechas de mis intenciones.

Hasta que algo por fin hizo click. Si en el budismo zen la experiencia es el clavo y tú eres el martillo -deja para después el intelecto, concéntrate en cada vivencia, aparta la razón de aquí- tuve la fortuna, el feliz atrevimiento de lanzarme, sin afán de comprensión, en aguas de los hechos, de cuanto fluye y fluye, de eso que los pomposos dieron en llamar la empírea.

En medio de la novedad, Zoilo Galarza estuvo conmigo en las malas -casi siempre- y en las buenas -una tarde en la cocina-. De Zoilo Galarza, experto en mindfulness como sostuve ya, cabe hacer las alabanzas de rigor y digo más: todo elogio, no les quepa duda, siempre será poco. Dicho esto, prosigamos. Ahí estaba yo, entre incrédulo, dubitativo y dispuesto. Cuando casi mandé al diablo la simplicidad, la atención, la presencia plena exigidas por la técnica que desarrollaba, el fulgor se hizo presente. Todo está conectado, fue lo primero que percibí en aquel estado de semiconsciencia. Allá, en mi cocina, el acto de ser -perdonen el feo academicismo- irrumpió de a poco, desde mis adentros, como indicaron los que saben, hacia afuera, hacia el mundo. Quién lo hubiera imaginado.

Mi cocina ha sido siempre un universo paralelo. Ahí entro a fumar, a pellizcar de incógnito un trozo de pastel entre el silencio apenas roto por el rugir de la nevera y la quietud abarcadora que me engulle por completo. En mi cocina doy con el sosiego, bicho incapaz de aflorar en otros sitios, con la serenidad, nunca mejor dicho, por lo que la iluminación llegó en abrazo con ciertos utensilios. Así, de la nevera contemplé el feliz acuerdo con su realidad. Enfriar la leche, conservar la sopa o el arroz de ayer, nada más a tono con su naturaleza. Y de la sartén… de la sartén surgieron mil y una protestas, realidad incontestable luego de transparentarse su interior. Calentar estaba bien, dar calor no generaba inconveniente. Pero la llama insufrible para un gélido nuggets, para una cándida langosta, eso sí que no. Andaba harta de achicharrar aquí y allá. ¿Por qué llenarme de impurezas? ¿Por qué acercarme a lo promiscuo, a la transformación de un plátano crudo, pongo por caso, en cosa tostada, artificial? ¿Por qué cargarme de residuos ígneos cuyo denominador es la basura?

Zoilo Galarza respondió que sí, que tal cual, que era esperable y que ya lo suponía. No faltaba más. En aquellos años le seguí la corriente y ahora me ves, iluminado de pe a pa con mi cocina, que es mi templo, siempre lista y siempre a punto, parecida a los Scouts. Nunca fui capaz de adivinarlo.

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