DON PABLO

POR

Roger Vilain

-Roger Vilain-
X: @rvilain1

Hace cuarenta y cinco años era yo un adolescente que hurgaba en los libros. El origen de semejante cuestión, entre otras razones, le debe mucho a los suplementos de esa época. Kalimán, pongo por caso. Memín Pingüín, con plena seguridad. Y así.

El presente se relame en remembranzas que al respecto viven y colean, valga decir la Librería Upata y la Librería Cultura. En ellas, donde el término librería pasaba a ser más adorno que lugar para novelas o cuentos -los reyes del mambo eran la papelería, los artículos de escritorio, algún pequeño objeto que sirviera como regalo-, ciertos escaparates ofrecían el peso nada muerto de unos pocos títulos acompañados de extraños nombres en sus lomos: Seix Barral, Bruguera, Oveja Negra, Salvat.

Siempre es un misterio el hecho poco claro de las influencias. Mi madre, sin duda alguna entre la Cenicienta y las triquiñuelas del lobo feroz y con los bosques encantados de cada historia narrada antes de las buenas noches, del beso y del sueña con los angelitos, fue pionera en la combustión inevitable que vas a producir cuando juntas a un chiquillo, a un simple cuentecillo y a la imaginación que es la loca de la casa.

De mi madre en esos menesteres les he hablado en otro escrito, de modo que aquí sigamos con los libros, con los anaqueles de las papelerías, con Seix Barral, Salvat u Oveja Negra, con el curioseo rampante. Ignoro si estos sellos españoles llegaron a publicar al libanés -los menciono porque marcaron mi infancia al dar siempre la cara en aquellos aparadores herrumbrosos-, pero Gibran Khalil Gibran fue durante largo tiempo buen amigo, al día de hoy sinónimo de recuerdos por una parte neblinosos y más que melancólicos por otra.

En aquel pueblo la literatura iba a lomo de la inexistencia. O casi. De ella se escuchaba el ruido tosco de algunas tareas en las escuelas, típica manera de espantar el acertijo que por elemental lógica debe serle inherente. Así que la realidad era prácticamente ineludible, es decir, lo literario, o como diablos pueda uno llamarlo, resultaba obra y gracia de la nada.

Fue en tales circunstancias que en una zapatería con más polvo en los armarios que sandalias o mocasines en sus tablas, un amigo me llevó a ver a don Pablo. Ciego, aposentado en una silla de mimbre, con el bastón en las manos y muy peinado hacia atrás, don Pablo, según mi amigo, era escritor. Recuerdo la vez, la tarde luego del colegio cuando le mencionamos a Gibran. Jamás he vuelto a ver sobresalto mayor, alegría más espontánea, temblor de amor en alguien cuya estampa, hoy, sé que era la de un místico, uno que en efecto había encontrado la luz.

Como el Homero que llevaba dentro recitó en árabe al poeta nacido en Bsharri, norte del Líbano actual. Yo, que de esa lengua no sabía una letra, entendí que no hacía la menor falta. Tuve la certeza de algo que llevo en las entrañas: el poema es lenguaje, por supuesto, y además vida y sentido que las supera y las trasciende, ve tú a saber gracias a qué abismos, arcanos o silencios.

Don Pablo hizo por mí más que todos los años de escuela y de bachillerato juntos. Aquella tarde un hombre ciego, quizás marcando el ritmo de las frases con su bastón de roble, me reveló asimismo que la literatura va de la legua, comprensible o no, a la calle, a la plaza, al mercado o al burdel y viceversa, lo que asimilé como verdad mientras pasaron los años. Dondequiera que se encuentre, Homero de estos tiempos, gracias. Muchísimas gracias.

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