DISCURSOS, REALIDAD Y DISPARATES

por

Roger Vilain

-Roger Vilain-
Twitter: @rvilain1

I

    A lo largo del año 2015 escribí una columna de opinión semanal para el diario El Universal, de Venezuela. En ella traté lo humano y lo divino, aparte del tema político, que por supuesto estuvo presente -sin mayores inconvenientes- las veces que lo consideré necesario. Sin embargo, un artículo fue censurado por los policías del pensamiento. Las razones para excluirlo resultaron más que obvias: el ejercicio de un periodismo cobardón y complaciente por parte de un diario que llegó a ser ejemplo de valentía y ética en su misión crítica y de contrapeso frente al poder. De inmediato acabé mi labor como articulista en esas páginas. Creo que los motivos del suceso  cobran vigencia permanente -más aún en el contexto de una Venezuela en plena dictadura- de modo que retomo aquel escrito como testimonio de unos hechos que engordaron con el tiempo, se apalancaron a sus anchas y, salvo excepciones, avergüenzan hoy hasta la náusea.  

II

    El lenguaje es un bosque y ahí habita el espíritu de mil cosas. Las palabras son frutos, pulpa y carne, jugo semántico que nos toca exprimir para darle sentido a la experiencia. Hoy en día la debacle lingüística no se asienta, por ejemplo, en el reducido número de términos que cualquiera usa para comunicarse. No es verdad que la mediocridad en la lengua deriva, pongamos por caso, del poco sex appeal que medio mundo percibe en los libros o en un texto cualquiera, qué va, la cuestión supone el peliagudo hecho del vacío de contenidos, o su tergiversación impune: las palabras desinfladas en su quehacer significativo, convertidas nada menos que en su antítesis por obra y gracia de una torcedura que pareciera llegar para quedarse. Botón de muestra: “El ejercicio de la libertad es incompatible con cualquier tipo de presión o amenaza. Nadie en lo personal está facultado para determinar si el derecho a la libre expresión está bien usado o no lo está. Para esa calificación están los tribunales de la república. Ninguna otra autoridad, al menos así ocurre en este país, puede pronunciarse sobre materia tan complicada y difícil (…) Nada hay que defina mejor la condición en sí de un régimen político, que su actitud frente a la prensa. Si ésta es perseguida, amordazada, silenciada, será un régimen tiránico y despótico”.

    Lo anterior no es un discurso de Capriles ni dicción rimbombante en político con micrófono y tarima. Tamaña verdad tampoco es retórica sutil de algún escuálido fascista, vende patria, imperialista o contratado por la CÍA. En lo absoluto. Lo anterior, lanza una carcajada o vete de vareta aquí mismo, escribe Jesús Sanoja Hernández que son palabras de José Vicente Rangel. Exacto, ese mismo, tal cual. Superchavista de uña en el rabo y pelo en pecho, anda, recoge tu quijada del suelo. ¿Qué no?, ¿que qué diablos es eso? ¿que si te estoy tomando el pelo? ¿que cómo va a ser? Pues siendo. Búscalo y léelo en Simón Jurado Blanco: Medidas de alta policía o el “avepismo en la prensa”. New York, Prineo Press, INC, 1960, p. 40, recogido por Sanoja Hernández en Entre golpes y revoluciones, Tomo II, Caracas: Debate, 2007, p.56.

    Es que cuando una verdad única se mete entre ceja y ceja lo demás es ruido y pocas nueces. Desde hace mucho yo, lo que voy siendo yo, desprecio tal certeza por la razón sencilla de que semejantes cantos de sirenas, verdades impolutas, totales e inamovibles nos automatizan, falsifican la realidad, esa madeja contradictoria, dinámica, resbaladiza en la que me gusta chapotear. Ahí queda tallado en mármol de Carrara el parrafito de Rangel, hombre cuya verdad fue una sola, ya la sabemos, mientras lo demás, el amplio abanico de convicciones, concepciones y cosmovisiones del mundo en que vivimos simplemente no existió.

    En nombre del socialismo se han cometido y se cometen injusticias, abusos, crímenes cuyos ejemplos los tienes ahí, sin ir muy lejos, en la Venezuela del chavismo como pesadilla o en el mar de una felicidad con pies de estiércol -la Cuba de los hermanitos Castro-. ¿Y qué sucede?, que el convencido por lo general se aferra con uñas, patadas y dientes a su convencimiento. La palabra socialismo, fíjate, ¿qué significa en el presente?, ¿qué diablos cruza las neuronas de un creyente aplaudidor de Nicolás Maduro cuando la política se ha trocado en religión?, ¿qué relámpago de misticismo lo atraviesa en estos tiempos de descreimiento, de cambalache al más puro estilo de Discépolo? ¿Hablamos del socialismo cubano, del escandinavo, del vietnamita, del soviético, del francés, nicaragüense o español? ¿Hablamos del bellamente suscrito por la “República Popular Democrática de Corea” (¡nada menos que Corea del Norte!) o el de la “República Federal Democrática de Nepal” o el de la “Gran República Árabe Libia Popular y Socialista” o el de la inocente “República Democrática Popular Lao? Saco de gatos por donde lo mires.

    El gobierno de la Venezuela hecha añicos, indigestado con supercherías, ahíto de crímenes de cualquier estofa, obvia la lección política que ofrece nuestro entorno. La realidad, el día a día, que dictaminan sobre la falibilidad o no del mandato ideológico. En Latinoamérica, y por supuesto en Venezuela, quienes se han entregado a convicciones desmentidas por esa cosa aplastante obsequiada por lo empírico, superadas por la historia, pateadas por los hechos mondos y lirondos, acaban entregados al dogma religioso trocado en política, máquina de triturar huesos endebles: nada menos que la ideología a secas. Tal es el modelo típico de esquematismo, terquedad, visión unidimensional que encarna la triste y peligrosa feligresía al amparo de revoluciones de cartón.

    Buena parte de la izquierda venezolana fue capaz de entregarse, de cerrar los ojos, de convalidar sin vergüenza a un militar que les ofreció el Edén ahí mismo, a la vuelta de la esquina, coartada perfecta para otra vez, como si los relojes no dejaran a su paso la osamenta molida del desbarajuste humano, abjurar en la práctica de la democracia, por burguesa y demás babosadas similares, y rendirse a colectivismos que en mala hora sembraron de fracasos, sangre y miseria a los pueblos firmantes de cheques en blanco.  Mala cosa, muy mala cosa. Habrá que recoger los vidrios rotos.

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