MIRAR POR LA VENTANA

por

Roger Vilain

-Roger Vilain-
Twitter: @rvilain1

    Una ventana es un misterio. Las hay sólo ornamentales, ésas que nada más cubren un hueco en la pared porque fueron concebidas para ser falsas, y hay otras, las de verdad, que llevan aquí y allá un enigma sobre las espaldas.

   Toda ventana que se respete implica una existencia que pone de patitas en la calle cuanto imaginábamos sobre ella. Sin ir muy lejos, es de suponer que sirven para para mirar, lo cual es cierto, pero el asunto trasciende consideración tan práctica habida cuenta de que las ventanas, si bien cumplen con rigurosidad lo anterior, quiebran por completo el hecho simple de tender la vista, de mirar como quien mira la caja de fósforos encima de la mesa o el bolígrafo con el que se rasguñan las ideas.

    A ver si nos entendemos. Mirar por la ventana se da de bruces en primer lugar con el horizonte antojadizo que ella nos pone enfrente, y en segundo, con mirar paisajes que cada quien lleva adentro, de modo que el ojo no cubre sólo lo que el marco impone sino todo lo contrario: ves más allá, esté ante tus narices u oculto en remotos lugarejos.

    Una ventana, pues, exige la conjunción de dos puntos focales. El que se halla afuera y por supuesto el que habita en las entrañas. No me lo vas a creer, pero cada vez que echas un vistazo a través de ella, digamos, para escapar de cuatro paredes, hurgas en el fondo de lo que vas siendo entre otras razones gracias a esa doble entrada -o salida- que ventanas como Dios manda procuran, lo quieras tú o lo rechaces. Mirar por la ventana se transforma en algo más que  mirar por la ventana, y esto es así porque semejante hecho se sube a los hombros connotaciones filosóficas, crípticas e incluso místicas que para qué te cuento.

    Tengo un amigo que cuando quiere hacer introspección se para en la ventana de la sala y listo, se acabó, su yo interior sale a flote y corretea como chiquillo por el césped que el marco le obsequia a manera de horizonte abierto. Y tengo algún conocido que puso a buen recaudo el sabio consejo de Delfos, conócete a ti mismo, así que desde que instaló un sillón frente a la ventana que da al mar, tal infinitud lo arroja al vértigo de sus particulares abismos. Adentro y afuera, qué curioso, son patas de la misma mesa.

    En cuanto a mí, ten por seguro que cada ventana de mi casa deja entrever los alrededores a la vez que permite escudriñar en los adentros como quien se hurga la nariz, lo cual genera beneficios que jamás hubiera sospechado. La ventana del baño, pongo por caso, regala una espléndida panorámica de las montañas a lo lejos y de mis oquedades más profundas -anidan ahí los intestinos, por ejemplo- y la ventana de mi habitación muestra en todo su esplendor un jardincito que en casa cuidamos con esmero, todo a la vez que alumbra las hondonadas del alma. Mirar por la ventana, no me dirás que no, consiste en un ejercicio que trae más frutos apetecibles que dolores de cabeza.

    Para nada es igual, además, mirar por la ventana de un avión que hacerlo por la de un barco en altamar. Tampoco cabe en el mismo saco lo que aparecerá frente a tus ojos cuando miras desde una catedral o lo que se abre paso desde el café de la esquina. Y mucho menos van a coincidir las imágenes encorsetadas por ventanas redondas, cuadradas o rectangulares. La geometría de una ventana es directamente proporcional al paisaje que origina, lo cual supone extrañas relaciones entre forma y espacio que no te compliques, ni te amargues, mejor las dejamos para otro día.

    Ignoro si me comprendes, Méndez, pero a partir de hechos tan innegables he alcanzado cimas y he tocado fondos que no te cabrían en la cabeza. Es cuestión de manos a la obra, de pararte frente a una de ellas y con plena asunción de verdades filosóficas, crípticas e incluso místicas, disfrutar del paisaje mientras te conoces a ti mismo. ¿A que no lo habías imaginado?

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