UNA MOSCA EN EL CAFÉ

POR

Roger Vilain

-Roger Vilain-
X: @rvilain1

Hay que ver. Una mosca, pongo por caso, simboliza el asco, lo nauseabundo, escupitajo en el suelo frente a la estética de lo repugnante. Recuerdo mis años de infancia y como mamá las espantaba -más espantada quedaba ella- cuando zumbaban sobre las frutas o junto a los botes de basura.

Lo dicho: toda mosca lleva sobre sus espaldas la marca de un hierro ardiente, no otro que el del manotazo para despanzurrarlas. Sofisticados como creemos ser, también en aquella infancia iba descubriendo ingenios, uno más extraño que el otro. Me vienen a la cabeza el sencillo matamoscas, luego una especie de tira pegajosa colgada del techo, instrumento de tortura que atrapa al insecto, lo inmoviliza de seguidas, hasta que el pobre muere de inanición, de pura quietud -nada más vitalmente inquieto que una mosca-, de terror o de resignación. Y existía otra celada, no mortal pero orientada al reflejo hecho cuerpo deformado, monstruo de cabo a rabo: botellas llenas de agua puestas aquí o allá, con el objeto de ahuyentar gracias al miedo.

En fin, nada más parecido a la necrología de lo diario que el arma concebida para aniquilar a un punto negro que se posó sobre la mesa, que espabila como nadie, es decir, mosca en la leche, cuerpo en la sopa, bicho entre la miel. Lo cierto es que jamás pude entenderlo y qué le vamos a hacer. Cuando otros juegan con el perro o alimentan al gato, en la adolescencia me dio por una mosca como camarada. Y hasta el sol de hoy.

A pesar del nombre que eligieron para denominarla -nada menos que Calliphora vomitoria- obvié por completo lo que me pareció rotundo disparate. Que empezaran por aquí era una vejación, el agravio mayor, una injusticia sustentada en el más necio de los paroxismos. Tal fue el detonante, por lo que en el futuro di con ella, hicimos buenas migas y lo demás es historia.

Estaba yo en alguna lonchería del pueblo desayunando con mi padre. Después del sandwich procedí con el café, un con leche tibio y espumoso. Ahí la vi, entre la espuma como en trance catatónico -que en realidad no era tal sino pleno disfrute-. Lo que se dice una pasada. Nadaba en círculos deteniéndose cada tanto para relamerse con las patas y vuelta de nuevo a lo mismo, al jubiloso chapoteo, a la dulzura del café, al goce natatorio en semejante caldo espeso y, digo yo, a cuanto en realidad vale una misa: la felicidad sin más.

No dije nada. Con el índice y el pulgar la cogí de pronto y la introduje en un bolsillo del abrigo. Ya en mi habitación la eché sobre la almohada. Permaneció inmóvil un rato hasta que por fin dio unos pasos sin alejarse demasiado. Se me ocurrió hacerle cosquillas con las uñas, acabamos jugando a las escondidas y así, en total complicidad, llegaron a pasar los días.

Si he tenido -y tengo- una estupenda amiga es aquella mosca del café. Su gusto por el americano, por el macciato, por el achocolatado ni muy frío ni muy caliente es proverbial. La llevo a todas partes y cierta vez, al ocurrírsele volar más allá de lo prohibido, casi la aplasta un bruto con un periódico doblado. Tragué grueso, resultó de lo peor.

Hoy, cuando leo o enciendo un cigarrillo en la terraza de cualquier ciudad, como imaginarás pido dos tazas. Para mí el espresso sin azúcar y para ella un capuchino con doble capa de espuma persistente. Y ahí nos instalamos, a ver pasar la vida.

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