La última fotografía

por

Javier Alejandro Aguilar
Twitter: @colotucumano

Tristemente la historia que culminó con la muerte de dos personas, comenzó con la primera fotografía (o quizás mucho antes),  le llegó al diario La Gaceta, donde trabajaba desde hacía veinte años. Y como casi todo lo malo ocurre por la noche, la carta que contenía esa imagen explosiva le llegó al cierre, un rato antes de la medianoche. Estaba frente a la computadora, tenía sueño, hambre y le dolía la cabeza. Y ya había pasado un tiempo sin ver a su ex. Estaba a punto de enloquecer. Apenas dormía cuatro horas por día. Era el segundo día que se había olvidado los anteojos sobre la mesita de luz. Sus ojos no soportaban tantas horas frente a su herramienta de trabajo. Estaba terminando su artículo: «Los pumas con la astucia y capacidad del tucumano Sánchez se impusieron con tranquilidad ante los irlandeses y pasaron por segunda vez en la historia a las semifinales de un mundial de Rugby», cuando apareció la joven colorada de Espectáculo. Le dijo:

―Tomá, es para vos. Se volvieron a equivocar. Ah, por suerte, pude llenar las dos columnas con el escándalo de Jorge y Marianela. Y me acabo de enterar de otra, es una bomba.

―Ah, mirá vos. Gracias por alcanzarme el sobre ―Le dijo Felipe concentrado en el artículo, pero cuando se dio vuelta su compañera, dejó de escribir para observar su contorneada figura.

El sobre decía su nombre. La carta procedía de Florianópolis, le causó curiosidad, no conocía a nadie en Brasil.

Estaba cansado, fue un día ajetreado y encima llevaba consigo su crónico dolor de cabeza, el que apareció el día que ella lo abandonó. Felipe Fontumberta apagó la computadora, ordenó ligero unos papeles y se sentó con calma para abrir el sobre marrón tamaño oficio. Traía una foto, del mismo tamaño del sobre; bien tomada. Esa imagen lo quebró. Sus ojos se pusieron más rojos de lo que estaban y se llenaron de lágrimas. Regresó la foto al sobre y la guardó en el bolso, quizás pensaba tirarla en otro lado o quemarla en la soledad de su habitación. Se puso la campera mientras la pelirroja de Espectáculo salía de su oficina. Pensó: “¿habrá abierto el sobre antes de entregármelo?” La imagen era muy clara: ella estaba desnuda con un joven de melena larga, ella estaba arriba fingiendo o teniendo sexo. ¿Tanto odio le tenía, tanto rencor le había generado, para iniciar un minucioso proceso de venganza?

―Chau, Fontumberta ―dijo ella, como sobrando―

El asintió un saludo con la cabeza, él vio cómo la mujer se desplazaba lenta, ella sabía que él la deseaba. Como todo periodista meticuloso, la observó de pies a cabeza: el cabello rojizo ondulado, hacia juego con unos zapatos de tacos altos del mismo color que su cabello. El tenis había hecho de ese cuerpo una mujer perfecta. Cualquier atuendo le venía bien, pero la mayoría de las veces usaba ropa ajustada, esa noche el jean negro y una camisola del mismo color, hacían volar la imaginación de Fontumberta. Le recordaba a su ex, inclusive veía en ella la misma sonrisa, se le formaban los mismos hoyuelos. Finalmente la de Espectáculo desapareció de la escena y él, con un movimiento lento, apoyó su cabeza en el escritorio. Ella no sabía que se parecía bastante a su exesposa. Era nueva en el diario. Pero si estaba al tanto del escándalo mediático que él había ocasionado.

Cuando Felipe se casó con Felicitas Del Moral, la que es ahora una especie de mujer descarrilada por los sentimientos del odio, se los veía hasta felices o lo insinuaban muy bien. A ella la sonrisa nunca se le cayó de la cara, bueno, contaba con la preparación de una actriz, inclusive, hasta hacía algunos meses atrás, Felicitas era figura en la obra teatral que se presentaba todas las noches en el teatro San Martín, en San Miguel de Tucumán. Él nunca fue a verla, prefería hacer de las suyas…

Felipe creyó que estaba bien su matrimonio, y no se dio cuenta que sus veinte años más, a pesar que lo habían charlado antes en las épocas doradas del noviazgo, no afectaría la relación, pero finalmente, fue uno de los motivos del quiebre, sin contar el más importante, el que hizo que ella tomara decisiones que terminarían en una tragedia .

Viudo el hombre, viudo hacía unos largos años, acostumbrado a una rutina solitaria, silenciosa. Con fuertes estructuras respetadas a rajatablas, desmoronaron la convivencia. Él creía poder salir de tragos y putas cuando ella trabajaba, pensando que nada cambiaría, que ella pasaría por alto tremenda decisión, como si fuera una mujer con una baja autoestima. El quiebre definitivo del matrimonio fue cuando un paparazzi publicó en primera plana la foto donde Fontumberta y una prostituta estaban a los besos en el antiguo Burdel de la zona del bajo.

Otro golpe bajo sacudió la psiquis ya frágil de Felipe. Otra imagen de su exesposa le apareció en el Whatsapp. Un número privado despertó la curiosidad, cuando un domingo a las tres de la mañana hizo sonar el celular con la melodía de un viejo tango de Julio Sosa. Felipe sobresaltado agarró el aparato y nuevamente se encontró con su ex mujer desnuda junto a un mulato, en quién sabe qué playa. Desesperado el hombre lanzó el celular contra el piso, fue en busca de un martillo y golpeó tantas veces ese aparato, se habrá imaginado que la goleaba a ella.

La separación era inminente. Él le reclamaba sus espacios, los que de viudo había recuperado. Discutían por las mismas cuestiones de siempre: las salidas nocturnas con mujeres rentadas y su adicción al alcohol. Él intentaba inútilmente con argumentos frágiles convencerla, pero Felicitas, a pesar de su juventud, tenía demasiada calle como para creer esas teorías fabulosas. La noche posterior al escándalo, le mintió que iba al teatro y regresó a casa, buscó lo necesario y desapareció. A esa instancia ya lo odiaba. Le había arruinado su carrera, no pudo armarse de coraje para volver a la obra…nada sería como antes.

Una semana después de la última fotografía acaeció la tragedia… apareció la tercera. Fulminante. Fue subida a su Facebook. Una complicidad morbosa cumplió su trato, y los trescientos veintitrés contactos de Fontumberta, vieron el cuerpo desnudo de Felicitas Del Moral, colgado de una gruesa cuerda que envolvía su cuello; sus ojos salidos y su lengua a un costado salpicada de sangre coagulada. La última fotografía, la que nunca quisiera haber visto, lo mató en su oscura habitación. El filoso cuchillo fue cómplice de una muerte rápida. Fontumberta enterró su dolor en los cimientos de la muerte.

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