UN HOMBRE SABIO

POR

Roger Vilain

-Roger Vilain-
X: @rvilain1

    De una esquina a otra el mundo se quita o se acomoda un antifaz. Me gusta cuando el ruido cotidiano lleva debajo cierta melodía que es preciso descubrir, y descubrirla implica poner las orejas como las del lobo, no para comerse a la chica de la historia sino para procurar una faz distinta y necesaria.

    El otro día deambulaba por el centro de Granada cuando cerca del Jardín Botánico, en un café cuya terraza fue la tentación hecha trampa, caí en la red lo que se dice sonriente, lo que se dice feliz. No era para menos, habida cuenta de que entre los placeres de este mundo ver pasar la vida terraza de por medio, con leche en su punto y libro abierto enfrente, olvídate que no tiene parangón.

    La trampa y la red aludidas son realidades para bien. No vayas a creer que toda trampa es el producto de la perversión. Cuando aquí digo trampa digo maravilla y cuando escribo red me lanzo a ella de cabeza. Mira por dónde van los tiros.

    Con Antonio Gala y “La casa sosegada”, de principio a fin, la alegría hizo de mí un guiñapo. En la literatura -tanto leer como escribir- descubro y paladeo las formas de cualquier dicha, asunto que a su vez tomé del señor Borges quien espetó, firmó y catapultó la cuestión al manifestar como si nada que coger un libro y despacharlo, por supuesto, debía ser una de las formas de la felicidad.  Sí, maestro, suscribo de pe a pa tal ocurrencia y le doy gracias por haberla arrojado a los cuatro vientos no recuerdo ya dónde, cuándo ni debido a qué. Mil gracias otra vez por tamaña verdad que si te roza una oreja de veras que te la arranca.

    Pero me estoy dispersando. O no. Qué puedo saber a estas alturas. Entonces leo en Gala algo que viene muy a cuento -disculpen, uso mi frágil memoria-, es decir, que los libros, que la literatura, no están para divertirse y se acabó -que también- sino para que te procures eso que ha llamado “serenidad empapada de vida”. Tal cual.

    Así, la trampa hizo de las suyas, literatura mediante y libro al fin y al cabo. Un anciano con aspecto de felino paseándose por el tejado vagaba de mesa en mesa. Lo vi venir, lo observé desde mi trinchera, pasó la vista a unos y otros sin pedir nada, sin pronunciar palabra, sin mover un músculo del rostro entre el vaivén de tazas, jarras de cerveza o trozos de pizzas mordisqueadas.

    Tenía mala pinta, le noté cara de pocos amigos. Su semblante era de esos que llevan la dureza de los días metida en cada arruga. Se detuvo frente a mí y al preguntarme por lo que estaba leyendo alcé el ejemplar y pudo verlo. Abrió los ojos, afinó la mirada, pasaron varios segundos. Lo conocía, habló de su autor, soltó una perorata sobre él que terminó de clavarme en el asiento. De Antonio Gala juró que fue su íntimo amigo y para terminar habló de sus libros favoritos, los que el autor andaluz llegó a obsequiarle, dedicados, hace una punta de años. Compartimos mesa, pidió café negro sin azúcar. Acabé empapado de su historia.

    Me pregunté luego qué habrá sido de su vida y qué recovecos de estas calles guardarán el misterio de sus pasos. “Si viene usted mañana le regalaré un ejemplar que todavía conservo”, dijo antes de marcharse. Ni un ápice dudé de sus palabras.

    Al día siguiente, muy temprano, cruzaba yo el Atlántico lectura en mano y la imaginación quemante, con el anciano y aquella terraza en la memoria y en las ganas.

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