ZOILO GALARZA Y SU CAFÉ

POR

Roger Vilain

-Roger Vilain-
X: @rvilain1

    Si el mundo ruge, asunto que colma cada vez más los almanaques, Zoilo Galarza se inyecta café en vena. El pobre Zoilo, sereno como topo y tímido como una iguana, a veces gana cortisol a toda leche. Y ahí lo conocí, en cierta terraza de café con el espresso a punto y todos los nervios de punta.

    Cuando Galarza se pone serio no hay quien lo pare. Taza caliente en mano, lo vi hace poco ceñifruncido y circunspecto entrándole al The New England Journal Of Medicine. Pedí lo mío, -té del Lejano Oriente- y como en un acto reflejo también el ceño se me frunció. “Mucho que objetar al contenido”, dijo con voz seca. “Aquí hablan del café, pero un café obliga a más que estas ideas”. Entonces le apareció una mueca de pesadumbre en el rostro y de seguidas leyó sin emoción: “Escudo protector del cerebro, fuente masiva de antioxidantes, beneficio cardiovascular asegurado, enemigo de la diabetes, magnífica conexión intestino y cerebro”. Al terminar, la serenidad del topo más su timidez de casi siempre chorrearon por las alcantarillas.

    Zoilo Galarza no ha dejado de ser niño. Así fue como lápiz en mano y papel bond de gramaje ochenta por metro cuadrado escribió a mano la protesta de rigor, la queja perpetrada a fuego, sin dudas reclamo único en su especie. Lo dobló en dos, lo introdujo en un sobre lacrado que siempre guarda para ocasiones semejantes y me pidió acompañarlo hasta el correo. Nada de Gmail o tecnicismos parecidos. Y no me preguntes por qué.

    Para Galarza una taza de café, nada menos, es el muro metafísico contra el día a día y sus paranoias. Es, según jura, la dinamitera de cualquier reloj, defensora a ultranza de lo que se le ocurrió bautizar con el pomposo nombre de soberanía temporal, cosa cierta si a ver vamos y si no fíjate en la ansiedad que te carcome a cada rato o en la esclavitud que te obsequiaron los horarios.

    En cuanto a mí, creo comprender las andadas de Galarza, sobre todo al expresarlas luego de preguntarle por la carta y por sus quejas. Que el café sea un escudo que aleje de la humana boludez es fácil de captar –“en esencia porque tomas asiento en la última mesa y ves íngrimo pasar la vida y se acabó”-, pero que la taza de un colado sin azúcar en las manos resulte sinónimo e imperativo de déjame en paz que ando en modo solitario, vete de aquí que mi deseo es no estar con nadie y disfrutar, se me hace más complejo de entender. Entonces le pido que se explique. Y a continuación la galarzada.

    “Es algo así”, manifiesta muy sonriente, “como esos cartelitos que cuelgas del pomo de la puerta en el hotel donde pernoctas, un do not disturb sobre un cartón. O mejor, la huella que deja tu perro luego de alzar la pata y mear, mear para embolsillarse un territorio y advertir a los intrusos: hasta aquí, ni un paso más”.

    Sé poco de las cosas que inquietan a Galarza, lo cual puede explicar mi desconcierto y a estas alturas mi bostezo. Pero él sigue en sus trece y ahora le dio por hablar de cierto ácido, clorogénico para ser exacto, polifenol que en santa paz habita en el grano junto a la cafeína. “Limpia las células, cuenta el artículo que limpia las células”, repite como si fuese un obseso, haciéndome saber que al diablo el tal ácido y la madre que lo parió porque él, lo que se dice él, termina por darle de patadas y atragantarse feliz con aquélla, la más pura 1-3-7-trimetilxantina, cafeína que te da la taquicardia necesaria para encabronarte, para escribir cartas de protesta y mandarlas a pasquines de higienismo políticamente correcto.

    Como si lo anterior fuese poco, clava sus ojos en los míos, ríe como ríe un sardónico sin parangón y al final suelta de la nada: “el té” -aquí apunta la vista a mi bebida- “es para los blandos, para mequetrefes donde pueda haberlos. El café negro y amargo es luz, es metáfora, espejo de la hostilidad aquí o allá, recordatorio simple de que la vida es dura caballero, jodidamente dura”.

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