EL ALMA DE LA LENGUA
POR

-Roger Vilain-
X: @rvilain1
Mucho se habla del espíritu humano y son legiones quienes pretenden asirlo, o aprehenderlo, o siquiera vislumbrarlo. Yo digo que revolotea por los rincones como lepidóptero feliz y qué le vamos a hacer, otros juran que es inexistente. Cada cabeza en su mundo.
Pero de lo que habrá mayor certeza es del alma de una lengua, que se puede contemplar, hecho el esfuerzo, en características o señas muy particulares, es decir, en su fonología, su léxico, y lo que a todas luces implica asombro contundente: la cultura empaquetada en ella.
El alma de una lengua, o mejor, su sedimento, se materializa en los hablantes, quienes con más o menos tino darán cuenta del baúl de posibilidades depositado en sus manos. Tal sedimento acaba transvasado, corre de ella -del alma propiamente dicha- a ti, verdad que se dice en una frase pero exige nada menos que llevar a cabo lo que tantos pretendieron con el ánima del bicho humano, o sea, la aprehensión de cabo a rabo. El asiento de la lengua lo haces tuyo, lo manejas, lo usas a favor o en contra, te deja embolsillarte el universo y por si esto fuese poco te consiente la creación de mundos propios.
Una chispa, un punto de luz en relación con lo anterior entra por completo en eso que dieron en llamar literatura. ¿Qué supone el hecho literario sino la fragua de cierta realidad a base de lenguaje? ¿No es acaso aquél una clara manifestación del duende de un idioma? ¿Por qué resulta imposible traducir, lograr trasiego fiel, perfecto, de cuanto se dice en una lengua a propósito de otra? No nos quepa duda, el aliento de cada una de ellas cobra y se da el vuelto, nada en sus ocultos recovecos, irrepetibles e inaprehensibles en buena medida pero presentes, vislumbrables, conjeturables si abrimos bien los ojos.
En tales cosas pensaba el otro día luego de toparme con una afirmación de Javier Cercas: “La literatura es algo muy útil siempre y cuando no se proponga serlo”. Pues sí, tiene toda la razón, y me alegra doblemente porque de carambolas termina por obsequiarle un puntapié a los coelhos de este mundo. Construir arte con los ladrillos del idioma, asunto que equivale a hacer literatura a secas, pasa por coger por el pescuezo al genio de la lengua, esto es, batirse a duelo con él, meterlo de cabeza en el reino que tanteas y por fin servirlo en la mesa del lector. Nada más y nada menos.
Considerando lo anterior, pensé asimismo en otra forma de rastrear el espectro del idioma, uno que es también literatura -en su versión oral-, primer encontronazo que llegué a tener con él. Siempre he mantenido la costumbre de leer dos o más libros a la vez, de modo que en mi mesa de noche, de la mano de Cercas, reposaba Elías Canetti para de manera intermitente disparar con fuerza sus ideas. Resalté ésta: “Si existe una sustancia espiritual que le impregne a uno en los primeros años de vida, a la que uno se refiera constantemente para no abandonarla jamás, en mi caso era la que desprendían las lecturas que hice con mi madre”. Muchas gracias, don Elías. La lengua y sus arcanos haciendo de las suyas. Entonces me veo, a los tres años, en la habitación de mis padres. Acabo de despertar, salto de mi cama y corro a la de ellos. Ahí mi madre es Scherezade, una Scherezade que se repite luego en incontables páginas e infinitos libros. Mi madre en absoluta procura del hechizo: Los tres cerditos, Las brujas del bosque, El gato con botas… Y el alma de la lengua en pura carne y puros huesos, espectro bienhechor a fuerza de historias que yo pido repetir un día sí y otro también.
Si ahora gozo e intento hacer míos el ámbito intrínseco del español, sus tripas y su temperamento, en gran medida es gracias a aquellas vivencias con mi madre. En adelante nada sería igual, para el niño, para el adolescente y el adulto. El alma de una lengua, sin la menor duda, en pleno striptease hace una punta de años. La esencia del idioma entre cuatro paredes de una habitación.






