José Antonio Abreu tocó las notas que forjan futuro

Por ALY LA RIVA

 

 

El maestro desde muy pequeño se apasionó por las artes y trazó su futuro a partir de la música. La política y la economía también jugaron un papel fundamental para su formación como profesional íntegro.

“No recuerdo un solo instante de mi vida sin la presencia de la música”. Así de difícil era para José Antonio Abreu mencionar un punto de partida, no hallaba en su memoria una fecha o un momento que marcaran el inicio de su pasión por la música. Para él, fue desde siempre.

Delgado, calvo y con lentes bifocales, el maestro Abreu enseñó a creer. Con la fundación del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, en 1975, se convirtió en inspiración para quienes pensaban que la vida estaba más llena de limitaciones que de oportunidades.

A través de lo que hoy se conoce en todo el mundo como El Sistema –que permite que todo niño y joven, sin distinción, tenga acceso al aprendizaje de la música– garantizó un mejor futuro para quienes nacen con desventajas sociales.

“El aprendizaje de un instrumento musical les abre un camino luminoso, les ennoblece y dignifica (…) Llena de orgullo a su familia, a su barrio y a sí mismos al poder representar con dignidad a su país en cualquier parte del mundo”, dijo el hombre nacido en Valera, estado Trujillo, el 7 de mayo de 1939.

Abreu, que desde muy pequeño se fue a vivir a Barquisimeto con sus padres y hermanos, regresó a los 6 años de edad a su estado natal cuando sus padres lo enviaron a la casa de sus abuelos, en Monte Carmelo, como medida de precaución mientras uno de sus hermanos sufría de tos ferina.

En casa de sus abuelos aprendió de música, adquirió el hábito de la lectura y se apasionó por los montajes de ópera y teatro. Su abuelo Antonio Anselmi Berti fue el que fundó la primera banda del estado Trujillo. Quizá fue a partir de allí –haciendo conjeturas– cuando le hizo un primer guiño a lo que se convirtió en su vocación y profesión.

Al regresar a Barquisimeto, a los 7 años de edad, estaba decidido a estudiar música. Su papá, Melpómene Abreu Méndez, y su madre, Ailie Anselmi Garbatti, que también tenían esa vocación, estimularon a su hijo a seguir su camino. Valió la pena: hoy es recordado como el fundador de más de 800 orquestas y casi 400 coros venezolanos.

Dos años después, a los 9 años de edad, inició sus estudios de música con la pianista Doralisa de Medina, en Barquisimeto, estado Lara.

Disfrutó conjugar su aprendizaje musical con sus estudios de primaria en el Colegio La Salle y en el Grupo Escolar Costa Rica. Y a pesar de la aparente incompatibilidad entre la música y las matemáticas, logró crear esa armonía. Estudió bachillerato en el liceo Lisandro Alvarado de Barquisimeto y lo finalizó en Caracas, en el Colegio San Ignacio.

Estudió Economía en la Universidad Católica Andrés Bello porque asumió que para labrar su posición económica debía tener una carrera universitaria. Obtuvo el título en 1961, mención summa cum laude. Después, impartió esa cátedra en varias universidades del país hasta 1970.

Su dedicación a la Economía no le impidió perfeccionar sus estudios en la Escuela Superior de Música José Ángel Lamas, bajo la dirección de Vicente Emilio Sojo, Moisés Moleiro y Evencio Castellanos. En 1962 se convirtió en profesor ejecutante de piano y en 1964, de órgano y clavecín, además de maestro compositor.

El desempeño profesional como economista lo llevó a ser delegado de Venezuela ante la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio, pero en paralelo dedicaba tiempo al otro papel que asumió en su vida: la política.

Durante el período 1963-1969 fue diputado al Congreso Nacional y dirigente del FND. Además, ejerció el cargo de director de Planificación en Cordiplan y asesor en el Consejo de Economía Nacional.

Mientras dictaba clases de Economía en la UCAB e incursionaba en la política, ganó en 1966 el Premio Nacional de Música por su obra Cantata sinfónica.

“No creo que lo político influya o determine en modo alguno mi manera de ser como artista. Para mí la música es, a la vez, motor y catalizador”, decía Abreu.

En 1973 el economista, diputado, profesor universitario, compositor y concertista de piano, órgano y clavecín tuvo un problema de salud. Fue operado en el abdomen y tuvo una larga convalecencia de un año. Ese tiempo lo dedicó a hacer cursos de posgrado en Estados Unidos, así como a conocer la evolución de la música en ese país y otras naciones, además de la dinámica de trabajo de las orquestas y los coros.

Fue en ese período cuando tuvo la idea de fundar una orquesta de niños y jóvenes. Al regresar al país, en 1974, se propuso hacer ese proyecto realidad. Así nació la Orquesta Nacional Juvenil de Venezuela, el 12 de febrero de 1975.

Como parte de su experiencia política, Abreu también se desempeñó entre 1989 y 1994 como ministro de Cultura y presidente del Consejo Nacional de la Cultura.

En 1994, por unanimidad, el Consejo Interamericano de Música de la OEA lo designó miembro principal de ese máximo organismo internacional. A partir de allí, más reconocimientos nacionales e internacionales se sumaron a su trayectoria. Entre los más recientes figuran el Premio Príncipe de Asturias de las Artes el 21 de mayo de 2008. Ese mismo año recibió el Premio Glenn Gould en Canadá, el Premio Internacional Puccini en Italia, fue miembro honorario de la Royal Philharmonic Society en el Reino Unido y de la Sociedad de la Beethoven-Haus en Alemania. Un año después, el 12 de mayo de 2009, la Real Academia Sueca de Música le otorgó el Premio de Música Polar y recibió el Premio Cristal del Foro Económico Mundial. El 7 de octubre de 2010 fue galardonado con el Premio Erasmus.

El maestro Abreu, que disfrutaba cada detalle de las melodías y analizaba sus matices, tenía una “clasificación” para la música clásica. Consideraba que la de Vivaldi era vitalista, la de Bach para despertar y emprender, y la de Mozart para cualquier momento del día. Probablemente ahora y eternamente escuchará la de Wagner, para descansar.

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