LA PUERTA
por

-Roger Vilain-
X: @rvilain1
En la pared de fondo del jardín de casa había una puerta desvencijada, sin uso, sin vida. Durante mi infancia y en la adolescencia fue un enigma que me carcomió por dentro.
Han pasado los años y la puerta sigue ahí, con la misma estampa y el mismo candado cubierto de óxido. Cada vez que salgo al jardín por una lechuga o un tomate -soy activista de los huertos familiares- veo la puerta cuyo misterio permanece aún sin revelar. El otro día, mientras ponía agua a los pimentones, se me ocurrió imaginar lo que al abrirla encontraría del otro lado. Me vinieron a la mente varias cosas: un dragón de fauces muy humeantes, un paisaje de montañas y nubes terracota porque en ese instante ya se metía el sol, y por último una playa del Pacífico, especie de edén que me hizo gracia.
De los años infantiles me ha quedado la impresión de que esa puerta no lleva a la avenida Foch, que está justo después, sino que la resolución de su acertijo acaba en algunas obras literarias, las de Lovecraft porgo por caso, las de Poe sin duda alguna. A Partir de semejante convicción mis aprensiones fueron en aumento, es decir, voy al jardín a diario, cómo no, pero donde está la puerta vislumbro hoy un territorio prohibido, algo así como la tierra de nadie en la que sólo merodean los gatos, anidan ciertos pájaros negros y ululan búhos cuando oscurece.
Ya sé que una puerta es una puerta y se acabó, pero no me negarás que la de casa encierra incógnitas como ninguna otra. Cuando ando de ganas me atrevo a acercarme un poco más y entonces el temblor, la interrogante, el sudor frío, señales típicas de que la realidad y la ficción pululan tomadas de las manos. Lo que soy yo lo tengo claro y verás que un día daré en la diana, expondré arcanos develados, degustaré la verdad a flor de piel.
En ocasiones cojo una pequeña silla del rincón de la cocina y me largo de seguidas al jardín. Por supuesto, no para agarrar las hortalizas ni fumigar el limonero sino para contemplar la puerta a una distancia respetable. Entonces pienso en “Las puertas de lo posible”, historia de José María Merino, o en “La puerta condenada”, esa obra maestra de Cortázar, o recuerdo a Gareth Brown en su “Libro de las puertas” y hasta aparece Huxley con “Las puertas de la percepción”, cosa de lo más curiosa. Y ahí me veo, yo quizás dentro de un libro, yo intrigado sin respuestas, yo sentado frente a una puerta carcomida, llena de telarañas.
Apenas ayer, cuando anochecía, he roto el candado. Unos cuantos golpes y la puerta cede al fin. Con la mano izquierda sostengo la manilla y con la derecha empujo entre mil dudas. Cierta pesadez, cierta resistencia pero puedo moverla hasta llegar a abrirla. Un gato se desliza junto a mí, algunos pájaros chillan muy cercanos, el búho canta como debía ser y un bicho humeante se desplaza con pereza, con suma lentitud, como si nada.