METER LAS NARICES
POR

-Roger Vilain-
X: @rvilain1
Hay escritores a quienes admiro y cuyas obras merecen la mayor de las reverencias. Julio Cortázar es uno. Mario Vargas Llosa es otro.
De ambos llegaron a mis manos cuentos, ensayos y novelas siendo yo muy joven. Cuando eso ocurre, pasa el tiempo y el apego por sus textos es directamente proporcional a las décadas transcurridas, lo cual genera un doble interés por completo inevitable: el de los escritos en sí y el del día a día que vivieron los autores.
Con lo anterior resalto el hecho biográfico, es decir, cómo, de qué manera, en función de cuáles principios o medios de aprehender la existencia ambos genios cruzaron este mundo. Por supuesto que semejante curiosidad lleva en las espaldas una carga de voyeurismo que no negaré aquí, pero digo en mi descargo que también la habita el deseo genuino de saber, de andar en pos de cierto aprendizaje que sólo pueden inspirar quienes procuran la empatía que notas como un guiño, como invitación a aproximarte y, en fin, como posibilidad de hallazgo, de mínimas respuestas a tus búsquedas.
De Cortázar me cogió por el pescuezo la atmósfera de sus ficciones. Que en la adolescencia disfrutes como nadie del pozo de misterio en el que te zambulles no es cosa menor. Su noción de enigma y su manejo de lo lúdico fueron el anzuelo que mordí. Con Vargas Llosa ocurrió otro tanto, esta vez a propósito de sus ensayos. Es indiscutible su genio narrativo, pero el arpón que atravesó la sensibilidad de un jovencito que daba con sus primeras obras acabó siendo la rebeldía de unas ideas siempre a contracorriente. Cuanto escribió desde este género en los sesenta y cuanto llevó a cabo después resultaron piezas al filo de la navaja, para atacar sin remilgos, pongo por caso, dictaduras a lo Castro o para rebatir a amanecidos en plena actualidad, viudos de un zombie llamado Revolución Cubana. Y así.
Decía arriba que a partir de estos señores resalto el hecho biográfico. Lo resalto porque antes y ahora he sentido la necesidad de husmear en sus vidas. Para ello, claro, las biografías están al alcance de la mano, los diarios también, y la correspondencia que a través de los años se haya mantenido. Es curioso, pero cuando era muy joven me abstuve de leer cualquiera de los dos últimos ejemplos sin importar qué autor fuese el protagonista. Una especie de ética de la literatura me hacía pensar -y de seguidas alejarme de proceder con la lectura- que no debía franquear cierta barrera: la que el escritor levantaba gracias a lo que se permitió publicar. Incumplir este convencimiento no era más que traición a su privacidad.
Vargas Llosa, que yo sepa, no dejó diario, e igualmente el argentino. Pero Cortázar sí que fue un maniático de las epístolas, hoy recogidas en nada menos que cinco gruesos tomos editados por Alfaguara. ¿Había derecho? ¿Hemos pisoteado la intimidad de quien jamás dispuso llevar a la luz esos escritos? Me incluyo en la transgresión porque qué le vamos a hacer, con el tiempo me convertí en débil, pusilánime como puedes ver, y compré y leí -devoré- cada tomazo en cuestión, y releí también, y resalté y subrayé y anoté, y disfruté a más no poder y aprendí y fui voyeur con tales cartas, obra prohibida pero ya a la luz, ya en negro sobre blanco, ya expuestas como se expone un pantalón, un par de medias o una corbata en las vitrinas.
Lo que soy yo no dejo de pensar en Julio Cortázar atravesado por la lluvia de flechas, miles de ojos, en relación con lo que dijo en sus misivas. He sido carroñero en semejante epistolario y busco ahora la buena conciencia hallando en él literatura pura, indigna de la inexistencia. Para nada implica justificación alguna, lo sé, pero gracias, querido Julio, muchas gracias por haberlo escrito.







