Navidades caraqueñas

por

Fenya Antonatos-Kazana
Twitter: @fenyakaz

 

¡Qué baúl el de mi abuela! Uno empieza buscando una cosa y termina encontrando otra. Esta vez el tal baúl me puso a disposición una pequeña libreta donde ella anotaba sus cosas, todo lo que ella quería recordar, había de todo: recetas, teléfonos importantes, nombres de tiendas donde compraba esto y aquello, en fin, todo un manual de procedimientos. Me puse pues a buscar algo para poner en estos días de Navidad y ¡heme aquí con lo que encontré en una de las páginas!

Aunque este año será uno de los peores de la historia de Venezuela, por las razones que todos sabemos, no debemos perder la esperanza de que todo volverá a ser como antes cuando la Navidad era la época más esperada y más celebrada en nuestro país en los tiempos modernos al igual que en la Caracas “de los techos rojos”, cuando los días decembrinos estaban llenos de música, de algarabía y de preparativos para la reunión familiar en torno a la mesa llena de nuestra deliciosa gastronomía.

Lo primero en aparecer en todas las casas desde finales de noviembre o principios de diciembre era la actividad para montar el pesebre casero, orgullo de toda la familia, y que ocupaba un gran espacio en el sitio de honor de la casa: salón, corredor o comedor principal.  Eran preparativos que duraban muchos días y alrededor de los cuales se veía a toda la familia participando y a la abuela dirigiendo las labores junto con su equipo de nietos que eran las figuras principales. El nacimiento, que terminaba siendo una obra llena de encanto, con divertidos anacronismos, ingenuidades y de perspectiva dudosa, requería de mucho tiempo y paciencia para armarse. Se usaban tablas y trozos de tela pintados de verde o de color tierra, y se formaban las colinas, los cerros, los valles y la arboleda. El cielo, una tela azul oscuro donde había estrellas pegadas, se tendía sobre el pesebre y con trocitos de espejos se formaban los lagos que se llenaban de primorosamente desproporcionados cisnes. Ríos de papel plateado o aluminio, árboles de todo tipo, verdes sembradíos de maíz y musgos teñidos de verde formaban el paisaje del pueblecito de Belén.

El pueblo se componía de un gran número de casitas en miniatura, desde donde partían sus habitantes para ir a reverenciar al Niño Jesús, también estaban el castillo de Herodes, los ángeles y las estrellas de Belén. Igualmente había un enorme número de pastorcillos, ganado y animales domésticos y protagonizando el nacimiento estaban San José y la Virgen, la mula y el buey, y a lo lejos se divisaban los tres reyes magos: Gaspar, Melchor y Baltasar. El Niño aparecía el 24 por la noche puesto en su cunita y los tres reyes se iban acercando a medida que llegaba el 6 de enero, fecha en la cual se postraban con sus ofrendas de incienso, oro y mirra ante el Niño que sonreía con su mensaje de paz y amor. La realización de estos nacimientos era una ardua labor, llena de creatividad, dedicación, mística  y fe.

Otra actividad que involucraba a toda la familia era la tradicional hechura de la hallaca. La palabra “Hallaca” derivada del término guaraní “ayúa” o “ayuar”, significa “mezclar o revolver”. Su origen se remonta a los años de la colonización por parte de España, siglo XV y siglo XVI, atribuyéndose en forma legendaria su invención a los esclavos y sirvientes indígenas, quienes recogían los restos de las preparaciones de sus opresores para armar un plato heterogéneo que les sirviese de alimento extra a sus comidas habituales. En la hallaca tenemos el ejemplo más interesante de las consecuencias del mestizaje y sus manifestaciones de carácter universal, tal como lo dijo Arturo Uslar Pietri: “…es como un compendio ejemplar del proceso de mestizaje. En ella están: la pasa y la aceituna de los romanos y griegos, la alcaparra y la almendra de los árabes, la carne del ganado de los capitanes pobladores de Castilla, el maíz y la hoja del bananero de los indios”.

