Han pasado los años. La costumbre, interrumpida porque los hijos crecen, porque abren las alas, porque todo presente deja de ser el mismo luego de un abrir y cerrar de ojos, de pronto vuelve a sus andanzas. Y aquí estoy, con la sonrisa de par en par llena del ahora que guarda sin embargo en los bolsillos todo un mundo que estuvo en suspenso, en reposo, colgado con uñas y dientes de los viejos tiempos.
La verdad es que somos bichos de rutinas. Las hay insustituibles, metidas en cada sístole o diástole que anima cuanto nos conforma, y existen las menos templadas, aquellas dignas de olvido, ajenas a la fibra sensible que da de frente con la mejor cara de nuestra humanidad.
Con Camila y con Daniel, mis hijos, la práctica de coger una historia y largarnos a devorarla fue hábito y fue manía embadurnados de absoluto goce. El goce, claro, de hallar en el libro que cada uno desentrañó en los cafés sinónimos de puertos para lanzarnos a los siete mares, todo el oro disponible. Nada menos. Durante el tiempo que ese quehacer tuvo cuerpo y respiró a sus anchas fui feliz. La felicidad es un estado que por elemental lógica resulta quebradizo e inconstante. De no ser así nos convertiríamos en imbéciles de cabo a rabo, habida cuenta de que para ser feliz, lo que se dice feliz, basta con mirar a un palmo de las narices para constatar su imposibilidad. El dolor del mundo marca la diferencia.
Lo cierto es que sentados en una terraza, café y jugos al alcance de la mano, leer era soñar. Hasta que el sueño derivó en pausa cuando cambiaron los escenarios. Ya lo dije arriba: abren las alas, todo presente deja de ser el mismo al cerrar y abrir los ojos. Daniel se fue a la entrañable España, Camila aterrizó en la Francia que llevamos más allá del apellido. La costumbre, como sucede aquí y allá y como sucederá mientras el pulso de lo vivo siga hundido en las cavernas de lo que nos constituye, acaba a veces por darse un respiro.
Entonces, cuando el hilo de la continuidad se restablece por re o por fa, uno se detiene, vuelve la mirada atrás, y comprueba que la respiración había permanecido intacta. El hombre y la mujer que ahora son ellos dejan entrever, como una imagen fotográfica que gana claridad sobre el papel en el cuarto oscuro del laboratorio, que el pasado, la usanza antaña, patea con fuerza a la manera de un hacer que nuca dejó de ser tal.
En Granada, la de la vieja Alhambra donde me encuentro ahora, tomo entre manos “El Robinson urbano”, quizá primer compendio de trabajos que Muñoz Molina dio a la luz, mientras Camila hace de las suyas con “Monique S’évade”, de un tal Edouard Louis. Daniel, para sorpresa mía, sigue fiel a los dueños de sus viajes infantiles, Stevenson y Julio Verne. ¿Qué puedo decir? ¿Cuánto atisbo a celebrar? ¿Qué vuelcos de esa entraña que llaman corazón descubro hoy? La felicidad es un zig-zag y mira que semejante condición es invencible. Pero aquí, desde una mesa al aire libre en el barrio del Albaycín, el cuerpo -nuestros cuerpos- cobran otra vez memoria, redescubren sorprendidos la costumbre entera, el hecho cierto de que somos la extensión indemne del último café de aquellos días adolescentes. Leer era soñar como soñar era leer, y aún lo sigue siendo.