CUÉNTAME QUÉ TAL
POR

-Roger Vilain-
X: @rvilain1
Percy se echa en su cesta y me mira con ojos quietos. ¿En qué pensará? Buena pregunta, a la que añado: ¿Piensan los perros? Y vuelvo a añadir: ¿Piensan los gatos? ¿Piensa la gente?
Cuando era adolescente y me encontraba en situaciones como esta, iba a la enciclopedia. Entonces leía, me rascaba la cabeza, luego cerraba el tomo con la sensación de haber despachado un problema.
Con los años me percaté del fiasco. Ahora con la enciclopedia ni a la esquina. Fíjate bien: Pensar: “Formar en la mente un juicio u opinión sobre algo”. Menuda bagatela. Estaremos de acuerdo en que pensar es punto enrevesado, algo así como asociar A y B con C para llegar a D, con el agravante de que en el medio hay algo más, y en medio de esto algo más, y luego más, como en las muñecas rusas.
Percy, justo cuando termino de conjeturar lo anterior, da un brinco sobre el colchoncillo de la cesta como diciendo por ahí es el camino, sujeta bien las orejas de la liebre. Le respondo que sí, que a ver qué tal, pero de seguidas encojo los hombros y desisto. Sigo en el lugar donde empecé.
Mi perro bosteza, saca la lengua, estira el cuerpo apoyándose en sus patas delanteras y continúa pensando, y yo recuerdo a su vez la definición que da la enciclopedia, tan pobre, tan mísera, tan insignificante. Pensar: “Blablablablablá”.
Si piensa, imagino que quizás un gato lo hace en términos de meditación continua. Dicen que duermen dieciocho horas al día, pero la verdad sea dicha, sostengo que mantienen plena consciencia activa, disfrazada de ronquidos cuyo punto de fuga es la iluminación. Es lo que podría llamarse el nirvana del atún, o sea, llegan a la luz cuando en la cocina abres una lata del pescado. ¿Piensan los gatos?, no lo dudes. A su modo y lo demás al diablo.
Vuelvo a mi perro, estoy seguro de que razona como nadie, de que al mirarme estudia cada movimiento, cada ir o venir del bicho humano. No me lo vas a creer, pero el otro día lo comprobé sin género de incertidumbre. Adivinó mis intenciones, se adelantó a la acción que yo quería llevar a cabo, me dio a entender que conocía uno a uno mis propósitos.
Releo cuanto llevo escrito y digo hay que ver, qué chapuza tan abrupta esa de meter gato por liebre la de aquella enciclopedia. En lo tocante a Pedro, a Juan, a ti o a mí, continúo como si nada en el lugar donde empecé, entre otras cosas porque pensar, lo que se dice pensar, ve tú a saber si lo hemos hecho como ha sido debido o al revés, o sea, ve tú a saber gracias a cuáles recovecos de eso que dieron en llamar evolución cada quien jura que reflexiona en filigrana. Darwin, nadie me lo va a sacar de la cabeza, tuvo que concebir el hecho humano de pensar como un error evolutivo, un chueco desvío en cierta encrucijada del Plioceno.
Llegados a este punto noto a Percy entre pícaro y burlón. Piensa a sus anchas, da cabida a la estricta razón pura mientras desde su colchón vuelve a observarme de soslayo. Piensa, y mientras lo hace el pícaro y burlón que lleva en las entrañas coge fuerza, crece, saca pecho, ríe a mandíbula batiente. ¿Piensa un gato? ¿Piensa mi perro? ¿Piensa el Homo sapiens? De los dos primeros no te quepa duda. Del otro puedes fruncir el ceño, abrir la enciclopedia. Y cuéntame después qué tal.