Pues entre gaitas y alegría, y con la llegada de amigos que venían a «ayudar», con bebidas como refrescos, ponche crema, etc. se preparaban las hallacas. Normalmente, la persona de más años dictaba «pauta» por eso al momento de comerlas no podíamos sino decir: » la mejor hallaca es la que hace mi mamá»…  Las tareas se repartían entre los integrantes de la familia y los amigos: así uno se ponía en el engrasado de las hojas con el aceite onotado, otro abría la masa en la hoja, otro colocaba el guiso, otro los adornos y finalmente otro envolvía y amarraba la hallaca. Dos días de unión familiar en este proceso laborioso que daba como resultado “la reina” del menú de  la mesa de Nochebuena: la hallaca venezolana, un verdadero monumento de aroma y sabor inigualables.

A mediados de mes, en las madrugadas frías y oscuras, se llevaban a cabo las misas de aguinaldo, a las que iban niños y adultos. Con cuatro, armonio y maracas las alegres voces cantaban aguinaldos y a la salida de las iglesias las familias se detenían a comer arepitas de anís y papelón acompañadas del caliente y humeante cafecito que vendían los puestos que se ponían fuera de las iglesias.

No faltaban a estas misas de aguinaldos los patinadores con sus alegres patinatas que se pusieron de moda entre las décadas del 50 y 80 del siglo XX. Las principales avenidas, calles y plazas de la capital eran invadidas por los alegres grupos de chicos y chicas patinadores. En una emulación de las patinatas sobre hielo del Hemisferio Norte, esta costumbre fue introducida en nuestro país en la época del boom petrolero. Lugares como Los Próceres, La Candelaria, la Plaza Bolívar y el parque Los Caobos, entre otros, se convertían en divertidos puntos de reunión de los adeptos a esta fiebre por la velocidad. Equipados con patines de cuatro ruedas de acero, estos jóvenes se desplazaban por la ciudad en horas cercanas a la misa de gallo, llenando de risas y alegría la espera del nacimiento del Niño Jesús.

Otra tradición navideña cuyo brillo nos anuncia desde todos los puntos de la ciudad que ya llega la Navidad y que no puedo dejar de mencionar, es la cruz del Cerro Ávila que brilla desde el 1 de diciembre de 1963 sobre la fachada del Hotel Humboldt. Ideada por el ingeniero Ottomar Pfersdorff de la Electricidad de Caracas. Años más tarde, fue adosada a la antena de Venezolana de Televisión, ubicada en el sector de Mecedores, y posteriormente reinstalada en el cerro Papelón del Waraira Repano, donde actualmente resplandece haciendo la felicidad de todos los caraqueños y caraqueñas.

Otra costumbre que menciona mi abuela en su libreta son los estrenos. Estrenar en Nochebuena, fue y sigue siendo una preocupación de estos días. Se estrenaba de pies a cabeza, para asistir a Misa de media noche, para honrar al Niño Jesús, era un homenaje al Niño la ofrenda del placer de vestir ropa nueva que se le hacía al visitarlo. Se estrenaba también para asistir a lugares donde nos invitaban e igualmente para la cena en nuestro hogar donde se congregaban toda la familia y los invitados. Los estrenos también abarcaban la casa: se refrescaba la pintura, se retapizaban los muebles, se empapelaban las paredes, se compraban adornos nuevos, cortinas, lámparas, muebles o arreglos.

La Navidad era y es la época más bonita del año, en ella reviven los sentimientos de confraternidad, de ternura y de generosidad que invaden nuestro espíritu. Es la época que ofrece un ambiente propicio para que haya una tregua de paz y alegría en nuestra vida cotidiana. Es la fiesta más bella que se haya inventado en la  que el personaje central es un niño, por eso la asociamos a juguetes y golosinas adquiriendo matices de cuento más que fiesta religiosa. Como dice Aquiles Nazoa: “Trineos, pastorcillos, nieve,  menudos corderitos, reyes mágicos: todo ese elenco humano, todo ese decorado y fabulosa utilería que adornan tantos siglos de tradición navideña, parecen más que los componentes de una conmemoración religiosa, los del más lindo de los cuentos.”

Igualmente es la celebración cristiana más popular y extendida en el mundo, puesto que gracias a las características de ternura que la cubren, es la que más profundo llega al corazón de los hombres en todos los puntos del planeta. La Estrella de Belén viene para anunciar la paz para los habitantes del mundo igual para las congeladas tierras del Hemisferio Norte como para las del Hemisferio Sur, del uno al otro confín.

¡Feliz Navidad para todos!

 

 

Fuentes: La Navidad por Aquiles Nazoa
Navidad caraqueña de antaño de Graciela Schael Martínez
Un recorrido por la Caracas de antaño

 

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here