LO NORMAL

por

Roger Vilain

-Roger Vilain-
Twitter: @rvilain1

Uno mira alrededor y las buenas intenciones saltan como conejos. El señor de la esquina desea un gran día para ti, el del almacén aconseja la mejor compra, y quien te vende el seguro de vida cierra el trato y dice tranquilo, hombre, sonríe, lo usarán cuando llegues a los cien.

Así y todo, bajo la alfombra yace el polvo que debe permanecer oculto. Pienso en esos bichos que compiten con las buenas intenciones: ciertas zancadillas, múltiples máscaras sonrientes. El mundo en el que chapoteamos lleva en las entrañas de lo uno y de lo otro en proporciones más o menos equivalentes.

Si te pones a ver, los humanos tenemos mucho de cañería, de tuercas de una pulgada, de llaves para permitir o no el flujo del agua y de herrajes como los que dormitan en el tanque del urinario. Entre un individuo que se define medianamente instalado en la realidad que nos engulle -uno a quien llamamos normal- y la tubería enmarañada del lavabo, cabe el universo en un milímetro. Y está muy bien, claro, siempre y cuando las cosas funcionen como han venido traqueteando hasta el presente.

Traquetear hasta el presente pasa por ser normal y ser normal implica andarse por ahí saturado de buenas intenciones en libre competencia con los mencionados bichos corriendo contra quienes, como tú, son normales por donde metas el ojo. Parece un trabalenguas pero qué se le va a hacer. El día a día está que revienta por realidades semejantes y la normalidad en la comarca es erre con erre cigarro y erre con erre barril. Dime tú si no.

Al releer lo que llevo escrito frunzo el ceño y digo hay que ver, mejor es que las cosas terminen siendo así, tal cual, en esencia porque caso contrario el manicomio será la habitación más próxima, si es que no lo es ya. Vete a saber.

A propósito de tal cuestión, estaba el otro día desocupado, sentado junto a la mesa de la cocina y ahí se hizo la luz. Ni Freud, ni Jung, ni Lacan ni la madre que lo parió fueron nunca así de claros. Es el as del mundo, la clave que te explica y nos explica: los desagües de la conciencia se parecen al desagüe del inodoro. Sirven para estar más cuerdos, o menos desquiciados según se vea, porque filtran excesos que para qué te cuento. Los segundos, de líquidos que están de más. Los primeros, de culpas, manías y otros asuntos de peor ralea.

Quién lo hubiera sospechado, el bicho humano como imagen especular del entramado que da forma a un lavamanos. Después de todo, aunque nuestro lugar identitario en la alegoría que nos convoca carezca de mínima elegancia, no me negarás que a falta de ella chorrea sabiduría por cada uno de sus poros. Imagínate si no, imagínate sin los desagüaderos para tanta porquería que llevas entre ceja y ceja.

Desde que descubrí lo que refiero cuido más el bidé, las roscas de las mangueras, y a diario limpio de pelos y demás elementos innombrables el fondo de la bañera. Porque quién quita, al mantenerlos muy a tono yo mismo me mantengo así también. No me faltan en la despensa dos o tres litros de lejía, varios juegos de palancas para los excusados y jamás de los jamases una llave inglesa, un martillo y un buen rollo de teflón. Créeme que funciona de maravillas: el sueño llega a sus horas, la ansiedad se disipa como un gas, la normalidad sí que me arrulla en brazos. Entonces respiro tranquilo y me digo, ¿qué más podría pedir?

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