LA IMAGEN Y LAS MIL PALABRAS

por

Roger Vilain

-Roger Vilain-
Twitter: @rvilain1

    He disfrutado leyendo a Fernando Sánchez Dragó. Le sigo la pista hace bastante, primero gracias a sus vídeos en Youtube -fragmentos de programas o programas completos, en su momento transmitidos por Televisión Española- y segundo mediante sus escritos, en la prensa y por supuesto en su bibliografía.

    De él me atrajo el desparpajo a quemarropa que disparaba día a día, es decir, su libérrima condición de ciudadano capaz de llamar pan al pan y vino al vino, lo cual implicó siempre, pongo por caso, mandar a hacer puñetas a quien lo mereciera o elevar a sitiales honoríficos, en justa proporción y medida, a todo Cristo con los méritos en el bolsillo para ello. Y lo fundamental: su uso y dominio del lenguaje, no faltaba más. Un escritor maduro por donde echaras el ojo.

    Estoy en Granada, una tarde fría, un café del centro, entonces leo: “¡Es la palabra, puñeta, la que vale no ya por mil imágenes sino por todo lo que el universo contiene!”. Acabo de comprar el libro aquí muy cerca, en la Re-read de Gran Vía, y entre sorbo y sorbo a mi cortado Sánchez Dragó comienza a hacer de las suyas. Con el libro abierto paso la vista al azar aquí y allá y no decepciona. Estoy de acuerdo, aquel lugar común, la muletilla a propósito de la supuesta imagen valiendo más que mil palabras me parece un disparate. Un disparate y un exabrupto. Ponte a pensar, ¿qué sería de una imagen, pedestre a más no poder o salida del aliento celestial sin la palabra para darle carnadura? Ahí lo dejo.

    Pero no, no lo dejo. Me rasco la cabeza, frunzo el ceño, me vienen imágenes contantes y sonantes, un retrato en blanco y negro del abuelo, un cuadro, el que se te ocurra, un vídeo, una fotografía de portada a lo Hola o a lo National Geographic  -elige tú- y no me negarás que junto a la palabra, junto a un mínimo esputo de lenguaje doblemente articulado aquella muletilla, aquel lugar común y en fin, cualquier imagen, son una farsa y como casi toda farsa impertinente, zafia, burda, tosca y cerril.

    La segunda parte de la afirmación de nuestro escritor pesa aún más y termina por aclarar la confusión. Basta, como bien hace Sánchez Dragó, con invertir la popular frasecilla -recuerda: una imagen vale más que mil palabras- para dar con el acierto que pone las cosas en su sitio. No es sólo que una imagen no vale más que una o mil palabras. Es que en toda palabra yace un mundo incrustado en ella de cabeza, y se acabó. Toda palabreja que se te ocurra vale, pues, por todo el universo que lleva adentro.

    Pienso en lo anterior y sonrío. Me acomodo la bufanda, doy una calada al Partagás, continúo escrutando el libro que ya empezó a alegrarme la tarde y pido otro café. Si Sánchez Dragó puede ser un mago del lenguaje confirmo otra vez que es un prestidigitador a la hora de echar la bronca y reír a mandíbula batiente mientras saca las basuras de debajo de cualquier alfombra. Tengo el libro abierto en la página cuarenta y me gotea el colmillo de nada más pensar en las doscientas ochenta y tres que le dan vida.

    El día que murió, apenas meses atrás, lo lamenté por la literatura, por el afecto que le tenía y por el personaje que labró a través de los años: cortante, francotirador, lector a tiempo completo, escritor igual, cínico en su justa medida y lo de veras importante, fiel a sí mismo en todo momento y en todo lugar. Entonces me retiro, con tu permiso o sin él, para seguir con la lectura a mis anchas.

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