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PROBLEMAS DE TUBERÍAS por -Roger Vilain- @rvilain1 #Cultura

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PROBLEMAS DE TUBERÍAS

por

Roger Vilain

-Roger Vilain-
Twitter: @rvilain1

    El otro día pensaba en el lenguaje y sus misterios. Entonces imaginé la belleza construida a base de palabras. Un texto escrito, por ejemplo. Literario, para más señas. Menuda maravilla que hojalateros del idioma ofrecen a quienes puedan admirarla.

    Y de seguidas me pasó por la cabeza el vivo retrato de una cañería. Las cañerías del lenguaje como máquina perfecta a la hora de producir ideas. Ideas labradas a punta de párrafos, signos de puntuación, en fin, música creada en un pentagrama de tubos, tuercas, uniones rematadas con teflón, llaves de paso y demás piezas cuyos nombres ve tú a saber cuáles serán.

    Lo cierto es que ante esa maraña de relaciones metálicas, frente a tal enjambre de conductos vislumbré de golpe cierta realidad que aplasta: ahí el idioma cobra vida, permite hacer lo que con él se hace a partir del buen juicio, del sentido común, de la sapiencia y la creatividad de los usuarios. Una telaraña por la que circulan adverbios, pronombres, oraciones yuxtapuestas o subordinadas, verbos, complementos directos, adjetivos, artefacto que entre deseos e intenciones, habilidades o talentos, millones de hablantes utilizan para bien o para mal dándole forma o haciéndolo volar por los aires mientras, como diría Homero, es expulsado del cerco de los dientes para afuera.

    Si un caño se resquebraja, si las junturas terminan oxidadas, si ciertas roscas de unión fallan, pues nada, se filtran y desparraman términos, se cuela el barro y fluye entremezclado con sintagmas, perífrasis o interjecciones, verdad que percibes de inmediato al abrir el grifo y contemplar tamaña cochinada. Irrumpen cosas raras, disparates, incoherencias discursivas a diestra y siniestra con gazapos añadidos de lo más inquietantes. Hubiéranos, haiga, “les comparto” -éste nunca dejará de aparecer gozoso- , aperturar o estábanos, pongo por caso. Te darás cuenta horrorizado cómo una preposición se empoza -ahí salta feliz un dequeísta-  para obsequiar chirridos, desastres sin parangón, inundaciones en la sala, en las habitaciones, goteras de adjetivos, y así.

    Entonces el lenguaje inclusivo, no faltaba más. Ése que pretende meter a la fuerza lo que de antemano estaba acomodado y bien considerado emerge justo a la mitad de un tubo subterráneo, entre la poceta y el bidé. Allí se acumula grasa, pelos, uñas, restos de jabón, papel tualé, amén de mil innombrables porquerías, solidificadas al pasar el tiempo. Como entenderás, la única solución es retirar la cubierta del desagüe, introducir guayas, limpiar, limpiar a fondo hasta que corran destapados puntos y comas y diptongos, hasta que brille la diferencia entre gramática y machismo, lo que para nada aceptará  quien brinca de felicidad cuando pronuncia: “amigos y amigas, queridos y queridas, los invito y las invito a ver una película pero no olviden llevar todos y todas plata para compartir, juntos y juntas, golosinas y refrescos”. Olvídate, no funcionará. Tampoco  va a servir echar agua caliente, con vinagre o con bicarbonato, y menos que remenos lanzar chorros de lejía, Diablo Rojo o Pepsi Cola.

    Es que la cañería del lenguaje tiene sus particulares recovecos, claro está, pero tampoco el asunto es para fabricar horrores. Si se rompe una manguera o se producen filtraciones, digamos, que galicados contaminando el fregadero o estuviéranos y hubieron empapando la alfombra de la sala, tranquilos, de cosas peores ha salido bien el mundo -verbigracia, lenguaje incluso nuevamente-, así que manos a la obra porque para cada problemilla habrá un fontanero preparado. Por supuesto, medidas profilácticas adicionales siempre caerán de lo mejor, no sea que el atolladero continúe y luego el mal nos coja a todos por el cuello. Legía, agua hirviendo, no digo que no, pero también un diccionario, las obras de García Márquez, de Huidobro o de Montejo, a ver qué les parece. Hasta Marcial Lafuente Estefanía, que todo vale. En fin, un baño de libros, de literatura por los cuatro costados. Eso que dieron en llamar cultura, dime tú si no.

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