LOS LIBROS ALLÁ AL FONDO

por

Roger Vilain

-Roger Vilain-
Twitter: @rvilain1

    En pandemia buena parte de cuanto llevaba a cabo, sin intervención de eso que dieron en llamar virtualidad, cogió sus cosas y se fue. Entonces mis clases, las reuniones de trabajo, los eventos como charlas, foros o congresos, todo, absolutamente todo terminó en  las mandíbulas del click, del Zoom y demás bichos parecidos.

   Nada mal. Imagina un mundo sin semejantes artilugios. Yo, que soy del Carbonífero, un dinosaurio mondo y lirondo que arrastra los pies como Godzilla entre calles, edificios y cafés, llegué a empaparme del asunto y gracias a saltos evolutivos que para qué te cuento ahora me veo y no me creo: todo un hacedor de encuentros virtuales desde la silla de mi estudio, todo un manipulador del teclado y áreas circunvecinas en clave IBM o HP.

    Y mira las cosas que llamaron mi atención. Puedo llenar un block con esas pequeñas observaciones, hallazgos de entomólogo a quien le gotea el colmillo mientras echa el coleóptero en el frasco. Los libros, pongo por caso. Los libros hicieron de las suyas, estuvieron ahí, como telón de fondo y al alcance de la vista no sé si por caché, necesidad de ornamento asociado a la materia gris o simple dandismo intelectual. A lo mejor me equivoco y el asunto no tiene más trasfondo que el de la erudición simple y moliente, digna de aplauso a reventar, dime tú si no. Pero nunca se sabe. No lo sé Rick..  Entonces a continuación me explico, para evitar entuertos, para no enredar.

    De que vuelan vuelan y en fin, tanto libro allá a lo lejos, en la pared de atrás, se ve de lo mejor, muy a juego con cortinas, con la pintura del estudio, con la lámpara del techo. Es más, un libro ayuda cuando cojean las patas de las mesas, cuando el monitor de tu computadora requiere un poco más de altura, cuando necesitas que la puerta no se cierre y entonces pones en el suelo al más gordo para que haga peso o cuando allá al fondo, a tus espaldas, lucen en la biblioteca como materialización de tu sabiduría. En ocasiones, por supuesto, también sirven para ser leídos.

    Lo que soy yo, toda la vida me atrajeron ciertos hechos sorprendentes. Esos que hacen arrugar el ceño. Así, los libros en la pared de atrás pronto pulularon en el patio. En la adolescencia, la revista Imagen publicaba diálogos con personajes que tenían algo que decir y de ese modo leí entrevistas a escritores, a filósofos, a intelectuales de cualquier pelaje. Allá al fondo los libros eran una fija, ahí estaban, serios, ordenados como soldados listos para abrir fuego de sapiencia. Una presencia ineludible, una constante, claro, y me divertí apostando que en el número siguiente otra vez la biblioteca iba a colarse porque sí. No me equivoqué jamás. Un tiro al suelo, un impelable, o para decirlo en el argot correspondiente, un clásico por donde metieras el ojo.

    Si dejaba a un lado las revistas y ponía atención a un ejemplar, a un poemario por ejemplo, el fenómeno se multiplicaba por mil. Toda contraportada digna de respeto fue el nicho perfecto. El retrato del autor y los libros allá al fondo, como irrestricta presencia, santo y seña de un clima cargado de saberes: novelescos, poéticos, ensayísticos, siempre en panorámica visión desde la última pared, esa que da al fondo, a veces en blanco y negro, a veces en tecnicolor, dándote a manos llenas  la sabiduría metida de cabeza en una simple foto.

    Entonces, el non plus ultra hizo de las suyas a través del Zoom. Si entras al horror de un webinar (no por el webinar sino por la palabreja), me vas a dar la razón. Decídete, entra y echa un ojo. Procura que el mundillo intelectual ande suelto, correteando aquí y allá de cabo a rabo, y mira las colas de pavo real que apuntarán sin misericordia hacia la pared ya conocida. Los libros allá al fondo brillarán por su presencia tal como en esas entrevistas que leía hace treinta años y como en tantas contraportadas súper monas.

    Cada quien en lo suyo, me dirás. Con libros o sin ellos  mira que sí, por supuesto que sí, aunque no me negarás que el malicioso que vas siendo saliva a placer si la puesta en escena emerge con los libros allá atrás y ofrece cejas enarcadas, caras a reventar de inteligencia, seres con rostros fruncidos  cuyas manos derechas sostienen quijadas  en gesto de profunda reflexión y siempre, siempre, siempre, con la pared repleta, con lo sabihondo en carne viva, con todos los libros allá al fondo.

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