HORIZONTE

POR

Roger Vilain

-Roger Vilain-
X: @rvilain1

    Desde hace bastante el enigma de las plantas de interior me intriga sin remedio. Como soy de piñón fijo, es decir, para el que cada cosa ocupa su lugar y si no el mundo se viene con todo abajo, las plantas de interior me comen el cerebro.

    Vamos a ver. Cuando me toca cocinar para que mi mujer vea la tevé en paz, transformo la cocina en un laboratorio. Ahí tienen que estar la pesa eléctrica, el cilindro graduado, la batidora a punto, un cuchillo Santoku, un termómetro digital, pinzas de emplatado y el procesador de alimentos. Así cojo al Dios correspondiente por las barbas, de modo que el resultado va a coincidir justo con lo que pretendo. Llámame controlador, tozudo o lo que se te ocurra. Es mi modo y es el mejor modo.

    La otra vez, comiendo en la Dolce Vita, Ana pidió raviolis y yo carne de res. Se me pararon los pelos al leer strogonof en el menú. ¿Quién ha dicho que el plato se escribe así? ¿Dónde está la f faltante, la doble f al final del exquisito plato? Habíamos comenzado mal. Por si lo anterior fuese poco, la salsa, a base de crema de leche -llevada a un punto de acidez que debe sentirse muy equilibrado-, mostaza Dijon y caldo de res en generosa cantidad, coqueteó con el desastre. Noté en el acto los muchos desvaríos: leche sin hervir por cuarenta segundos exactos, caldo sin limpieza de impurezas, etcétera, etcétera, etcétera.

    O todo resulta como debe ser o todo acaba en los estercoleros. Y para lo primero, ahí se perfecciona el método, la técnica, el modo o la manera. Escoge tú. Aclaro por si acaso que cuando digo perfecciona es que digo perfecciona, así que no me vengas con cuentos. Haces tus cosas a pie de guion, perfectas de cabo a rabo, o vete con el fallo a otros linderos.

    Mi esposa se ríe a escondidas y mis hijos la imitan alegres, lo digo sin complejos. No pasa nada, renuncio a los aprendizajes que sobre tales cuestiones busqué acercarlos y todos tan contentos. Pero lo que soy yo, he practicado, he llevado hasta sus últimas consecuencias el noble arte del perfeccionismo y mírenme ahora, laboratorio en la cocina, strogonoff con doble efe, mostaza Dijon sí o sí y mil maravillas por el estilo.

    Hasta que se atravesó el misterio de las plantas de interior. Junto a otros gustos que cultivo con esmero, las plantas en la sala, en la oficina y en el estudio de un tiempo para acá absorben más de la cuenta mi atención. He desterrado la pésima costumbre de regarlas en exceso. Practico la prueba del dedo, introduciendo el índice uno o dos centímetros en tierra para verificar humedad. Riego, pues, cuando la tierra está seca y hago lo contrario si el caso lo demanda. Regulo el drenaje de los recipientes -con tres, quizás cuatro agujeros en sus bases-. Todas las semanas giro cada una de mis plantas con un cuarto de vuelta muy precisa y me aseguro de que la luz incida tal como debe incidir. Limpio y mantengo, elimino el polvo de las hojas, quito las podridas, evito cualquier estrés en ellas.

    Sumo y sigo: compré un luxómetro para medir el flujo luminoso y hace poco me llegó de Manchester el medidor de PAR, o sea, de radiación fotosintéticamente activa, que las ayuda a hacer mejor la fotosíntesis. Y nada de nada. Nada en absoluto. Todas muertas, bien requetemuertas.

    Entonces observé, puse atención, acumulé horas de insomnio. Mis plantas de interior terminaban marchitas por una razón simple. El enigma, luego de enormes quebraderos de cabeza, voló por fin en mil pedazos. Cada una de mis plantas se marchitó por estar lejos de las ventanas. Es que querían, nunca llegó a pasarme por los sesos, buena vista al horizonte.

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