EL DÍA QUE CLAVANDO UN CLAVO COMPRENDÍ QUE EL MUNDO ES MUCHO MÁS QUE ESTO

por

Roger Vilain

-Roger Vilain-
Twitter: @rvilain1

    Hay una relación clara entre un martillo y un clavo. Uno despanzurra al otro, lo deja patitieso y bueno, que el diablo después pague la cuenta. Se ve ahí cierta yuxtaposición de acciones que para qué te cuento. Imagen 1: Dedos, clavo entre los dedos, pared. Imagen 2: Martillo en mano, primer golpe, segundo golpe, tercer golpe… aplastamiento del pulgar.

        Tengo un conocido que se jacta de sus olvidos. Hay tipos que viven con la idea enfermiza de recordarlo todo, de pretender guardar memoria hasta del día en que su mujer les dio con los tacones. Somos lo que recordamos y es por eso que ante  semejante imperativo uno da un ojo por patear la amnesia, y luego existe. Qué Descartes o la madre que lo parió, con toda la parafernalia.

       Mi amigo se desvive en primer lugar por alcanzar no recordar. Y en segundo por labrar nuevos recuerdos. Si tú resuelves crucigramas, tomas pastillas de fitina, ejercitas las neuronas en el arte de abrazarse a la memoria como anillo al dedo, como guante en la mano, como sombrero al perímetro craneal, Julián José Tomedes Díaz, Pepe para los que entraron en confianza, prefiere una laguna mental, un vacío entre ceja y ceja pues la gloria del olvido exige mucho más que su contrario, la puta evocación, asunto según él echado a un lado por media humanidad tras la inútil pretensión de intentar andar forrados de reminiscencias. De olvidar lo que traes en la mochila -dice- a crear evocaciones como te dé la gana, hay un milímetro.

    Pensándolo bien, yo suscribo de pe a pa su teoría. ¿Te imaginas? En vez de echarse en el chinchorro y recordar, tendría uno que ponerse a fabricar memorias. Nada más cercano a la idea febril de inventarse la vida a la medida. Al fin y al cabo, Calderón no andaba tan equivocado, la vida es sueño y digo yo que en medio de semejante realidad cogeríamos por el pescuezo  cuanto nos traspasa de frontal a occipital. Es que me froto las manos mientras me relamo.

    Julián José Tomedes Díaz juega al gato y al ratón sirviéndose el café o al comprar el pan en la tienda de la esquina, sólo que ahora el roedor es quien persigue. Si uno se llena de paciencia y agarra el martillo y el cincel y comienza a modelar esto o aquello, remembranzas que per secula quisiéramos tener, llegará el día en que la felicidad nos aplaste como a cucarachas. Entonces no habrá excusa, viviremos chapoteando en endorfinas. El arte de vivir será el arte de olvidar.

    Por lo pronto el buen Pepe supone futuros, elabora ilusiones, construye los anales que le dicta su talante, al punto de que cuando va al baño para rasurarse el espejo le devuelve esa imagen que es boceto ya planificado. El tipo va avanzando. ¿Que pasar los días así equivale a mentirse a uno mismo, como aquél que engulle éxtasis hasta dormido? Quién quita, a lo mejor, pero de cualquier modo las máscaras florecen vivas tú en Nueva York o en la Isla de Crusoe. Elije pues.

    Hay una relación clara entre un martillo y un clavo. Y hay otra no menos evidente entre lo que hemos sido y somos, de modo que olvidando se interrumpe por lo sano la más enferma de nuestras realidades. Uno fragua el universo pero es preciso espantar ciertos recuerdos, mira qué diablos. Julián José Tomedes Díaz, Pepe para los amigos, es un genio entre los genios y como a tal lo llaman loco. Cuánta razón lleva entre manos.

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