LOS SONIDOS DEL SILENCIO

POR

Roger Vilain

-Roger Vilain-
X: @rvilain1

El silencio es una maravilla. Hablo desde la experiencia, señora respetable quien me regaló algunas armas, día tras día, en plena infancia.

    Fui hijo único, lo cual tiene beneficios y perjuicios. Hechas las sumas y las restas, en mi caso vencieron los primeros, asunto clave cuando hurgo en el pasado y saco en limpio aprendizajes que agradezco a todos y cada uno de los dioses. Aprendí a estar solo, por ejemplo, y el gusto por el silencio caló en mis entrañas muy temprano. Ambas realidades, si te pones a ver, nada despreciables.

    Con tales hechos a cuestas el presente, lleno del gelatinoso fango de sus circunstancias, se torna menos intratable. Del ruido de fondo que hace de las suyas donde meto las narices puedo dar con ciertas realidades. Que hay ruidos de ruidos, mira qué cosas, y que ahí existe un ramaje, toda una fronda para ser exacto, a la que puedo lanzarle un manotazo y encontrar cimiento, orden y sostén. Es que hay sonidos cercanos al silencio y otros bastante próximos al ruido.

    Claro que decirlo es fácil, como fácil es tirar de la lengua cuando una hoja en blanco todo lo soporta. Así que no vengo con cuentos. De la infancia, espacio donde el yo gana más o menos carnadura en función de cómo se den tantos asuntos, deriva la huella que acaba por flotar, barro que podría ser asidero, amparo, anclaje precioso a la hora de las definiciones.

    Vuelvo y repito: asimilé que el silencio es una maravilla, de modo que en tiempos duros con la soledad y sus colmillos ladrándome de frente, el precipitado originado en la niñez dijo hola, dijo buenas, y yo respondo hoy mírame bien, mírame muy bien después de aquellos lances, tan entero y tan de una sola pieza.

    No dicen lo mismo una mosca que revolotea a un palmo de mis orejas o un ventilador que ronca en medio de la siesta, cada uno en sus trece, ante el ensordecedor rugido de un martillazo o el aullido de los perros. Los primeros son compatibles con la paz, abrazados ambos en el vapor somnífero que emanan, ajenos a la estridencia, mientras los segundos, ¿quién podría negarlo?, son el ruido a viva voz en nuestra particular isla de las Sirenas.

Sobre la puesta en escena que se erige cada día los sonidos del silencio están o no presentes. Del niño que fui al individuo que voy siendo media la punta de una flecha que abandonó el arco cuando usaba pantalones cortos. Pasó el tiempo y los sonidos del silencio caben en la cuenca de la mano siempre que abriendo mucho los ojos se refleje en las pupilas aquel que fui en el que me define ya. Las armas concebidas a los lejos, visibles al volver la vista atrás, conforman hoy el piso que necesité, que utilicé, que permitió resistir.

Aprendí a estar solo, escribí arriba, y el buen sabor del silencio impregnó mis huesos muy temprano.  ¿Qué más puedo pedir? ¿Qué otras armas, más que éstas, hicieron falta para el tránsito al ahora? Ningunas, claro está. Seguro que ningunas.

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