GARCÍA LORCA Y RUSIÑOL
POR

-Roger Vilain-
X: @rvilain1
Pedro Pablo Fuentes, amigo muy querido, propone visitar la Sala de Exposiciones Temporales del Museo de Bellas Artes de Granada. La Sala se encuentra nada menos que en el Palacio de Carlos V, dentro del recinto monumental de la Alhambra.
Como no estoy loco ni me interesa parecerlo, acepto de inmediato. La idea es contemplar, entre otras cosas, una muestra pictórica de Santiago Rusiñol, artista polifacético de esa España de la primera mitad del siglo XX, en verdad artista universal más allá de épocas, fechas y otros corsets. Haciendo honor al lugar que nos convoca cuando procuramos encontrarnos para charlar, nos vemos en la fuente de las Batallas. Entonces avanzamos por la avenida de los Reyes Católicos y a la altura de la plaza Nueva subimos por la cuesta de Gomérez, rumbo al bosque de la Alhambra y el recinto amurallado.
De Rusiñol tenía poca información, apenas la que días antes pude rasguñar aquí o allá para no llegar en blanco. A diferencia de lo que me ocurre con una película o un libro, al instante un cuadro me da una estocada en plena cruz o me obsequia una vulgar patada. Lo primero equivale a sucumbir a cierta trampa -la del asombro y la súbita maravilla-; lo segundo, a girar sobre mis pies y larguémonos por un café o una cerveza. Celebro haber caído en el ardid.
La muestra dejó ver una de las especialidades del catalán: jardines llenos de un simbolismo que en mi caso me llevó ipso facto al pueblo donde crecí en la Venezuela profunda de mi infancia. Un simbolismo que echa mano de la nostalgia, de lo perdido sin posibilidades de retorno, de un declive amparado por los tonos ocres, carcomidos, herrumbrosos, envejecidos no sólo por el tiempo sino también por el olvido, por la ausencia de lo que alguna vez fue pero ya no. En fin, un qué más da en pleno siglo XXI. Los patios de casonas derruidas en la Upata de mis primeros años, el amplio solar que cobijó a un puñado de chiquillos en aquellos días de Paraíso, todo esto y mucho más acabó por atravesarme la retina.
Ha escrito Javier Cercas en una delicia de crónica –Rembrandt y la primavera en Manhattan- que “los grandes museos son demasiado grandes (…) Uno debería entrar en un museo para ver no más de cuatro o cinco cuadros; el resto es mera contabilidad”. Recordé esta frase mientras junto con mi amigo me perdía en los recovecos de la Sala. De entre la múltiple temática de obras para mí bastaron los jardines, y juro por todos los dioses que hasta un Picasso que todavía no sé qué pito tocaba ahí resultó más que prescindible.
En un momento dado Rusiñol me trajo a García Lorca -¿o viceversa?-. Quiso la casualidad que en esos días cayera entre mis manos Impresiones y paisajes (1918), libro de juventud del poeta. Me doy cuenta de que ahí está Rusiñol, como en Rusiñol convive feliz el escritor granadino. Si uno abre bien los ojos puede hallar en cada lienzo una transposición pictórica del texto de García Lorca, de manera semejante a como del libro escurren las rosaledas del pintor. Melancolía intacta, jardines citadinos embadurnados de soledad, quebranto urbano reflejado en el barrio del Albaicín -un Albaicín que es un jardín inmenso-. Como he sugerido ya, García Lorca lleva a Rusiñol en la pluma y el maestro del modernismo español a Lorca en el pincel.
“Altares, rejas, casonas enormes con aires de deshabitadas, miedosos aljibes en donde el agua tiene el misterio trágico de un drama íntimo, portalones destartalados en donde gime un pilar entre las sombras, hondonadas llenas de escombros bajos los cubos de las murallas (…) Hay otros rincones por estas antigüedades en que parece revivir un espíritu romántico netamente granadino”. Aquí las huellas de uno y otro, aquí el poeta que es pintor y el pintor ensimismado en poesía.
Si el arte abraza el hálito perenne de la vida, su destello apareció como si nada en la colina de la Alhambra. Calles del Albaicín bajo la lámpara del andaluz, jardines de Rusiñol perpetrados con alevosía. Aquellos solares que acaricié en la infancia, no faltaba más, rejuvenecen de golpe, danzan en la quietud. Entonces cierro los ojos y veo, camino despacio y doy las gracias.






