LUJOS

POR

Roger Vilain

-Roger Vilain-
X: @rvilain1

    Con los años aprendo a cultivar la paciencia, cosa nada fácil si te pones a ver, sobre todo si cualquier actividad, tal o cual labor, es con urgencia para ayer.

    La fatiga de los días culmina en la rutina existencial, o sea, el vértigo rey del minutero quebrándote las piernas, trocándote en cero a la izquierda si buscas un sentido a cuanto va de la epidermis para allá. Vértigo, digo, sinónimo de absurdo, de más de lo mismo, de velocidad a prueba de frenazos porque la vida, aquí y ahora, ordena protegerse con la armadura que supone darle click al modo automático de corretear por este mundo.

    Como decía arriba, cultivo la paciencia, es decir, la espera. Hay quienes darían la vida por un Rolls-Royce Phantom, por el Bentley Continental GT, por el Mercedes-Maybach Clase S, y hay quienes en la mesa de noche guardan eso que al amanecer llevarán en la muñeca, uno cada día de la semana, por ejemplo un A. Lange & Söhne de paquete, un Patek Philipe último grito de la moda, un Audemars Piguet con joyería incrustada, etcétera, etcétera, etcétera. No digo que no, ni que sí. Cada quien con su cada cual, pero lo que soy yo ni regalados. De entre los lujos que llevan a tantos de vareta porque tan arduo es obtenerlos como mantenerlos, me quedo con la mencionada espera, lujo por donde asomes el ojo, de alta gama, caro como ninguno, cosa chic, cosa “in”, cosa VIP y como diablos se le diga a la paciencia, al sosiego, a la tranquilidad, al estoicismo, lujos entre lujos si hoy por hoy ves cómo está el patio.

    Quién lo adivinaría. Lo que se dice estarse quieto mientras despachas una contempladita es ya mismo la mayor pérdida de tiempo habida o por haber. Eso lo sabe, lo piensa y a veces hasta lo grita medio mundo. Recuerdo aquí las palabras de mi padre cuando allá en su adolescencia el arriba firmante, manganzón a reventar las más de las veces, transitaba el devenir haciendo de las suyas: “Rogerín busca oficio, el tiempo es oro”. Qué diría hoy frente al obcecado arte de la espera, mi línea de flotación, mi tabla en la marejada.

    Insinuaba al comienzo que todo hacer no acepta peros, que al minuto presente cuanto debas acometer es proyecto para el día anterior. Así andamos, en plena taquicardia, y así me viene a la memoria aquello que un calmoso de primera refirió como lo más urgente a encontrar: “el ritmo de la naturaleza, cuyo secreto es la paciencia”. Ralph Waldo Emerson, no faltaba más.

    Lo que soy yo, digan re o digan fa, chapoteo feliz en semejante frase. La indago y la hurgo a ver qué pasa, y mira que pasan cosas. La naturaleza, sabia porque no le queda otra, pone los puntos sobre las íes y el poeta da con tal verdad, la hizo palabras, dejó en la cuenca de una mano el enigma revelado, a cielo abierto, desprovisto de envoltorios.

     El lujo que me doy, no me digas no si sí, vale una misa y vale más. Papar moscas, vivir en la Luna, estar en las nubes, quedarse lelo y hasta tener la cabeza en los pájaros pintan con ahínco, de oreja a oreja, una sonrisa. Andarse por ahí, pensar como si nada en la inmortalidad del cangrejo mientras a cualquiera lo apura y le patea el trasero un vulgar Swatch o un mísero Casio, no tiene desperdicio. Es que es verdad, es que no tiene parangón.

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