SALIR A LA CALLE

por

Roger Vilain

-Roger Vilain-
Twitter: @rvilain1

    Tuve un conocido cuya mayor afición era salir a la calle. No a hacer gestiones como tú o como yo -acercarse a una farmacia, ir al dentista- sino a ver pasar la vida.

    El asunto cuenta a estas alturas porque al hacer las sumas y las restas, según refería este señor, la calle es la mejor escuela. Por implicaturas tipo aquí y ahora, ésas que te obligan a mantenerte en ascuas, a abrir siempre los ojos, a percatarte de cuanto ocurra alrededor porque de lo contrario eres hombre muerto, metafórica o literalmente, y por experiencias mucho menos crematísticas, o sea, debido a que la calle es un barullo de connotaciones místicas, ve tú a saber cómo y por qué.

    Es así como poner un pie en la calle va de la mano con alimentar el espíritu, vislumbrar oquedades llenas de tanto donde cualquiera pasa de largo, o encontrar la luz más allá de los faroles. Salir a la calle, juraba el conocido de marras, equivale a travesías -y aquí arqueaba las cejas, blanqueaba los ojos y ponía mirada de gurú que halló la ruta- que sólo tienen paralelo si se trata del Ganges, del Camino de Santiago o de la Cábala.

    Ver pasar la vida entre el smog y el detritus no es cosa para despachar en tres minutos. Te sientas en tu café predilecto, enciendes el tabaco, pides agua mineral y un macchiato sin azúcar y mira tú, comienza el tránsito esperado. Hojas que caen, nubes que dicen mucho, la señora que gesticula como guía en pleno trance arrellanada en la mesa de enfrente, por ahí la entrevisión descubre ámbitos que no pescarías ni en sueños. De modo que, afirmaba el conocido con una sonrisa en los labios, salir a la calle es bastante más que salir a la calle -vuelve a fruncir el ceño, a mirar desde otra dimensión-. La factura del gas puede esperar, el supermercado abrirá también mañana, la junta de las tres en la oficina cobra menos importancia y hasta el presente, un presente que por lo general te coge por el cuello y te arrastra sin que te puedas rebelar, desaparece.

    Llegó a decirlo con todas sus letras: la calle muestra senderos escondidos y fíjate qué cosas, van a aparecer alguna vez de mil maneras diferentes. Su preferida eran los gatos. Gatos furtivos en las calles, sabios, monjes vagabundos que lo cuentan todo si te tomas la molestia de observar, de contemplar entre bocinas, frituras, oficinistas apurados y luces de neón entre la lluvia. Lo que soy yo, he seguido sus consejos. No me negarás que un conocido que dio por fin con el secreto es alguien para hacer a un lado, para olvidar en un segundo. Gatos en los ventanales, otros hurgando en los desechos para quizás encontrar una sardina. Gatos solitarios en ciertas madrugadas. Sexo trasnochado en los tejados. Gatos, gatos y maullidos a la Luna, gatos al pie de los portales en casonas derruidas, en patios a la caza de alguna lagartija. Gatos cuyo punto de fuga es una calle, el filo de los paredones, la libertad guardada en las pezuñas.

    Repito que lo que soy yo, sigo a diario sus consejos. Aún no hallo la luz pero qué importa. Ahí está la travesía, que ofrecerá sus frutos cuando menos lo espere, cuando llegue incluso sin saberlo al punto clave, al ojo mágico que abrirá todas las puertas. Salgo a la calle, entro al café de costumbre: tabaco, agua mineral, macchiato sin azúcar y ahí comienza todo. Vamos a ver cómo termina.

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