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FENOMENOLOGÍA DEL PAPEL por -Roger Vilain- X: @rvilain1 #Cultura

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FENOMENOLOGÍA DEL PAPEL

POR

Roger Vilain

-Roger Vilain-
X: @rvilain1

    Cualquiera jura que leer es leer y listo, se acabó. Déjame decirte que están equivocados. Uno lee, claro, y a veces ni llega a eso, pero la cuestión de fondo va en qué coges entre manos y cómo abordas el material seleccionado.

    Como los libros están democráticamente publicados, hay para todos los gustos. Yo tengo mis líneas, tú las tuyas y ambos muy felices, tan contentos. Frente a unos me gotea el colmillo, muero por abrirlos. Con otros me sucede lo que en ciertas ocasiones al ver a fulano por la calle: bajo la vista, cambio de acera, ruego a todos los santos por el don de la invisibilidad y si las cosas salen bien río a mandíbula batiente.

    Pero decía arriba que para cualquiera leer es leer y se acabó. Y no. Por supuesto que no. Vamos a ver, fijar la vista en un anuncio comercial tiene lo suyo, clavar los ojos en la etiqueta del champú también, y llevas razón al escarbar con pupila de felino la última factura de la luz. Todo en su sitio, todo embutido en cierta lógica -una lógica a la defensiva- que el día a día te enseña a desplegar sin más.

    Y pasa que en un santiamén das con lo distinto. El proceso de leer se agota sobre sí mismo, es decir, finaliza cuando te revuelcas entre sus múltiples posibilidades -que son infinitas- y a partir de ese punto lo que te acercas a las manos deriva en prácticas que para qué te cuento.

    Revolcarse “entre sus múltiples posibilidades” tiene carne y tiene huesos, o sea, lees, como insinué arriba, las indicaciones del champú o los clasificados de la prensa o Crimen y castigo y mira tú, cada lectura se mete el universo de cabeza en su particular abecedario. A partir de ahí, como igualmente insinué antes, el manojo de papeles lleva a prácticas que cuando menos en mí crean un abanico, una araña cuyas patas recuerdan el delta de un río al llegar al mar, y perdonen metáfora tan extravagante.

    Tengo libros que leo a fondo, lo cual es sinónimo de felicidad por todos los costados. Supongo que lo viviste mil veces: te plantas en tu biblioteca, vas al estante preciso, coges El barón rampante y de seguidas, y de par en par, se abren las puertas del Paraíso. Tengo otros que sirven sólo para leer en ellos la solapa. En semejante lugar encierran un secreto, sí. Únicamente en ella se manifiesta la magia que en páginas posteriores desaparece.

    Así, -sumo y sigo- atesoro ejemplares para no ser leídos, justo porque dejan entrever la promesa de alegrías que siempre es necesario posponer. Y como si lo anterior fuese poco, sobre mi escritorio duermen, acostados uno sobre otro, libros para nada más mirarles la cubierta, para darme de frente con sus bellos lomos en búsqueda de paz y de sosiego.

    Pero la cuestión no acaba aquí. Guardo textos para olerlos, entramados de aromas que, no me preguntes la razón, a veces dicen más que las palabras. El olor de un gran libro, fíjate bien, basta para no abrirlo jamás, cosa que tiene su mérito, su enigma en lo más hondo de eso que llaman literatura. Y tengo libros para ser tirados, algunos para adornar la estancia, otros muchos que llamé rehenes -ve tú a saber quién me los prestó y nunca devolví- y un caudal que son tomos arquitectónicos, esos que hasta hoy nivelan patas de sillas, mesas o sofás.

    Por últlmo, en estos días me dio por reanudar citas con dos ejemplares de múltiples chances, libros que cada tres años reempiezo, llego con esfuerzo a la página cuarenta y ya no puedo seguir más. Total, que fenomenologías hay muchas, las que te apetezcan, pero esta del papel bien merecía su tienda aparte. A que sí.

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