BASTA

por


Karina Orellana
Twitter: @SKarinaOrellana

Camina por el pasillo ajustado y oscuro. Intenta abrir la puerta, tan percudida como su sonrisa. Empuja sin ganas, tantas veces encuentra resistencias ante sus vanas luchas. Un poco más de fuerza y está en el refugio de su baño. Con decisión busca la ventana alejada de sus brazos, por donde se cuela luz. Respira profundo con los ojos cerrados, consciente de pequeños milagros como la tibieza del sol en el rostro. Es una leve cosquilla cálida. Está viva.

Deja caer su camisón miserable. Abre la ducha, que por su cara se torna salada, necesita restregar con furia, el jabón quizás logre quitar el asco. Puntos de dolor morado en su brazo, las costillas, los muslos, la obligan a ceder la presión.

El agua cayendo sobre su cabeza, la ahoga en un túnel oscuro de regreso a su habitación.

Está sentada sobre la cama, despeinada, el arreglo y la prolijidad olvidadas. Con el único maquillaje de las lágrimas.

Todo el espacio ganado por un solo grito, que atraviesa paredes y dignidades. La boca enorme de su esposo, como una caricatura que escupe infinitas letras sobre su rostro, una y otra vez se repite el grito: ¡PUTA!                                             

Con movimientos exagerados agita el revolver que sujeta con poder. La sacude del pelo, tirando su cabeza hacia atrás, el cuello tenso, la saliva se vuelve espesa y no pasa. Ella inmóvil, se derraman silenciosos sus ojos, no sabe precisar dónde están sus pies. La mueve con su violencia, no se resiste, sabe sobrevivir. Pone la crueldad y el revolver en su sien. Gatilla. Aprieta con fuerza los ojos, se estruja las manos suplicantes, incapaz de atacar o cubrirse. Muerto su instinto, en hilachas la dignidad.

El disparo no sale, él vomita carcajadas sobre el miedo amargo e impotente de Maia, con desprecio la arroja sobre la cama.

Maia hace espuma sobre sus piernas, con sumo cuidado las va rasurando, y repasa con su mano la propia suavidad. Disfruta la caricia, el reconocer reacción en su piel. El agua se lleva las burbujas hacia el desagüe, al tiempo que el borde de esa cicatriz la conduce por el filo del dolor

Una vez más tirada sobre la cama, escrutando un recuerdo que le gane a la repugnancia en la escena de la humillación.

Vicente husmea el bochorno de su intimidad, sus dedos hurgan buscando huellas. Le huele la lencería. Pretende encontrar evidencia de la presencia de otro macho que pueda hacer peligrar su propiedad.

Desprende su cinto, el botón del pantalón, baja el cierre, cada acción perversamente lenta. Exhibe su miembro con orgullo, aferra la condena de su mano a la frágil nuca de Maia y le refriega la cara contra su erección. Nuevamente la caricatura y la habitación llena de voces, de su boca enorme brotando sin freno la misma palabra en un eco interminable. ¡Chupala!

Maia sale de la ducha, se toma su tiempo para secarse. Elige un frasco entre varias cremas, prueba el aroma, pone una buena cantidad en sus manos, despojada del reloj, humecta sus hombros, sube por su cuello, baja por el torso, se acaricia con ambas manos de modo circular los pechos pequeños, su rostro relajado, disfruta de ese, su momento. Sigue alrededor del ombligo se detiene en su ingle. Mira con atención el morado de las rodillas. Pone esmero, es su cuidado, confía en que van a sanar.

No logra quedarse en el presente, su atención está en el plato de comida que lleva. Sonríe, complaciente lo pone frente a Vicente. Él le toca la cara, ella desea caricias blancas, con frecuencia recibe las moradas. Pasa su dedo índice por los labios de Maia y sirve vino en las copas. Brindan. Ella no es buena ante la ternura, tiembla con frecuencia, se siente tonta, no sabe qué hacer. Le roza tímida y torpe la mano, juega con el anillo de casamiento. Él escarba la comida con su tenedor, con la punta de los dedos saca una hoja de laurel, ella traga con dificultad la comida. Vicente golpea con fuerza contra la mesa, haciendo estallar la copa que salpica vino tiñendo de escarlata en el mantel el presagio de lo inevitable.

Maia se aferra al cuchillo que la aguarda junto al plato. Con rabia, con ira el comedor se llena por primera vez de su voz, logra escucharse. Las paredes garabateadas con la repetición de cada letra que se apura a salir vehemente de su boca. Y el silencio es derrotado por un atragantado y poderoso: ¡Basta!

Maia rocía con perfume el borde interno de las muñecas, un par de gotitas se resbalan entre el diseño desprolijo y sobresaliente de surcos y puntadas que la hilvanaron a la vida. Disimula la franja de brea que asoma bajo sus ojos. Realza el asombro en las pestañas. Pinta de carmín palabras en sus labios y cepilla en su pelo el óxido que aún no puede peinar de olvido. Observa su imagen completa en el espejo, contempla la desnudez, le sonríe a su rostro. Reconoce las marcas en su espalda, ya no drenan solo quedan cicatrices. Va en busca de la ventana, abre sus brazos, con suaves movimientos, junto a las antiguas heridas comienza a sentir como se despliegan un par de pequeñas alas. Sube al borde de la ventana vestida de una belleza tímida y su novicia libertad. Respira profundo la vida, las alas se agitan de coraje y al fin se decide a volar.

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